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¿Y la Revolución Mexicana, apá? Punto # 152 de noviembre 25, 2010

25 noviembre, 2010

Al fondo la estructura que se convertiría en el Monumento a la Revolución

Desangelados y fríos, son los dos adjetivos que vienen a mi mente luego de haber presenciado las pobres muestras de memoria histórica que mostró el gobierno federal; bueno hasta las autoridades priístas del Estado de México se vieron parcas en la celebración, siendo que emanan del susodicho evento. Más gente e importancia tuvo el aquelarre del partido tricolor el domingo 21 que la épica hazaña bélica que inundó al país durante la segunda década del siglo pasado.

Un breve y folklórico desfile, con alrededor de 8 mil efectivos, el cual no fue más que copia de lo ya hecho en el Heroico Colegio Militar en pasadas festividades y conmemoraciones: disfrazar a los cadetes y soldados de personajes de la historia de bronce y desfilar por las calles del primer cuadro de la capital actuando cuadros de eventos relevantes de nuestra Historia. Se ve que el deporte en México pasa a segunda o tercera fila en las prioridades del ejecutivo, lo menciono, porque el desfile resulto ser militar y no deportivo, claro con una embadurnada de conocimiento de nuestra historia. Lo revolucionario en el deporte se limitó a la entrega de los Premios Nacionales del Deporte, donde sobresalió Joakim Soria, pitcher de los Reales de Kansas City de la MLB (Major League Baseball).

Por otro lado, dos íconos del Porfiriato fueron reacondicionados mediante mayúsculas remodelaciones. El Monumento a la Revolución, sepultura multitudinaria de todos nuestros héroes revolucionarios y acérrimos enemigos entre sí, es la cúpula de lo que debería ser el Palacio Legislativo de la época porfiriana y que devino en el sexenio cardenista, gracias al arquitecto Carlos Obregón Santacilia, en el monumento que ahora es. Sin embargo el abandono del inmueble concluyó y se rescató, en algunos casos se abusó, como el elevador de cristales en medio de la estructura, pero el resultado final debió ir más allá. Al igual que nuestra celebración bicentenaria de nuestra Independencia, no usamos la efemérides revolucionaria para analizar y reescribir nuestra historia de manera imparcial y objetiva. Seguimos anclados a un pasado anquilosado y ultramontano, sin darnos cuenta que el mundo es otro. Los valores y principios por los que se lucho durante la revolución, salvo contados casos, siguen sin ser satisfechos y, en muchos casos, retrocedimos. En un mundo globalizado las reglas del juego son otras y México, como país, sigue jugando a la antigüita. Rompamos paradigmas y convirtámonos en verdaderos líderes mundiales, tal y como lo hacen los miembros del BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

El otro emblemático edificio porfiriano reabierto al público fue el Palacio de Bellas Artes, cuya apertura ocurrió en 1934, con el “Concierto Mexicano” bajo la dirección de Enrique Patrón de Rueda y las voces de Olivia Gorra y María Alejandres, sopranos; María Luisa Tamez y Encarnación Vázquez, mezzosopranos; José Luis Duval y Alan Pingarrón, tenores; Jorge Lagunes, barítono; Rosendo Flores, bajo; con la Orquesta de Cámara de Bellas Artes; el Coro de Madrigalistas y Solistas Ensamble. La velada, más que de música clásica mexicana, privilegió el bolero y la música ranchera. Qué lejos quedo aquél 29 de septiembre de 1934 cuando Abelardo L. Rodríguez inauguró el inmueble y se presentó la obra de teatro La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón.

Interior de El Palacio de Bellas Artes

Al paso que vamos, dudo que la primera gran revolución social del siglo XX tenga vigencia en pocos lustros. Hasta los bisnietos y choznos de Calles y Obregón se han distanciado de la ideología original, el nacionalismo revolucionario. Hoy en día ni ellos saben lo que son; hay de chile, dulce y mantequilla. Sólo hay que ver la bronca que se avenaron Cruz López, líder de la CNC y Francisco Rojas, líder de la pandilla priísta en la Cámara de Diputados.

De los panistas no podemos esperar nada en relación con la Revolución Mexicana, sus mismos orígenes y génesis son contrarios a los postulados revolucionarios. Por primera vez la imagen de Francisco I. Madero opacó las de Villa, Zapata, Obregón, Carranza y Calles. Estos últimos fueron enviados a la segunda fila de la historia y Madero se erigió como adalid mayor según el discurso presidencial calderonista. Nadie minimiza sus aportes, pero al igual que el PRI, ahora el PAN  quiere endilgarnos otra historia oficial, otra historia de bronce, pero con tintes azulados. Basta de historias oficiales y dejemos que los investigadores serios y las instituciones de prestigio académico tengan la oportunidad de divulgar sus trabajos e investigaciones y no los “maistros” del SNTE o la CNTE en contubernio con los burócratas de la Secretaría de Educación Pública. Continuemos con nuestros inefables libros de texto que deforman y descaradamente pintan un México irreal. En lugar de buscar las coincidencias históricas buscamos las discordias. Los hechos de sangre se magnifican y los de paz se minimizan y en algunos casos hasta se olvidan.

Varios estudiosos, entre ellos Macario Schettinno, consideran a la revolución como un retroceso y no hay justificación alguna que abogue por su importancia pues, para el académico, México hubiera llegado al mismo grado de desarrollo sin la revolución. Ello lo sustenta en el hecho que varios países sin revoluciones llegaron a grados de desarrollo social superiores al mexicano sin derramamientos de sangre.

 Todos los líderes priístas entrevistados sobre los festejos revolucionarios externaron su rechazo a lo trivial que fueron a nivel federal la celebración, sin embargo, en los estados donde gobiernan tampoco echaron la casa por la ventana. Aquí en Toluca lo más importante fue la apertura del Museo Torres Bicentenario. También aplaudo que el Archivo Histórico de Metepec ya tenga casa.

¡Extra! ¡Extra! Lo que siempre argumento al criticar el fútbol mexicano: el primer lugar, Cruz Azul, que jugó de maravilla durante 17 semanas, tuvo una mala tarde y el octavo lugar, los Pumas, lo echaron de la liguilla. Insisto, es un sistema que privelegia la mediocridad ante todo.

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La Revolución Mexicana y el PAN. Punto # 149 de noviembre 4, 2010

4 noviembre, 2010

Al triunfo de la revolución los vencedores de ella, Obregón y Calles a la cabeza, decidieron instaurar una ideología, el nacionalismo revolucionario, mediante un partido casi único: el P.N.R. (Partido Nacional Revolucionario) para aplicar los principios revolucionarios. Estos principios se plasmas en su mayoría en la Constitución de 1917.

Para aplacar la marabunta revolucionaria – al final de la gesta bélica están dados de alta la friolera de casi medio millar de generales – que quiere el pago por apoyar la revolución, Plutarco Elías Calles, colmilludo jerarca o jefe máximo, como se le conoció, logró unificarla bajo el cobijo del partido único. Más bien ha sido una agencia de empleos donde, anteriormente, tras guardar las composturas y disciplinarse a la voluntad del presidente y hoy a la de los gobernadores  tarde o temprano le llegaba su turno y alguna gubernatura, diputación, senaduría, secretaría, subsecretaría, presidencia municipal o la simple dirección de alguna dependencia.

Manuel Gómez Morín

El Partido Nacional Revolucionario, abuelo del PRI, logró su primer fraude durante las elecciones de 1929, las primeras en que compitió. A la postre, José Vasconcelos, candidato opositor al oficialista Pascual Ortiz Rubio, se exilió. Por cierto, cuando Cárdenas expulsa del país a Calles y éste arriba a Estados Unidos, por circunstancias del destino, Vasconcelos se encuentra también exiliado en ese país y una franca amistad se desarrolla entre ellos.

Pues bien, diez años después de la fundación del abuelo priista, y en pleno auge del cardenismo, Manuel Gómez Morín funda el Partido Acción Nacional en 1939 en respuesta a la política cardenista de masas y en contra del corporativismo. Como acertadamente evoca Jorge Alonso del CIESAS Occidente:

“El PAN se propuso buscar una tercera vía entre el capitalismo individualista y el colectivismo. Surgió para defender el derecho a la participación de elites que no encontraban cabida en el proyecto cardenista. Fue una de las corrientes políticas nacionales nacidas de la Revolución mexicana, que participaba del espíritu general de renovación y de reconstrucción nacionales, aunque sus programas y objetivos sociales fueran distintos de los del grupo en el poder.”

No podemos dejar de lado el hecho que Gómez Morín fuera rector de la Universidad Autónoma Nacional de México entre 1933 y 1934 y se pronunciara claramente por la libertad de cátedra y fuera un creador de instituciones revolucionarias. Para ahondar en el tema del catolicismo de Gómez Morín les recomiendo un ensayo de Alonso Lujambio, Goméz Morín, El Pan y la religión en nexos 381, agosto 2009 y el subsecuente debate con Soledad Loaeza, autora de El Partido Acción Nacional: La larga marcha, 1939-1994 (FCE, 1999), también en las páginas de la misma revista. http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=789

Tampoco es un secreto que los principios panistas se inspiran en la doctrina católica y en sus inicios la participación activa de católicos en las filas panistas era notorio y hasta se ufanaban de ello. Con el paso del tiempo el panismo devino en una especie de cámara empresarial de corte electoral donde los líderes de varias confederaciones patronales o eminentes hombres y mujeres de negocios se afiliaron al PAN y desde mediados de los ochenta con Ernesto Ruffo en Baja California, la esencia primigenia del panismo se ha diluido. Desde la desaparición de Carlos Castillo Peraza no hay miembro actual del partido azul que llene los zapatos del último “intelectual” que tuvo el PAN.

De ver lo que es el PAN actualmente, su fundador volvería a la tumba a revolcarse. Desde la llegada de los bárbaros del norte, mote con el que se conoce a los empresarios norteños que se apoderaron del partido, los principios originales que cimentaron el panismo, las columnas ideológicas que sus fundadores (Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna, Miguel Estrada Iturbide, Luis Calderón Vega, Rafael Preciado Hernández y Aquiles Elorduy entre otros) dotaron al naciente partido, han sido materialmente disueltas y en muchos casos olvidadas.

Este mes centenario de la Revolución Mexicana, ¿cómo celebrará el ejecutivo federal la gesta? Calderón no puede negar la cruz de su parroquia, tiene tatuado el PAN en la piel, lo heredó de don Luis Calderón Vega su padre y desde su más tierna infancia abrevo de unos principios que de forma crítica cuestionan el devenir de la Revolución. Ideas contrarias a las del partido único y que dan una lectura divergente del evento revolucionario. Va en contra de la homogeneización del mexicano y apuesta por una interpretación, si bien dentro de ciertos parámetros aceptables para el régimen revolucionario, su columna vertebral difiere radicalmente del nacionalismo revolucionario. Así pues, replanteo la pregunta: ¿La celebración de la efemérides será manejada a nivel de Estado Mexicano o, por el contrario, será un vodevil similar al de las celebraciones bicentenarias de la Independencia? ¿Tendrán las celebraciones el tufo oficialista sin pimienta alguna? ¿Se verá el poco respeto que tiene el panismo por la gesta revolucionaria?

¡Extra! ¡Extra! Alonso Lujambio y Enrique Peña Nieto se enfrascan en discusiones de corte geopolítico, qué si está bien discutir problemas nacional allende la frontera o no. Lujambio nos salió cosmopolita y Peña Nieto pueblerino. El problema no es dónde se discuta la problemática nacional sino que existan resultados palpables para la ciudadanía.

Algunos mitos de la Revolución Mexicana. ágora mexiquense segunda quincena de octubre, 2010

1 noviembre, 2010

El pasado mes de septiembre publiqué un artículo que versaba sobre los repetidos mitos de la Independencia que la historia oficial – según don Luis González y González, historia de bronce – ha tratado de perpetuar en el inconsciente colectivo de nuestro país. En esta ocasión haré un ejercicio similar, con la salvedad que será la Revolución Mexicana el evento que en un puñado de sus mitos ponderaré de forma racional e histórica.

De entrada la fecha de 20 de noviembre, instaurada por Madero en el Plan de San Luis para que diera principio la rebelión anti-reeleccionista contra Porfirio Díaz, no  arrojó evento alguno digno o al menos importante del cual escribir a casa.

Sin embargo, dos días antes, el 18 de noviembre se enfrentan Aquiles Serdán y su familia a las fuerzas porfiristas y varios de los anti-reeleccionistas pierden la vida. Pero insisto, el 20 de noviembre, fecha cabalística en el inconsciente colectivo creado por el PRI durante el siglo XX, salvo ser una fecha simbólica, su celebración, génesis del parto priísta, tuvo que ser revestida de un aureola cuasi mística. Ahora veremos cómo entienden la Revolución Mexicana los descendientes panistas de aquel PAN que fundara Gómez Morín en 1939 refutando la importancia de la revolución y la necesidad de ella. Hoy tenemos a Macario Schettino, analista de Canal 11 del IPN y columnistas en varios medios nacionales, como adalid de la idea que la revolución no era necesaria para llegar a los niveles de bienestar en que estamos, puesto que estos hubieran llegado por simple evolución social e integración paulatina del país a órganos bilaterales y multilaterales en el concierto de las naciones. También Luis González de Alba maneja la misma tesis, pues argumenta que Costa Rica, Brasil o Uruguay, que no tuvieron revoluciones violentas, están en varios rubros mejor que nosotros.

Cartel de cine de la Mutual anuncia The Life of Gen. Villa

Otro mito: la idea filial, similar a la utilizada para la unión de los insurgentes durante la  Independencia, que nos imbuyen en la primaria de que todos los revolucionarios se unieron para derrocar a Díaz es el mayor mito revolucionario que tenemos. La verdad sea dicha, es que la Revolución Maderista es la única que confrontó a Díaz. A raíz de la publicación del Plan de San Luis hasta la salida de Díaz – seis meses – y con la toma de Ciudad Juárez y sin mayores daños a la nación en su infraestructura, Madero llega a la presidencia y muchos de sus adeptos, entre ellos Emiliano Zapata, quien se subleva al mes del inicio de la presidencia maderista, olvidan que Madero nunca promete cambios radicales en ámbitos sociales y económicos. Madero pertenece a una familia de hacendados. Nunca fue proyecto maderista la repartición de la tierra o realizar cambios profundos en cuestiones sociales y Zapata, quien en realidad quería regresar al sistema de la colonia, se subleva contra Madero.

Para junio de 1911 Porfirio Díaz iba en un viaje sin regreso a su exilio francés. Francisco León de la Barra es presidente interino y organiza las elecciones que gana por abrumadora mayoría Francisco I. Madero. Toda la épica revolucionaria está comprendida entre la “Decena trágica”, febrero de 1913 y la promulgación de la Constitución el 5 de febrero de 1917. Un par de años después de la partida de Díaz.

Por otro lado, enterrar a todos los revolucionarios en la misma cripta, siendo que entre ellos mismos se mataron o mandaron matar o dejaron que otros los mataran, resulta de un cinismo histórico asombroso. Recordemos que fue Carranza quien ordenó la muerte de Zapata; Obregón las de Carranza y Villa; Calles, las del Gral. Serrano y otros militares en Huitzilac, Morelos y la de Obregón; En fin, nuestra revolución más que luchar contra la reelección resultó en un vodevil de quitate tú pa’ ponerme yo.

Madero gobierna hasta febrero de 1913 cuando se escenifica la “Decena trágica” y Huerta toma prisioneros al Presidente Madero y al Vicepresidente Pino Suárez. A raíz del golpe de estado dado por Huerta, Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila se niega a reconocer al militar golpista y aglutina bajo su liderazgo a los que a la postre se convertirían en enemigos: los constitucionalistas y los convencionistas. Carranza y Obregón entre los  primeros  y Villa y Zapata entre los segundos. Bueno, fueron un puñado de mitos, pero les aseguro que hay cientos, sino es que miles.

Como colofón, un par de recomendaciones literarias referentes al tema. Dos obras de Jorge Ibargüengoitia: una, la obra de teatro El atentado sobre el asesinato de Obregón; otra, una fabulosa sátira, las memorias del inolvidable José Guadalupe Arroyo, Los relámpagos de agosto.

Festejos patrios del 2010 Punto # 135 de julio 29, 2010

29 julio, 2010

La pasada semana el Secretario de Educación, Alonso Lujambio, anunció que los festejos del Centenario de la Revolución y Bicentenario de la Independencia estarán bajo su mandato y ya no de la Secretaría de Gobernación.

En rueda de prensa el funcionario destacó la absoluta transparencia y rendición de cuentas del manejo del fideicomiso de los recursos por más de dos mil 900 millones de pesos para la conmemoración de los 200 años de México como nación libre. Sin embargo olvidó mencionar la forma vertical y centralista que estas celebraciones tendrán al estar bajo la batuta, no solamente de él como Secretario de Educación Pública, sino que será una fiesta defeña y capitalina.

José Manuel Villalpando y su equipo seguirá al frente de la comisión para la celebración. No es mucho lo que han podido hacer hasta la fecha: una treintena de documentales, el portal del Bicentenario (reconozco que esta bien organizado y tiene información acertada, pero bastante superficial), la edición por parte del FCE del libro Historia de México (varias reseñas sobre la obra la consideran sesgada y poco integrada), buenas exposiciones (entre ellas, México en tus sentidos), la exhumación de los restos de nuestros héroes de la Independencia (restos óseos a los que no se les aplicó un análisis de ADN para asegurarnos su verdadero origen), el espectáculo 200 años de ser orgullosamente mexicanos, el notable concurso Ópera prima, las voces del Bicentenario (transmitido por Canal 22 para un público selecto y poco numeroso), en fin. Hay trabajo hecho, pero parece muy limitado dada la importancia de la fecha.

No es un secreto que la Revolución Mexicana permite varias lecturas y su trascendencia y aceptación no fue uniforme. Tal vez no sucede lo mismo con los eventos independistas ya que hay una opinión homogénea al respecto. La revolución, sin embargo no posee la misma interpretación. Baste leer el excelente libro de Luis González y González, Pueblo en vilo, donde la vorágine revolucionaria no fue muy bien vista por los habitantes de San José de Gracia, Michoacán. Similar análisis sucede en varios puntos de nuestro país. La revolución no fue tan monolítica como nos quieren hacer ver: fueron muchas revoluciones. Existen varias voces (Adolfo Gilly, Allan Knight, Jean Meyer o François-Xavier Guerra) que disienten de la interpretación oficial y manifiestan que no fue tan buena, tan positiva ni tan consensual. La revolución fue demasiado heterogénea. Los iniciadores, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata o Pascual Orozco representan intereses muy localistas, sin visión integral para todo el país. La utilización de adjetivos para describir nuestra guerra interna varían: intervenida, interrumpida, parcial, popular, progresista o agraria. Hubo varias revoluciones con sus matices y características regionales muy particulares. Emiliano Zapata no es Pancho Villa pues sus reivindicaciones sociales y económicas tienen más diferencias que similitudes; al igual que Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles no comulgan con Venustiano Carranza en su visión de nación. No es un secreto que todos los héroes revolucionarios se convirtieron en acérrimos enemigos y se masacraron entre sí, aunque a la postre los enterramos a todos en el Monumento a la Revolución, cual si hubieran guerreado en el mismo bando. La guerra fratricida que se inicia a la caída de Huerta enemistó a los constitucionalistas con los convencionistas. Carranza y Obregón contra Villa y Zapata. A la larga, hemos hecho de nuestra revolución un mito y a muchos de los protagonistas los hemos elevado al santoral cívico. El mito oficial postuló una imagen realmente errónea: la de una historia revolucionaria de consensos, un movimiento unificado que en realidad nunca existió. Ya en alguna ocasión un diputado, al referirse a los nombres de los próceres revolucionarios escritos con letras en oro en la Cámara de Diputados, comentó “ese parece más bien un templo de Huitzilopochtli” (la cita la tomo de una entrevista con Alan Knight).

Para la celebración, dijo Lujambio, se declarará el 15 de septiembre día no hábil y el 16 se celebrará con desfile de 30 carros alegóricos, conciertos para todos los gustos, una chinampa y participarán más de siete mil 500 voluntarios, a fin de que el festejo sea inolvidable. El mensaje deja más dudas y preguntas que buenos cimientos para sustentar una revisión de nuestra guerra intestina. El objetivo es que los mexicanos tengan tiempo para desplazarse a la capital a presenciar el gran desfile que se llevará a cabo en el Paseo de la Reforma y concluirá en el Zócalo capitalino. Supongo que los cachanillas o meridianos tendrán que tomar forzosamente un avión para llegar a las celebraciones, porque de venir en camión llegarán para las celebraciones del 20 de noviembre. Fecha, por cierto, en que se reabrirá el Palacio de Bellas Artes. Irónico que para celebrar la revolución tome el gobierno una obra porfiriana por antonomasia para celebrar la revolución.

Otro anuncio del secretario Lujambio fue que a mediados de agosto se abrirá el Palacio Nacional para que todos los mexicanos (supongo que para los que habitan en el Distrito Federal y ciudades aledañas, porque a los que viven en Oaxaca, Baja California Sur o Tamaulipas les será materialmente imposible trasladarse a la capital) tengan oportunidad, por primera vez en la historia, de conocer además de ese inmueble la oficina del presidente, los salones de embajadores y el recinto constitucional de 1857.

Alonso Lujambio explicó que en 1953 se creó lo que hoy es el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) como órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, por decreto presidencial a partir del 1 de julio de 2010 dependerá de la SEP, como órgano desconcentrado, al igual que la Comisión Ejecutiva de los Festejos del Bicentenario y Centenario. En otras palabras el centralismo absoluto y vertical para celebrar de forma exclusivamente capitalina y chilanga nuestras efemérides centenarias.

Al igual que en 1910 ahora, en 2010, se tiene un México autoritario y centralista. En un México que se supone una nación democrática y plural y donde se debería aprovechar esta oportunidad que se presenta cada 100 años para reflexionar y mejorar, el Estado Mexicano mediante el gobierno panista actual continúa sin entender la pluralidad de los muchos méxicos que conforman esta geografía. La forma como el Estado Mexicano quiere homogenizar los festejos denota una total y absoluta carencia de democratización e interpretaciones históricas que difieran de la oficial.

¡Extra! ¡Extra! El proyecto Discutamos México llegó a la emisión de su programa 78. Aplaudo el esfuerzo, pero sobre todo la diversidad y pluralidad de voces invitadas a los programas. Los hay excelentes, buenos y algunos bastante malitos. Sin embargo en conjunto el propósito de los programas, al menos para este historiador, tiene muchos aspectos positivos. Gran porcentaje de ellos son bastante profundos y gratifican el intelecto.

A 99 años del inicio de la revolución Punto # 104 de noviembre 19, 2009

19 noviembre, 2009

Todo país y su gobierno tienen el derecho de crear sus efemérides para celebrar la instauración de sus respectivos regímenes y el caso mexicano no es excepción. La gesta iniciada en 1910 por Francisco Ignacio Madero bajo el lema de “sufragio efectivo, no reelección”  buscó en última instancia instaurar un democracia real en nuestro país.

La llamada a la revuelta para evitar que Porfirio Díaz continuara en el poder tiene marcado el 20 de noviembre de ese año. Para mayo de 1911 Díaz viaja en el Ipiranga hacia Europa donde morirá en 1915. Francisco León de la Barra asume la presidencia y dispone organizar elecciones de las cuales salen electos la dupla Madero como presidente y José María Pino Suárez como vicepresidente.

Todos ya sabemos el desenlace que tienen ambos a manos de Victoriano Huerta durante la Decena Trágica. Y es a partir del golpe de estado huertista que la verdadera revolución inicia con actores que hoy son confundidos como ideólogos igualitarios y hasta amigos en la “historia de bronce”, la historia oficial.

Los gobiernos emanados del PRI nunca han negado su génesis en la revolución, sin embargo nunca han asumido que nuestros egregios héroes se mataron entre sí, aún después de la partida de Díaz. Zapata se enemistó con Madero a un mes de que éste asumiera la oficina del ejecutivo. Carranza combatió a Huerta con la ayuda de Villa, Obregón, Zapata y varios otros líderes. Carranza mandó asesinar a Zapata. Obregón lo hizo con Carranza y Villa, Plutarco Elías Calles hace lo mismo con Obregón. Recordemos que allá en los años veinte, cuando se preguntaba quién había asesinado a Obregón, se contestaba: “Cálles…e que pueden oírlo”. Calles y Obregón asesinaron a Serrano y otros líderes militares en Huitzilac. En fin, la idea que todos al unísono y como buenos amigos y mexicanos lucharon contra Díaz, no es más que un mito genial del partido que gobernó el país más de setenta años y que todavía nos gobierna en el Estado de México.

Sin querer dar una clase de historia, salvo mencionar determinados datos históricos del evento, lo que me interesa plasmar es la forma, que a mi juicio es equivocada, de querer celebrar esta efeméride. Para comenzar es imposible que un gobierno panista, cuyos principios y razón de ser, sus cimientos ideológicos sean acordes con la revolución. Manuel Gómez Morín, fundador del partido, sustentó la ideología panista en el humanismo cristiano y dejó claro una visión divergente de aquella mantenida por el PRI. ¿Cómo puede un gobierno que se dice heredero de Goméz Morín y Carlos Castillo Peraza celebrar la revolución mexicana? Es como si Barack Obama celebrara la revolución cubana. No por nada los famosos festejos del bicentenario y centenario mantienen un descolorido ambiente.

La situación de México no está para celebraciones y aunado a ello está lo desangelado de los festejos. Salvo bautizar cuanta obra se construye con el apelativo de “bicentenario”, ahora tenemos circuitos, escuelas, hospitales, pasos a desnivel, arcos, libramientos, avenidas y bulevares, mercados que para la siguiente generación de mexicanos causarán confusión por tener el mismo nombre. Lo que es significativo es que no se les bautice como “centenario”, ¿por qué será? No tengo conocimiento de alguna obra gubernamental que haya sido bautizada con ese apelativo.

Las verdaderas celebraciones deben emanar de la ciudadanía y no del Estado. Durante los festejos del centenario independentista el gobierno de Porfirio Díaz echo la casa por la ventana inaugurando sendas obras monumentales como la Columna de la Independencia, el Manicomio de la Castañeda, el sistema de drenaje de la ciudad de México e inició la construcción del Palacio Legislativo (actual Monumento a la Revolución) y del Palacio de Bellas Artes entre otros. Aquí en Toluca el Cosmo Vitral se comenzó a construir para albergar el mercado municipal, propósito para el cual fue ideado.

Las celebraciones porfirianas respondían más a buscar una aceptación internacional y a mostrar que México se integraba al mundo civilizado de entonces. Ignacio Mariscal, Secretario de Relaciones Exteriores y Federico Gamboa, subsecretario, hicieron un excelente trabajo de relaciones públicas al invitar al evento a comitivas de todos los países importantes para México en esa época. No olvidemos el gesto de España, en la persona del Marqués de Polavieja, al entregar el uniforme de Morelos y los múltiples contingentes militares que desfilaron en la parada centenaria del 16 de septiembre de 1910.

Hoy que estamos a menos de un año del bicentenario independentista y a uno del centenario revolucionario, el país atraviesa por una de las crisis más acentuadas de lo últimos años. El desazón y desinterés de la ciudadanía por el festejo va en proporción directa a la falta de empleo, pobreza y, como colofón, la ausencia total de rumbo que nuestra clase política no ha podido imprimir al país. Navegamos a la deriva sin saber a dónde queremos llegar. Después de doscientos años de independencia seguimos buscando qué es lo que como sociedad y nación deseamos.

Resulta grave e ingenuo que los gobiernos, estatales y federal, nos quieran dar atole con el dedo, unificando las diversas interpretaciones que tiene la sociedad del evento revolucionario. Tal vez la gesta  iniciada por Hidalgo y finalizada por Iturbide tenga mayor coherencia interpretativa para la mayoría de los mexicanos, pero el proceso de 1910 tuvo matices que por más que se quieran homogenizar resulta imposible unificar criterios e interpretaciones del mismo.

Por ello es necesario utilizar el año cabalístico de 2010, no sólo para celebrar sino para indagar y definir el camino por el cual transitar en este mundo radicalmente diferente al de hace cien años y aún más dispar que el de hace doscientos. Un mundo globalizado donde la noción de soberanía que aún manejamos, con tufo decimonónico, deje de ser lastre para lograr elevar las condiciones en que viven más de la mitad de la población: pobreza. Un camino que privilegie ver el futuro y no crispe los ánimos sobre el pasado. La historia debe servir para sustentar el futuro; no para volverse una piedra en el camino. Seguimos con nuestra cantaleta de haber sido conquistados por España, despojados por Estados Unidos, humillados por Francia, utilizados por Inglaterra, etc. Seguimos flagelándonos cuales mártires cristianos de haber sido el escarnio mundial, en lugar de mirar hacia delante.

Aprendamos de Europa donde hace sesenta años se masacraban entre sí durante la segunda guerra mundial y hoy, a inicios del siglo XXI, Francia y Alemania lideran junto con Inglaterra la Unión Europea. De vivir de su pasado los europeos nunca hubieran podido unirse para convertir su continente en lo que ahora es. España entendió que más que líder de Hispanoamérica era una nación europea y como tal se unió al proyecto supranacional. Los resultados saltan a la vista: la España franquista dio paso a una España rica y mucha más impregnada en el concierto mundial de las naciones.

Nosotros, por el contrario, seguimos sin saber si nos adherimos a Latinoamérica o si aceptamos ser parte integral de Norteamérica. Utilicemos nuestra efeméride multicentenaria para definir el rumbo de México y dejemos de mirar hacia atrás como algo que frene nuestra esencia nacionalista. Retomemos aquellos eventos que nos dieron identidad sin perder de vista que son sustento para seguir el camino y no aduana infranqueable.

¡Extra! ¡Extra! Según el senador perredista Carlos Navarrete los gobernadores del tricolor “ya no van a Insurgentes Norte a negociar, los gobernadores del PRI hacen fila en Toluca para que Peña Nieto les consiga a través del presidente de la Comisión de Presupuesto, mayores recursos para sus estados”. Recordemos que el presidente de dicha comisión es el ex secretario de finanzas mexiquense Luis Videgaray.

 

Conmemoración de la revolución mexicana ágora mexiquense primera quincena de noviembre 2009

16 noviembre, 2009

Como cada año este 20 de noviembre se celebrarán 99 años del inicio de la revolución mexicana, bueno la revolución maderista porque hubo varias revoluciones que al finalizar la etapa bélica se aglutinaron en sólo una. Nuestros héroes de la gesta en realidad se pelearon entre ellos. El mito que se ha propagado de que todos luchamos contra Porfirio Díaz se cae por su propio peso. Que hoy todos estén enterrados en las columnas del monumento a la Revolución ni significa que fueran amigos, ni siquiera aliados. Carranza mandó asesinar a Zapata y logró que a Felipe Ángeles lo fusilaran en Chihuahua acusado de rebelión. Obregón se peleó con Carranza y Villa; los tres terminaron sus vidas de forma harto violenta. Y así por el estilo es el escenario que vivíamos hace cien años. 

El resultado que nos ha heredado la revolución a un año de su centenario es bastante lamentable. No deja de ser incongruente que los valores y principios en que se sustentó esa confrontación deja mucho que desear a casi 100 años del evento. La violencia, la pobreza, la falta de educación, nuestra dependencia de Estados Unidos, nos dan como resultado un déficit — histórico, social, laboral, educativo, etc. – casi imposible de remontar en las actuales condiciones.

Ahora bien si de festejar se trata pues todo gobierno tiene el derecho de hacerlo, además que es normal que instaure efemérides que justifiquen históricamente su génesis. Pero dudo que tengamos algo que celebrar los habitantes de este país dadas las condiciones en que sobrevivimos. Sin embargo sí existen cuestiones que se deben debatir y analizar, así como celebrar, pues lo que ahora somos no puede explicarse sin la revolución.

No digo que sea bueno, muy al contrario. Es cierto que los resultados no son los esperados y la fórmula está más que comprobada no sirvió y son pocas las metas alcanzadas.

Sin lo que fincó la revolución no existiría el México de hoy; si bien pudimos haber evitado el derramamiento de sangre fraternal que significó la revolución, también es innegable que no existiríamos y seríamos lo que somos. No justifico, pues considero el evento revolucionario una afrente evitable, pero para bien o para mal durante más de 70 años fuimos gobernados por el partido emanado del conflicto; aquí en el Estado de México lo seguimos siendo.

Celebrar, según el diccionario de la Real Academia Española significa: “Conmemorar, festejar una fecha, un acontecimiento”. No habla de si el evento a conmemorar sea positivo o de júbilo. No debemos confundir celebrar con justificar. Pero que algún mexicano se explique su biografía o la historia mexicana actual sin incluir o haber influenciado por alguna institución emanada del ideario revolucionario: desde la UNAM hasta el Seguro Social son ideas llevadas a la práctica y que querámoslo o no dejaron huella en nuestras vidas.

Lo primordial reside no tanto en la celebración, sino en el análisis y lectura que hagamos del evento y la forma en que influyó en el México actual. Yo lo acabo de hacer e invito a mis contados lectores a que volvamos la mirada al futuro y dejemos de vivir del pasado. Importante, vital y de trascendencia histórica es el pasado de cualquier conglomerado humano siempre y cuando sea catapulta para ver hacia delante.

Nuestro mayor reto es cambiar nuestra mirada y dejar de añorar el pasado, que si bien ha sido ambivalente, nunca hemos sufrido como los europeos quienes vieron arrasadas sus ciudades y sobre sus cenizas reconstruyeron su casa, Europa, y actualmente luchan por un ente supranacional donde sus ciudadanos obtengan mayores beneficios.

La diferencia entre ellos y nosotros fue una visión donde el futuro es privilegiado y no el pasado. Sin descontar que existen hondas desconfianzas y muchos rencores a flor de piel – muchos protagonistas de la II Guerra Mundial, en ambos bandos, todavía viven – no sustentan la relación en lo ya sucedido sino en lo que pueda suceder el día de mañana. Hace un poco más de 60 años, alemanes y franceses se masacraban entre sí, hoy los dos países lideran la Unión Europea.

Celebremos sí, pero con la justa dimensión que el tiempo y las condiciones históricas prevalecientes provocaron lo sucedido. Volvamos nuestra mirada al futuro y buscamos un consenso donde podamos ubicar la meta a la que queremos conducir este país.

Seguir con odios históricos ancestrales no nos conducirá a un futuro promisorio para todos los mexicanos.

Son nuestros políticos, partidos, sindicatos, intelectuales, empresarios, todos pues, quienes debemos entender que México es completamente diferente a como era hace cien años y hoy es multicultural, multiétnico, multilingüe, en fin, inserto en un mundo globalizado. Celebremos mirando hacia delante.


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