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Nuestro nacionalismo

26 agosto, 2009

 

Nuestro nacionalismo

 

 El nacionalismo es el tema que trataré en este ensayo. La idea central es estudiarlo de acuerdo a los postulados de los filósofos teóricos, comenzando por Martin Jay y el neomarxista Jürgen Habermas y la Escuela de Frankfurt; seguir con Marshall Berman y Ulrich Beck y la modernización reflexiva; en tercer lugar Alberche Wellmer antologado por Josep Picó, Andreas Huyssen también antologado, pero por Nicolás Casullo, así como Scott Lash y David Harvey; por último trataré el tema bajo la óptica de Michael Hardt y Antonio Negri y su visión del “imperio”. Destacar los cambios en la interpretación e importancia del nacionalismo de acuerdo a cada uno de los autores es la finalidad de este trabajo.

Nuestro nacionalismo es enfermo. Enfermo porque no competimos con los otros sino que los descalificamos. Para que nosotros vivamos matamos al otro. Nos encanta decir que los Estados Unidos no tiene Historia mientras que nosotros sí y nos olvidamos que por los pasados 200 años los norteamericanos han sido partícipes importantes en casi todos los eventos mundiales. Nos encanta ser la víctima de los estados poderosos; así nos conquistan los españoles, nos invaden los norteamericanos y los franceses imponen un imperio; mientras nosotros somos moralmente impólutos ya que nunca hemos invadido otro país, salvo Villa con su incursión a Columbus, Nuevo México.

El nacionalismo es un concepto que surgió en el siglo XIX de la burguesía ilustrada  y el cual hasta la fecha es una ideología imperante. Y como dice Luis González de Alba “el nacionalismo es una pasión tóxica. En dosis sanas es fuente de encuentro, pertenencia, identidad, sociabilidad. En dosis locas es garantía de bravata, exclusión, irracionalidad y violencia.” Es la que la le da un sentido de pertenencia a los individuos por un lado y por otro es un medio de control e influencia de las masas por la clase ilustrada y la cual tiene acceso a los niveles de poder y economía más altos.

En relación con el tema del nacionalismo, específicamente del nacionalismo mexicano, y de las perspectivas críticas del Institut, resultan interesantes los enfoques de la crítica de la sociedad capitalista occidental contemporánea y la crítica de la sociedad moderna y de la cultura. Es evidente que conceptos como nacionalismo se encuentran en una relación estrecha con estos enfoques; además, resalta en este aspecto el concepto de la “cultura de masas” definida por la teoría crítica como el ámbito donde el individuo se adhiere acríticamente a los valores impuestos, a partir del conflicto entre impulsos y conciencia. A partir de lo anterior, parece obvio que la idea de nacionalismo tiene una indudable conexión con el concepto de masificación, y, por lo mismo, apunta o incluye una problemática de tipo social, política, étnica y cultural.

Por otro lado, la aplicación de los conceptos que desarrolló el Instituto de Investigación Social (Institut für Sozialforschung) mejor conocido como la Escuela de Frankfurt convertiría a nuestra “historia nacional” (con minúsculas) en Historia Nacional (con mayúsculas). Debemos ser más exigentes y combinar los conceptos filosóficos con los sociales bajo una perspectiva neo marxista de la Historia. Adolfo Gilly lo logra, para gran deleite del lector, en su obra sobre la revolución mexicana. Esta obra, un clásico moderno de la historiografía mexicana, es un excelente ejemplo de crítica neo marxista a la Historia.

De aplicarse la teoría crítica a la historiografía mexicana, sobre todo a los libros de texto, es posible que arribáramos a la conformación de una población mucho más consciente de su pasado y por lo tanto mucho más críticos de ella. De ser cierto que tenemos una historia verídica, objetiva, apartidista, y nada patriótica, ello nos permitiría dar el primer paso para no caer ese nacionalismo peculiar y, muchas veces exacerbado, en el que hemos vivido.  Pero como toda utopía, la reescritura de nuestra Historia, bajo los dogmas que todo historiador debe tener, espera mejores derroteros.

La modernización reflexiva caracteriza el individualismo como un proceso de desvinculación y luego de revinculación a nuevas formas de vida social. Necesitamos sustituir las formas de vida antiguas de la sociedad industrial por unas nuevas que permitan a los individuos producir, representar y combinar por sí mismos sus propias biografías. Esto “presupone al individuo como actor, diseñador, malabarista y director de escena de su propia biografía, identidad, redes sociales, compromisos y convicciones.” Pero cuidado, la individualización no está basada en la libre decisión de los individuos sino que es, en expresión de Giddens, una “biografía reflexiva”. Lo que es difícil de aplicar a nuestro entorno “tercer mundista” es la visión que Beck tiene de la individualización, ya que estos procesos se originan en Europa en un ambiente de prosperidad y seguridad social.

Al interpretar la política bajo al análisis de la modernización reflexiva los tres aspectos clásicos del término (polity, policy y politics) se trasladan a la subpolítica, por lo que ésta significa configurar la sociedad desde abajo. En otras palabras son “los grupos ciudadanos, la opinión pública, los movimientos sociales, los grupos de expertos y los trabajadores en su lugar de trabajo los que tienen más oportunidades de tener voz y participación en la organización de la sociedad”. Englobar el nacionalismo dentro de la modernización reflexiva requiere necesariamente un replanteamiento de nuestra historia. Una “historia reflexiva” que erradique los mitos y dé nacimiento a los hechos. De acuerdo con Aguilar Rivera, cuando se ha visto amenazada esa identidad nacionalista como lo fue en la década de los noventas, el poder ha actuado mandando colocar banderas monumentales en diferentes lugares del país como un intento a rescatar ese nacionalismo en peligro: “Algunos mexicanos reconocían que el tamaño de las banderas era inversamente proporcional a un nacionalismo que se encogía día a día.”

El nacionalismo, como cualquier otra religión, apela no sólo a la voluntad, sino también al intelecto, a la imaginación y a las emociones. El intelecto construye una teología especulativa o una mitología del nacionalismo. La imaginación levanta un mundo invisible acerca del pasado eterno y el perpetuo futuro de la propia nacionalidad. Las emociones despiertan alegría y éxtasis en la contemplación de un dios nacional que es bondadoso y protector, anhelo de sus favores, gratitud por sus beneficios, temor de ofenderlo, y los sentimientos de devoción y reverencia ante la inmensidad de su poder y de su sabiduría; estas emociones se expresan de forma natural en el culto, sea privado o público. Porque el nacionalismo, como cualquier otra religión, repito, es social, y sus ritos principales son ritos realizados en el nombre de toda la comunidad y para la salvación de esa comunidad.

Si las sociedades se fragmentan culturalmente cada vez más y están expuestas, al mismo tiempo, a los efectos culturales homogeneizadores del mercado global, entonces parece que las identidades nacionales sólo podrán conservarse mediante el aumento de los medios no liberales. En estas circunstancias, la causa de la nacionalidad empieza a parecer reaccionaria. La respuesta, según el posmodernismo, es celebrar la diferencia, disparar el orgullo étnico, animar a la gente a que pruebe y elija entre la multitud de identidades culturales que ofrece la cultura global. La siguiente descripción, aunque un tanto burlona nos permite entender este argumento esgrimido por David Miller: “Igual que Marx miraba hacia el futuro en el que podríamos cazar por la mañana, pescar por la tarde y criticar tras la cena, el nuevo cosmopolita pone delante de nosotros la imagen de que podremos explorar nuestras raíces celtas el lunes, dedicar el martes a celebrar el cumpleaños de Buda en el templo del barrio, ir el miércoles a una manifestación de Greenpeace contra la pesca internacional de ballenas y participar el jueves en una discusión crítica del imperialismo británico.”

El estado se adueña, propietario ritual y celador inconsecuente, del discurso nacionalista y se considera inconcebible, subversivo, un nacionalismo fuera de los marcos gubernamentales; se concede al patriotismo que a cada etnia le inspiran sus tradiciones; se observa con beneplácito y sorna el regionalismo, y se regula y reglamenta lo que de reacciones nacionalistas se le exige a la colectividad.

En concreto, Hardt y Negri argumentan que se inicia un nuevo período histórico. Resalta la idea de que estamos, de alguna manera, en una etapa de transición que va de la modernidad a la posmodernidad, en el entendido de que es este estadio el que perfila las características principales del Imperio, por lo que domina el concepto de imperio sobre el de estados-nación; el de mercado mundial realizado sobre el de economías nacionales y sus extensiones imperialistas. La posmodernidad es una etapa inevitable y establece características inversas al imperialismo de la modernidad.

En el aspecto de la deterritorialización y de los nacionalismos, resulta notablemente interesante la parte dos del texto, Pasajes de Soberanía, sobre todo en la sección 2.2. Soberanía del Estado-nación. A partir de lo estipulado por Hardt y Negri, en cuanto las características de los nacionalismos imperantes y subalternos, se hace necesario, sin que específicamente se tenga que realizar una clasificación exacta, tratar de ubicar el nacionalismo mexicano a partir de ciertas características que le son propias. El ímpetu nacionalista, en definitiva, es una respuesta dinámica, no conservadora hacia la pérdida de sentido y de identidad social, al recuperar, reconstruir o generar formas político-culturales comunitarias. La búsqueda de la utopía comunitaria es la que sustenta la lucha de individuos y grupos desarraigados o amenazados de serlo.

De ahí se puede entender por qué el nacionalismo, desde la perspectiva de Montserrat Guibernau, pueda ser considerado mucho más que una simple alternativa o reacción a la globalización. Es más bien un elemento constitutivo, una faceta, una parte integrante y complementaria de la misma. No es una opción prescindible o sustituible, es una necesidad inherente del sistema global. A pesar de la aparente paradoja de que produce la crisis y la marginación del Estado nacional, la globalización es responsable, al mismo tiempo, del éxito creciente que tienen los impulsos nacionalistas que observamos ahora en todo el planeta. Éstos comienzan a cobrar fuerza desde fenómenos en pequeña escala (etnias periféricas, minorías, regiones, estados marginales), que son favorecidos por la extensión y densificación de las redes comunicativas; en una segunda etapa afectarán a grupos mayores y a Estados-naciones de gran tamaño.

Como conclusión afirmo que el nacionalismo, como cualquier otra religión, apela no sólo a la voluntad, sino también al intelecto, a la imaginación y a las emociones. El intelecto construye una teología especulativa o una mitología del nacionalismo. La imaginación levanta un mundo invisible acerca del pasado eterno y el perpetuo futuro de la propia nacionalidad. Las emociones despiertan alegría y éxtasis en la contemplación de un dios nacional que es bondadoso y protector, anhelo de sus favores, gratitud por sus beneficios, temor de ofenderlo, y los sentimientos de devoción y reverencia ante la inmensidad de su poder y de su sabiduría; estas emociones se expresan de forma natural en el culto, sea privado o público. Porque el nacionalismo, como cualquier otra religión, repito, es social, y sus ritos principales son ritos realizados en el nombre de toda la comunidad y para la salvación de esa comunidad.

Como mencioné al inicio de este trabajo la finalidad era destacar las características de cada período y bajo ellas elaborar una perspectiva que las relaciona con el nacionalismo. Desde la perspectiva de la Teoría Crítica hasta la del Imperio el nacionalismo al igual que la soberanía son fundamentales para la comprensión del mundo moderno.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Aguilar Rivera, José Antonio, “Diatriba del mito nacionalista” en Nexos # 309 septiembre 2003.

Beck, Ulrich; Giddens, Anthony, Modernización reflexiva, Alianza Editorial, España.

Berman, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Siglo XXI, México.

Guibernau, Montserrat, Los nacionalismos, Barcelona, Ariel, 1996.

Gilly, Adolfo, La revolución interrumpida. México, Era, 1971.

González de Alba, Luis, “Diatriba de la soberanía” en Nexos # 309 septiembre 2003.

González y González, Luis, Obras Completas, Vol. 1 El oficio de historiar. México, El Colegio Nacional y Editorial Clío, 1995.

Habermas,  Jürgen, El discurso filosófico de la modernidad. Madrid, Taurus, 1985.

Hardt, Michael; Negri, Antonio, Imperio, Cambridge, Harvard University Press, 2000

Harvey, David, La condición de la posmodernidad, Madrid, Amorrortu, 1998

Jay, Martin, La imaginación dialéctica. Madrid, Taurus, 1974.

Lash, Scott,  Sociología del posmodernismo, Madrid,  Amorrortu, 1997.

Meyer, Lorenzo, “La construcción histórica de la soberanía y del nacionalismo mexicanos” en    Ilán Bizberg (compilador), México ante el fin de la guerra fría, El Colegio de México, 1998.

Miller, David, Sobre la nacionalidad, Editoral Paidós, Barcelona, 1997.

Picó, Josep,  Modernidad y Posmodernidad, Alianza Editorial, 1994.

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Nacionalismo y Postmodernidad

21 agosto, 2009

 Nacionalismo y posmodernidad

México se encuentra inserto en una dinámica global, reconformación social, económica y política,  se transforma para el exterior principalmente incrementando las relaciones internacionales y de comercio; así mismo se halla el proceso de transición política hacia una democracia más plena, no solamente en términos electorales, sino que se busca una democracia totalmente acabada.

Jesús Antonio Rodríguez, maestro en ciencias sociales, menciona en su ensayo sobre cultura y democracia en México, que la globalización se impone como una “moda” pragmática, llega a los países subdesarrollados, con la promesa de aterrizar el desarrollo económico, con un cambio hacia esa modernidad ansiosamente esperada. De acuerdo al autor, en lugar de reprochar el esperar el gran cambio gracias a la globalización, debemos justificar el deseo, ya que cargamos con el rezago histórico, la pre-modernidad, vestigios de un mundo prácticamente sin futuro arrimado tan solamente a la distancia de una historia furtiva, ambivalente, sin efervescencia operativa y a nacionalismos desarraigados y arcaicos. 

En el contexto de la modernidad el problema no es tanto explicar la relevancia general del nacionalismo cultural como refugio seguro para el individuo y de desintegración de los vínculos tradicionales, sino por qué el estado moderno no toleró las estructuras pluriétnicas en su interior e intentó crear, con diversos resultados, un espacio homogéneo dentro del cual proyectar una cultura única, una lengua oficial y un concepto uniforme de la historia, bien a través de la persuasión o de la coerción. 

También en nuestro país encontramos que “el concepto de nacionalismo está muy ligado a la idea de soberanía; en realidad es uno de sus fundamentos. Sin la soberanía, no se entiende la existencia o exigencia y el propósito del nacionalismo.”[1]. México se proclama país mestizo, moldeado a raíz de la conquista y la presunta fusión subsecuente de la cultura española con la indígena, que aspira a la unidad, según la retórica oficial; en el fondo, a lo largo de decenios ésta pareció empeñada en ocultar desigualdades con su ideal de síntesis, y sólo en fecha muy reciente ha tenido cabida en ella la disposición a reconocer la pluralidad cultural como algo legítimo y deseable, quién sabe si por franqueza intelectual o con miras a justificar, abiertamente ahora, los desequilibrios sociales persistentes.

Esta pluralidad y desequilibrio se puede ver por ejemplo, en sectores del norte y en el centro del país con un alto desarrollo (equiparable a los países del primer mundo), con tecnología de punta, con un elevado índice de uso de Internet y una amplia cultura satelital, que bien pudieran catalogarse de postmodernos; puede pensarse que esta afirmación es una especie de determinismo de nuestra parte, sin embargo ¿Es o no el desgaste de los referentes nacionales, culturales, o como dicen los postmodernos: la muerte de los metarrelatos, lo que describe a una postmodernidad? También se dan los sectores periféricos de pobreza, no sólo los tradicionales como Chiapas, Guerrero, Oaxaca, sino los  islotes incrustados aquí y allá, dentro y fuera de la urbe y el campo; el problema indígena y la cultura de la impunidad; todo lo cual puede etiquetarse de premoderno.

Es en esta exaltación de la diversidad y heterogeneidad cultural, geográfica, política, social, religiosa e incluso económica,  que yace la fuerza cohesionadora para la formación de un país unido por sus diferencias. En todo esto, es preciso resaltar que la cultura democrática, la educación, las relaciones sociales de tolerancia, que conformarían esa cultura, no se encuentran aislados, sino que se haya en constante comunicación, en distensión y tensión, un sistema que se genera y autogenera a la vez, es decir que esta en una constante reconstrucción o bien como mencionaba Ihab Hassan en un “unmaking”.

Además si las sociedades se fragmentan culturalmente cada vez más y están expuestas, al mismo tiempo, a los efectos culturales homogeneizadores del mercado global, entonces parece que las identidades nacionales sólo podrán conservarse mediante el aumento de los medios no liberales. En estas circunstancias, la causa de la nacionalidad empieza a parecer reaccionaria. La respuesta, según el posmodernismo, es celebrar la diferencia, disparar el orgullo étnico, animar a la gente a que pruebe y elija entre la multitud de identidades culturales que ofrece la cultura global. La siguiente descripción, aunque un tanto burlona nos permite entender este argumento: “Igual que Marx miraba hacia el futuro en el que podríamos cazar por la mañana, pescar por la tarde y criticar tras la cena, el nuevo cosmopolita pone delante de nosotros la imagen de que podremos explorar nuestras raíces celtas el lunes, dedicar el martes a celebrar el cumpleaños de Buda en el templo del barrio, ir el miércoles a una manifestación de Greenpeace contra la pesca internacional de ballenas y participar el jueves en una discusión crítica del imperialismo británico.”[2]

Lo anterior concuerda con lo que Lash menciona en su texto, la posmodernidad no es verlo como promotor de nacionalismos sino como una manera de hacer confluir los dos conceptos, cómo los nacionalismos subsisten o resurgen en la posmodernidad o de otra forma, cómo esta posmodernidad los alberga, nutre o desanima.

En el análisis realizado por Lash, se afirma que no toda la cultura contemporánea es posmoderna, al mismo tiempo que no hay una cronología estricta de paradigmas culturales sucesivos. Pero lo que resalta en este aspecto es el hecho de que el posmodernismo generaliza o masifica aquella cultura que en la modernidad pertenece a las elites, sobre todo por la alta participación de los medios de comunicación. Harvey menciona “parecería una expresión pertinente en relación con los nacionalismos- que las políticas de la masa cultural poseen su importancia, a partir de que su tarea consiste en definir el orden simbólico a través de las producciones de imágenes generalizadas hacia el mundo, y que cuanto más se torne a sí misma, o más se una con ciertos sectores de clase dominante, más se desplazará el sentido predominante del orden simbólico y moral”. [3]

Lash menciona también que el régimen de significación tiene un rasgo de des – diferenciación. Esto es que si la modernización es la diferenciación cultural, entonces la posmodernidad es una des- diferenciación. Para él el posmodernismo es un paradigma cultural, con una configuración espacio – temporal, que después de un tiempo pierden su forma y se transforman en otro paradigma cultural. Aquí entonces resulta interesante esta afirmación de des diferenciación que caracteriza al posmodernismo el cual realiza un rechazo de las vanguardias políticas, por lo que se suscita una posición fija de los sujetos, pero dentro de una flexibilidad en el entramado cultural y social, pues la posmodernidad es, de muchas formas, incluyente.

Pero dentro de la posmodernidad como período que impregna la vida cultural y social contemporánea, Lash divide en posmodernidad primera a la tendencia de dar prioridad a la hegemonía de las clases medias, posiciona sujetos, otorga jerarquía y valores visibles, mientras que el posmodernismo secundario o de oposición da énfasis a diferentes tipos de identidad colectiva en sus símbolos y luchas colectivas así como la propuesta de una posición abierta del sujeto y la tolerancia a otras posiciones del sujeto. Se hace aquí también importante el poder discernir cuál es el tipo de posmodernismo en el que ideologías o movimientos nacionalistas surgen.

Es clave lo que expresa Harvey en relación con los aspectos de la comprensión espacio-temporal que el ser humano tiene como respuesta, y que se basan en: 1. Conformar una concha individualista y neurótica al percibir que todo es abrumador. 2. Insistir en negar la complejidad del mundo y una tendencia a la representación del mismo a través de cuestiones retóricas. 3. La construcción de un lenguaje y de un imaginario que la refleje y controle. 4. Encuentro (o refugio) en lo local y comunitario, en el lugar propio y resistencias regionales. En esta forma de respuesta existe la posibilidad de dar sentido a la multiplicidad de expresiones humanas y los muchos ámbitos que el ser humano es capaz de construir, pero, al mismo tiempo, se encuentra el peligro de lo que Harvey llama el parroquianismo, la miopía y la autoreferencialidad frente a la fuerza universalizante de la circulación del capital. [4]

Parecería que una ideología nacionalista extrema tendería a este tipo de actitud y respuesta a la cuestión espacio-temporal. Aunado a esto, Harvey resalta la importancia las dimensiones del espacio y el tiempo y que como resultado de esto surgen geografías de la acción social, espacios de poder cruciales para la organización de la geopolítica del capitalismo. De igual manera resulta verdaderamente relevante la percepción que posee Harvey de que la geopolítica, el nacionalismo económico, el localismo y las políticas regionales contrastan con el internacionalismo: a los planes de fusión mundializadora surge una oposición de proyectos nacionales específicos. [5] 

Como forma de ubicar lo dicho anteriormente por Harvey, debemos reconocer que lo referente al nacionalismo, las cuestiones étnicas y la identidad cultural se han convertido en debates ubicados dentro del complejo del período que conocemos como posmodernidad. En los últimos años hemos observado la radicalización de conflictos étnicos o interétnicos, reivindicaciones nacionalistas, regionalistas y el resurgimiento de fundamentalismos; es decir, que si bien la internacionalización, globalización o mundialización tiene como modelo máximo la interrelación, estas manifestaciones de parcialización construyen un andamiaje de dificultades y contradicciones en el entramado contemporáneo.

Es posible afirmar que pese a que es posible percibir la posmodernidad como etapa de des-diferenciación, lo que implica globalidad, se percibe que, por mucho, la nación, el estado-nación sigue vigente y se constituye en plataforma de la geopolítica mundial. Lo que necesariamente nos obliga a establecer relaciones estrechas entre los conceptos de cultura, política y sociedad, conceptos clave en el análisis de la posmodernidad, con el concepto nacionalismo, de forma insoslayable, sobre todo, a partir de que posmodernidad, globalización y resurgimiento nacionalista coinciden cronológicamente.

Se ha establecido que la posmodernidad es contraste y debate de múltiples perspectivas. Por ello, parece posible que descubramos que entre internacionalización/ globalización desaforada, existe la necesidad de una identidad en la que la idea de lo nacional contrarreste cierto sentido de pérdida. Desde luego, el hecho de que esa necesidad exista, no implica que esta búsqueda de sentido se dé de forma análoga en todas las formas ideológicas en donde lo nacional sea preponderante. 

Bibliografía:

Roostow, W.W, “Las etapas del crecimiento económico”, México, F.C.E., 1974

 Vattimo, G. “Metafísica, violencia y secularización” en la secularización de la filosofía, Hermenéutica y Posmodernidad, Gedisa, Barcelona, 1992

 Picó, Josep,  “Modernidad y Posmodernidad” Alianza Editorial, 1994

 Angulo Parra, Yolanda. “La esencia de vidrio: modernidad y posmodernidad” México, D.F., noviembre de 1997 http://rcci.net/globalizacion/fg011.htm

 Miller, David, “Sobre la nacionalidad”, Editoral Paidós, Barcelona, 1997

 Lash, S. “Sociología del posmodernismo” Madrid,  Amorrortu, 1997

 Meyer, Lorenzo, “La construcción histórica de la soberanía y del nacionalismo mexicanos” en Ilán Bizberg (compilador), “México ante el fin de la guerra fría”, Colegio de México, 1998

 Harvey, D. “La condición de la posmodernidad” Madrid, Amorrortu, 1998

 Rodríguez Alonso, Jesús y Velarde. A. Samuel F. “Cultura y democracia en México hacia el siglo XXI” Sincronía Verano 2001  http://sincronia.cucsh.udg.mx/cultdem.htm

 


[1] Meyer, Lorenzo, “La construcción histórica de la soberanía y del nacionalismo mexicanos” en Ilán Bizberg (compilador), México ante el fin de la guerra fría, Colegio de México, 1998, p. 82.

[2] Miller, David, Sobre la nacionalidad, Editoral Paidós, Barcelona, 1997, p. 226.

[3] Harvey, D. “La condición de la posmodernidad” Madrid, Amorrortu, 1998, p.380

[4] ibídem, p. 383

[5] ibídem, p. 392

Nacionalismo y Perspectiva Global

17 agosto, 2009

 Nacionalismo y perspectiva global

El fenómeno nacionalista regresa hoy con una intensidad que no se había visto desde la época de la descolonización de los años sesenta. Es de una vastedad inconcebible y, al mismo tiempo, de mil caras, multiforme; observamos luchas de liberación nacional (Kurdistán, Palestina, País Vasco, Irlanda del norte, Eritrea, Chechenia), luchas por los derechos de los pueblos oprimidos (indios de América Latina, aborígenes australianos, tibetanos), desintegración de Estados multinacionales (ex URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia), conflictos en tres nacionalidades (Serbia/Bosnia/Kosovo, Sri Lanka, Moldavia, Cáucaso), reivindicaciones de autonomía regional  (Escocia, Cataluña, Córcega, Québec), desafíos nacionalistas antiimperialistas (Cuba, Irak, Venezuela), movilizaciones nacionalistas en contra de la globalización, radicalismos (populistas, neofascistas), raciales (neonazi), nacional-religiosos (fundamentalistas), etc. (Berberoglu, 1995:14)

De alguna manera, los tres autores son identificados por su pertenencia o cierto apego a las corrientes de la línea de la política de izquierda mundial. Es difícil ubicar a cada autor en una justa dimensión, pero si tuviéramos que identificarlos o describirlos por sus características más peculiares, seguramente que un autor como Harvey tendría que ser localizado dentro de las corrientes del marxismo apegadas a los postulados más homogéneos, y autores como Hardt y Negri en cierta forma de un marxismo revisionista o, por decirlo de otra manera, a las tendencias de las nuevas izquierdas. De una forma u otra, se hace necesario realizar algunos comentarios a cada uno de los textos para poder tener una idea más precisa de qué es lo que propone cada uno de estos autores.

globalizacion

tomado de ahorahistoria.blogspot.com

David Harvey, reconocido geógrafo y urbanista inglés que ha tratado de amalgamar los aspectos sociales y políticos con el estudio de la geografía humana –es decir, un estudioso de la geopolítica-, en El  nuevo imperialismo, quizá su obra más reciente, trata de analizar los fenómenos más importantes del mundo contemporáneo, sobre todo en el mundo capitalista, que han conformado o poseen una relación con una nueva forma de política imperialista. Para Harvey, el mundo capitalista ha abierto perspectivas de globalización, como fuerza subyacentes (2004: 9), nunca experimentadas, resintiéndose con ello el orden hasta este momento establecido; surgen nuevas formas de organización en que instancias tradicionales de organización gubernamental, política y social se han visto alteradas por esta influencia. Es decir, las perspectivas centrales y la periféricas, focalizadas y globales han entrado en un estado de contraste que evidencian cambios y repercusiones a nivel internacional, pero siempre determinadas por el papel protagónico y central que han realizado los Estados Unidos de América en el entramado mundial. Pero, no obstante esta evidente hegemonía por parte de los EE. UU. se hace palpable que esta actuación se desarrolla en medio de un relativo  descenso del poder económico y político, y que pese al ascenso que Norteamérica experimentó como metrópoli, la gran superpotencia se ha visto en competencia, y algunas veces en desventaja, con el fortalecimiento de ciertas economías regionales, el surgimiento y conformación y fortalecimiento de La Comunidad Europea con su moneda, el euro, que podría ser tan fuerte e, inclusive, sustituir al dólar como moneda internacional, además del evidente crecimiento de las economías asiáticas. Al mismo tiempo, para Harvey existe un cambio en el régimen industrial al experimentarse un decrecimiento en las actividades de producción y, por ende, un debilitamiento del régimen de consumo que no promueve la reactivación de la industrialización lograda por los Estados Unidos durante décadas.

 Harvey trata de explicar los nuevos modelos de comportamiento del capitalismo global contemporáneo desde la perspectiva de la “larga duración” y a través de la lente de lo que él denomina materialismo histórico-geográfico. Fue escrito en los momentos previos a las elecciones en los Estados Unidos el fortalecimiento del gobierno republicano puede significar una mayor ofensiva en la política territorial del imperialismo yanqui, haciendo que la discusión alrededor de lo que significa el imperialismo cobre más relevancia.

En su opinión, la estrategia militar del capitalismo mundial y las políticas de privatización de buena parte de los servicios públicos y de los recursos comunes a escala planetaria indican con precisión los dos vectores de intervención del sistema capitalista en nuestros días. La guerra y la acumulación por desposesión son los mecanismos primordiales que el capitalismo histórico está empleando en la actualidad para resolver sus crisis sistémicas y para modelar un mundo quizás más injusto que el que hemos conocido durante los últimos cien años.

El Nuevo Imperialismo nos habla principalmente del imperialismo de Estados Unidos. De cómo primero definía una esfera de intereses geopolíticos, y después como imponía su hegemonía mediante el uso de alguno o algunos estados-cliente, los cuales eran apoyados económica y militarmente por Estados Unidos. Así que se trataba de un control indirecto que al mismo tiempo le ofrecía beneficios a ciertos grupos. Este imperialismo funcionó hasta principios de los años 70. Pero después hubo una transición y el poder imperial norteamericano se dio a través de instituciones como el FMI y el Banco Mundial, como se vio en la presidencia de William Clinton. A últimas fechas ha dejado de ser un imperialismo financiero y vuelto a ser uno militar y como ejemplo tenemos la intervención en Irak. Ya no es un imperialismo financiero debido a que Estados Unidos tiene una economía débil por lo que retoma el imperialismo militar como justificación, como lo mencionan Hardt y Negri, tomando la función de policía del mundo y aparentando ver por los intereses de todos y no los individuales.

Sobre la guerra en Irak, Harvey comenta que Bush y Blair han vuelto a recurrir al argumento general de que liberar por la fuerza al mundo de un dictador brutal era moralmente correcto. Uno de los grandes interrogantes era si la invasión de Irak se entendería como liberación u ocupación. El peso de las pruebas apoya ahora con fuerza esta última opinión,  Hay que tener en cuenta que Oriente Próximo es una región crucial en relación con la economía global y que la presencia estadounidense en la región, que ha venido aumentando constantemente desde 1945, no disminuirá en el futuro próximo. Gane quien gane las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, es muy improbable que Estados Unidos renuncie al proyecto de controlar la región.

 Toda esta situación sería el detonante o la razón que lleva a esta nación a suplir las estrategias más políticas por aquellas que se refieren al uso de las armas, ya que existe la imperiosa necesidad del control de las reservas petroleras mundiales. Por ello, su primer capítulo (Todo tiene que ver con el petróleo (2004: 21-37) lo refiere a la centralización que este factor posee en los intereses de la geopolítica de los Estados Unidos; es decir, para Harvey, el interés por el petróleo se vuelve nodal, pero no a través de una manera reducida o simple de ver las cosas –quiero petróleo y voy a tener el petróleo, por ejemplo- sino percibiendo que quienquiera que controle Oriente Próximo controlará el grifo global del petróleo y con él la economía global (Harvey, 2004: 33). Todo ello, evidentemente, no se reduce a una cuestión económica directa, sino a una cuestión geopolítica elemental. La guerra del Golfo Pérsico se encuentra de esta manera dentro de una lógica elemental de poder.

 Pero para Harvey es necesario tener en cuenta cuál ha sido el ascenso de la Unión Americana en el entramado mundial. Harvey traza un desarrollo del ascenso de la hegemonía de los Estados Unidos a través del surgimiento de los imperialismos burgueses en el siglo XIX, en la segunda posguerra, así como en la hegemonía neoliberal. Uno de los aspectos más importantes para entender este ascenso se ubica en la relación de la lógica del territorio y la lógica del capital que evidencia a un imperialismo que, de algún modo, consolida su expansión. El ascenso norteamericano, de muchas formas, se ha basado en estos dos aspectos, logrando, primero, una forma de hegemonía basada en una expansión territorial y, segundo, en una acumulación del capital, cuestiones que evidentemente podrían resultar peligrosas si no hubiera un control en una especie de una correlación necesaria de los dos conceptos, ya que hay una necesidad, por una parte, de inversión del capital que se posea para acrecentar beneficios, lo que obviamente promueve el acrecentamiento de más capital, pero, por otra parte, la búsqueda del aumento o, cuando menos, del mantenimiento del poder territorial en relación con otros territorios.

 Tanto en el aspecto del capital como el territorial, Harvey realiza una serie de descripciones y reflexiones que detallan los aspectos más sobresalientes del imperialismo norteamericano; en una segunda instancia, algunas reflexiones que atisban algunas posibilidades sobre ese desarrollo imperialista:

Este contexto explica que el gobierno de Bush haya comenzado a flexionar sus músculos militares como el único poder absoluto que le queda. Las impúdicas declaraciones sobre el imperio como opción política pretenden presumiblemente ocultar la exacción de tributos al resto del mundo bajo una retórica de paz y libertad para todos. (Harvey, 2004: 72)

tomado de fenomenoglobal.blogspot.com

Pero, parece que Harvey establece que para poder comprender tanto la lógica territorial como la lógica del capital en una lógica del imperialismo, es necesario dar énfasis al aspecto del dominio y la acumulación capitalista, por ello sus afirmaciones de que la lógica capitalista del imperialismo, distinta de la territorial, debe entenderse en el contexto de la búsqueda de soluciones espacio-temporales al problema del exceso del capital (Harvey, 2004: 80). Argumenta Harvey que esto es, básicamente,  que una porción del capital queda sujeto en el territorio durante un lapso prolongado, proceso en el cual se podrán dar diversas estrategias que evitan la devaluación del mismo capital.

 Sobre la acumulación por desposesión, Harvey cita a Rosa Luxemburgo y tiene en cuenta que la acumulación del capital se da, en un primer nivel, en un proceso puramente económico y, segundo, entre el capital y las formas de producción no capitalistas (Harvey, 2004: 111).  Este concepto implican los métodos de la acumulación para mantener un régimen en los que los sectores más depauperados en una nación o territorio determinados –obviamente, todos ellos pobres-,  paguen los costos de la crisis de sobreacumulación del capital. Pero esta situación general se ha venido a acentuar a partir de la privatización que el neoliberalismo propone y lleva a cabo en los regímenes en los que ha dominado. Parecería que una constante de la globalización sería la acumulación por desposesión:

Los bienes públicos en poder del estado fueron lanzados al mercado para que el capital sobreacumulado pudiera invertir en ellos, reformarlos y especular con ellos…Pero, una vez en movimiento, estas iniciativas suscitaron presiones para hallar cada vez más áreas, en el propio país o en el extranjero, a las que poder aplicar la privatización. (Harvey, 2004: 125)

Para Harvey, es evidente que a través del tiempo y en esta época, han existido y existen  luchas constantes, luchas políticas y sociales, resistencia a todo lo que las formas de imperialismo supone, aunque sin dejar de reconocer que ello también implican contradicciones, pues no todas éstas son verdaderamente progresistas, lo que conlleva que el concepto homogéneo de antiglobalización o la globalización alternativa pertenezcan a una visión de lucha anticapitalista y antiimperialista bastante confusa (Harvey, 2004: 128-132).

 Por todo esto, Harvey concluye que el imperio, y los imperios, se izan, se constituyen como una forma de acumulación por desposesión, de una relación dialéctica entre las lógicas de poder territorial  y capitalista (Harvey, 2004: 141). El paso de un imperialismo neoliberal a uno neoconservador, viene a constatar que no existe únicamente una única forma de nuevo imperio (el estadounidense) sino varios Estados-grupos de poder, que irregularmente repartidos, tienden a establecer estas relaciones, siempre en una perspectiva con un centro hegemónico que contrarresta, por coerción, todo tipo de intento desglobalizador o alternativo. Específicamente, esta coerción se ejerce, además de las evidentes presiones geopolíticas o financieras, a través de una ideologización cada día más recalcitrante, ciertos principios religiosos y morales, conceptos políticos y sociales aceptados e interpretados de forma acorde a intereses específicos de poder. Todo ello, como plataforma de un movimiento en el que:

Los neoconservadores comparten fervientemente la creencia de que una vez que restablezcan el orden en todo el mundo y demuestren sus ventajas, la oposición a su militarismo, tanto a nivel popular como entre muchos gobiernos, se disipará en gran medida. (Harvey, 2004: 152)

El aspecto más discutible de la argumentación de Harvey es el de que Estados Unidos opera desde una situación de debilidad económica y política más que de fuerza, y que la aventura iraquí podía suponer el fin de su hegemonía más que el comienzo de una nueva fase de dominación global.

 Imperio es una obra densa que aborda el problema del poder globalizado a través de muchas vertientes, por lo que el tratar de realizar una especie de reseña o travesía por todas estas perspectivas resulta una labor bastante compleja. No obstante, el abordar la obra en relación con el problema del nacionalismo o nacionalismos puede posibilitar una mayor aproximación específica al texto a través de la delimitación de un tema como el mencionado.

 De forma genérica, es posible afirmar que la tesis central de Imperio es la visión de que ha surgido una nueva conformación en el mundo, a partir de cambios geopolíticos basados en un colonialismo que da paso a nuevas formas de integración internacional, la caída de muros y el embate del mercado capitalista mundial. La era del imperialismo queda superada y ahora se vive en la era del llamado Imperio:

Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando — en suma una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula efectivamente estos cambios globales, el poder soberano que gobierna el mundo. (Hardt, Negri, 2000: 4)

Es decir, existe un cambio y la esencia de éste es la emergencia del nuevo orden. Este nuevo orden es el Imperio, que modifica regímenes de soberanía o autonomía, ya que, sin la desaparición total de los estados-nación, éstos se debilitan como tal y se integran en una estructura que trasciende este concepto, crece y se conforma como un orden descentrado y sin límites, pero en una especialidad mundial, y ubicado en una temporalidad que puede prolongarse mucho más que cualquier forma de organización humana ya experimentada:

El pasaje al Imperio emerge del ocaso de la moderna soberanía. En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y deterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas. (Hardt, Negri, 2005: 5)

A diferencia de Harvey, que realiza una identificación del nuevo imperialismo a través de una geopolítica dominada por los EE. UU., en Hardt y Negri, la deterritorialización del Imperio no permite la focalización de éste y, por tanto, suponen la desaparición de diversas formas de imperialismo y de un imperialismo cuyo centro siempre ha sido localizado y comprendido geopolíticamente en los Estados Unidos de Norteamérica (aunque existe la afirmación de que en el Imperio los Estados Unidos “tienen una posición privilegiada”, p. 6) Además, el Imperio es una fuerza política de autoridad mundial, pues posee la capacidad de poder manejar diferentes ámbitos de la vida, todos ellos imbricados, y que van desde las cuestiones culturales y de las comunicaciones, hasta las de tipo económico y financieras, todo ello bajo el manejo de la fuerza militar.

 En concreto, Hardt y Negri argumentan que se inicia un nuevo período histórico. Resalta la idea de que estamos, de alguna manera, en una etapa de transición que va de la modernidad a la posmodernidad, en el entendido de que es este estadio el que perfila las características principales del Imperio, por lo que domina el concepto de imperio sobre el de estados-nación; el de mercado mundial realizado sobre el de  economías nacionales y sus extensiones imperialistas. La posmodernidad es una etapa inevitable y establece características inversas al imperialismo de la modernidad.

 En el aspecto de la deterritorialización y de los nacionalismos, resulta notablemente interesante la parte dos del texto, Pasajes de Soberanía, sobre todo en la sección 2.2. Soberanía del Estado-nación.

 A partir de una travesía por el concepto de nación, en el que destacan las ideas de Herder, (una figura completa de soberanía, y que, además, se transforma finalmente en la condición de la posibilidad de toda acción humana y de la vida misma social (Hardt, Negri, 2000: 92), los autores de Imperio tratan de depurar esta idea y ubicarla en su relación con la idea de pueblo, por lo que concluyen que los dos conceptos unidos al de raza, hicieron derivar una idea de identidad nacional homogénea; es decir, la oposición racial de un sector dominante en contraste con un sector dominado, constituyó una forma de percibir conceptos de lo nacional y de pueblo. Por otra parte, la eliminación de las diferencias internas  mediante la representación  de toda la población por un grupo, raza o clase hegemónica, también facilitó llegar a esa identidad nacional (Hardt, Negri, 2000: 93-94).  Pero, sobre todo, se encuentra la identidad nacional específicamente burguesa que proclama que no únicamente existe una afinidad espiritual, sino que ésta va en búsqueda y consolidación de otros logros: 

…la esencia espiritual del pueblo y la nación, hay un territorio impregnado de sentidos culturales, una historia compartida y una comunidad lingüística; pero por sobre todo es la consolidación de una victoria de clase, un mercado estable, el potencial para la expansión económica y nuevos espacios donde invertir y civilizar. (Hardt, Negri, 2000:95)

Sin embargo, no obstante esta caracterización de lo que es nacionalismo, también se encuentra este concepto en los grupos dominados, por lo que el nacionalismo se convierte en subalterno y sirve como fuerza de contención  frente al objetivo de la nación dominante en instancias económicas, políticas, culturales e ideológicas. En este sentido, el nacionalismo es protector de una serie de intereses y valores en relación con la coacción que ejerce una exterioridad poderosa o hegemónica. Pero resulta bastante interesante la afirmación de los autores cuando dicen que este mismo tipo de nacionalismo puede invertirse cuando establece una relación con su interioridad, es decir, cuando apunta al mismo pueblo que dice defender:

El lado oscuro de la estructura que resiste a los poderes exteriores consiste en ser, ella misma, un poder dominante que ejerce una opresión interna igual y opuesta, reprimiendo las diferencias y oposiciones interiores en nombre de la identidad nacional, la unidad y la seguridad. (Hardt, Negri, 2000:96)

A partir del análisis realizado por Hardt y Negri, es posible afirmar que muchos nacionalismos han prolongado un gran número de sus postulados ideológicos,  y que establecen estos postulados en niveles que, si bien apuntan a problemas políticos reales,  se basan específicamente en identidades esencialistas, en cuestiones de pureza racial, de pertenencia territorial o de comunidad cultural; es decir, tanto los nacionalismos dominantes así como los subalternos pueden inventar tradiciones, pertenencias, identidades, historias, comunidades, etc.

 Es evidente que el nacionalismo es una ideología y un fenómeno social de la modernidad, por ello, se convierte en un factor indispensable para la industrialización y la realización de todo aquello que implica desarrollo, pues es fuerza de cohesión para empresas comunes, como el prestigio nacional a través de una identidad trascendente. El nacionalismo es una forma de regulación de la vida económica y social.

 A partir de lo estipulado por Hardt y Negri, en cuanto las características de los nacionalismos imperantes y subalternos, se hace necesario, sin que específicamente se tenga que realizar una clasificación exacta, tratar de ubicar el nacionalismo mexicano a partir de ciertas características que le son propias.

 Se hace evidente que el nacionalismo mexicano nace por una situación de dependencia y subyugación, por lo que puede caracterizarse por ser subalterno, desde el punto de vista histórico. Pero, no obstante que lo dicho por Hardt y Negri en cuanto a la inclusión presente que el nuevo panorama geopolítico mundial realiza en una tendencia de globalización, el nacionalismo mexicano, como los surgidos en otras latitudes del subdesarrollo, permanece en esta misma tendencia, ya que, pese a esa integración, no posee los recursos o medios de homologación, desde el punto de vista de Estado-nación, con los centros de poder.

En otras perspectivas si se toma en cuenta que el nacionalismo mexicano se consolida a partir del siglo XIX, como resultado o respuesta a las agresiones originadas por España, Francia y EEUU, entonces hablamos de un nacionalismo de tipo independentista, ya que el nacionalismo de estas naciones se convierte fácilmente en nacionalismo imperialista, pues su concepto de nación es de tipo solipsista, en cuanto a que es su concepto de identidad nacional lo que verdaderamente representa una verdad, a partir de un futuro promisorio o rescatable que incluye una misión trascendente que cumplir, ya que existe la convicción de que se tiene el derecho a sojuzgar a otras naciones, sobre todo a las de mayor atraso e incivilidad. El nacionalismo independentista mexicano, como respuesta al imperialista, aparece por esta época como movimiento nacionalista anticolonial. Esto se hace más palpable, sobre todo, si tomamos en cuenta que el estado-nación mexicano surge por un movimiento de emancipación total. Además de esto, se debe tomar en cuenta que este proceso culmina con la Revolución Mexicanay la consolidación de un estado que tiene como prioridad la educación socializante a través de los conceptos de identidad nacional y de patria, emanados  de la idea del México prehispánico; es decir, se utiliza toda una simbología ancestral que justifica el ser nacional histórico y presente.

 También en otra perspectiva, y a partir del acontecimiento revolucionario como culminación de un proceso de identidad, es posible percibir el nacionalismo mexicano como prioritariamente revolucionario, ya que se caracteriza por poseer una ideología llena de contenidos liberales, de exaltación democrática y también socializantes. No obstante, a pesar que una tendencia conservadora se constituiría como oposición a la idea de revolucionario, el nacionalismo mexicano, sobre todo el actual, también se ha dotado de principios conservadores que, de alguna forma, han ido desplazando a los primigenios postulados liberales y de la revolución: ciertos postulados tradicionales han subvertido el pensamiento o ideología revolucionarios, o cuando menos han sido freno a la agudización de sus postulados.

 De manera similar a otras expresiones de la cultura (religión), el nacionalismo se posicionaría como una fuerza reactiva localizadora que busca equilibrar y contrarrestar el flujo deslocalizador global. Al volver al horizonte de la globalización, tenemos que preguntarnos una vez más qué significado tiene la tendencia nacionalista que caracteriza el panorama actual. No parece claro, de vista, cómo la disolución institucional y transfronteriza del Estado como entidad política pueda ser congruente con la aspiración de la comunidad nacional a constituirse a través de la misma. Sin embargo, existen razones culturales profundas que permiten comprender la creciente excitación identitaria-nacionalista que observamos hoy. La posmodernidad o “hipermodernidad”, en efecto, ha quebrado las barreras que marcaban los límites de contención de las crisis de sentido de la primera modernidad, marcando la transición a una fase ulterior de la modernidad misma.

 El ímpetu nacionalista, en definitiva, es una respuesta dinámica, no conservadora, hacia la pérdida de sentido y de identidad social, al recuperar, reconstruir o generar formas político-culturales comunitarias. La búsqueda de la utopía comunitaria es la que sustenta la lucha de individuos y grupos desarraigados o amenazados de serlo.

Algunos de estos grupos son arrastrados hacia una mayor actividad nacionalista que otros, pues la globalización impacta de manera diferencial entre ellos, dejando entrever la aterradora perspectiva de la disolución el mare magnum planetario. “El peligro de la inmersión”, señala Guibernau (1996:151-152):

…es evidente en los individuos que ven cómo algunas culturas se globalizan más que otras, al tiempo que advierten la amenaza de la homogeneización como su consecuencia. El aislamiento ya no es posible. Por lo tanto, las culturas particulares se enfrentan a la amenaza de una pérdida de su ser por la absorción en otras culturas que poseen mayores medios para reproducirse y expandirse.

De ahí se puede entender por qué el nacionalismo, tal como se manifiesta en la actualidad, pueda ser considerado mucho más que una simple alternativa o reacción a la globalización. Es más bien un elemento constitutivo, una faceta, una parte integrante y complementaria de la misma. No es una opción prescindible o sustituible, es una necesidad inherente del sistema global. A pesar de la aparente paradoja de que produce la crisis y la marginación del Estado nacional, la globalización es responsable, al mismo tiempo, del éxito creciente que tienen los impulsos nacionalistas que observamos ahora en todo el planeta. Éstos comienzan a cobrar fuerza desde fenómenos en pequeña escala (etnias periféricas, minorías, regiones, estados marginales), que son favorecidos por la extensión y densificación de las redes comunicativas; en una segunda etapa afectarán a grupos mayores y a Estados-naciones de gran tamaño (Guibernau, 1996:142).

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

Bartra, Roger. “Crónica de un nacionalismo inventado. La condición posmexicana”, en

Nueva revista de política, cultura y arte. Madrid.

Berberoglu, Berch (ed.), (1995), The National Question. Nationalism, Ethnic Conflict and Self-Determination in the 20th Century, Philadelphia, Temple UP. 

Caballero, Carlos, (1999). Tres ensayos contra la modernidad. Sobre nacionalismo, racismo y globalización.  Barcelona, Ed. Nueva República.

Guibernau, Montserrat (1996), Los nacionalismos, Barcelona, Ariel.

Hobsbawm, Eric (1992), Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica.

Hardt, M., Negri, T. (2000). Imperio. Cambridge, Harvard University Press.

Harvey, David, (2004), El Nuevo Imperialismo, Madrid, Akal.

http://www.nuevarevista.net

http://www.fractal.com.mx/F8bartra.html


[1]Otras clasificaciones serían:

Centrípetos y Centrífugos o centralistas y separatistas. Los centralistas tienden a convertir en Estado-nación a los Estados preexistentes. Eso supone eliminar las peculiaridades, las minorías nacionales que pudieran existir en ese Estado pre-nacional. Los centrífugos o separatistas son la respuesta lógica a los primeros: tratan de asegurar la pervivencia de una nacionalidad, segregándola del Estado al que pertenece.

Asimilacionistas y exclusivistas. Para los primeros, el hecho objetivo que define la nacionalidad de una persona es la voluntad expresa y manifiesta de ésta de pertenecer a esa nacionalidad.
El nacionalismo exclusivista concibe que pertenecemos a una Nación por herencia, genéticamente.
Estatistas y pan-nacionalismos. En muchos casos, los nacionalismos sólo se plantean la pervivencia de los Estados ya existentes. En otros, crear nuevos Estados de mayor entidad, a partir de distintos Estados o territorios unidos por determinada afinidad. Muchas veces estos pan-nacionalismos aspiran a unir en torno a una gran nación a otros pueblos afines por raza, religión o cultura, aún cuando éstos ya tengan sus propios Estados. En otros casos, sirve para que un determinado Estado-Nación reivindique el derecho a unificar en su seno a distintas minorías nacionales de su pueblo que los azares de la historia han puesto fuera de sus fronteras. (Caballero. 1999: 55-56).

[2] Opina el historiador Roger Bartra que esta conformación del ser nacional, que no es más que una forma de invención de la identidad nacional mexicana, tiene la característica de la diversidad, heterogeneidad, que confluye en una “misteriosa afinidad”. El conjunto de afinidades electivas, que une los fragmentos de esta idiosincrasia nacionalista, refleja el misterio del sistema político mexicano que creció a la sombra de la Revolución de 1910 y que dominó el país hasta el año 2000; es decir, existe una forma de “misterio político” que se impregna en los ámbitos de la cultura, en una compleja trama de fenómenos simbólicos que permitieron la impresionante legitimidad y amplia estabilidad del sistema autoritario a lo largo de siete décadas. Bartra define esta trama como una estructura de mediación o un tejido de redes imaginarias, cuyas huellas más antiguas se encuentran en el mundo agrario y campesino. http://www.nuevarevista.net/2002/mayo/nr_articulo81_2.html  

[3] Como toda ideología, ésta puede estructurarse de un discurso y puede llegar a determinada praxis, los que, evidentemente, no necesariamente pueden corresponder a una misma realidad.

Nacionalismo y Modernización Reflexiva

9 agosto, 2009

EL NACIONALISMO BAJO LA ÓPTICA DE LA MODERNIZACIÓN REFLEXIVA

“Congelar en el tiempo el fervor nacionalista es una tarea tan inútil como la de defender las lenguas contra la contaminación extranjerizante.”

José Antonio Aguilar Rivera

Antecedentes

 En la pasada etapa de nuestro trabajo, el autor  hace una referencia de la modernidad a partir de la obra de Marx. El Manifiesto es visto en esta perspectiva como una obra que habla sobre la cultura modernista y sus profundas contradicciones internas. Por ello, en un nivel de análisis casi desconocido, Marx puede aportar nuevas perspectivas, ya que, según Berman, marxismo, modernidad y burguesía se encuentran en una interrelación dialéctica profunda que no ha sido conocida por quienes han abordado el fenómeno en cuestión.

Para el análisis de Berman, la interpretación que Karl Marx hace del trabajo burgués es de una clara tendencia global, a partir de la búsqueda de mercados y la expansión de éstos. Por ello, nos encontramos ante una situación de internacionalización que se ha ido conformando de manera paulatina, aunque en el contexto de Marx el término globalización no connota todos los significados que en la actualidad posee, sino, sobre todo, el de apertura, búsqueda de trascendencia económica más que social, política y cultural, que serían los conceptos que la mundialización también implica.

 A partir de esto, es posible pensar que en un mundo que tiende a una forma de mundialización que experimentamos día a día, la opinión de Marx y en la perspectiva de Berman, cobra cierta coherencia por el peso de sus fundamentaciones, ya que un internacionalismo proletario o un desarrollo ulterior de la misma economía de mercado posibilitan esta interrelación a nivel mundial, aunque, obviamente, en direcciones sociales, económicas, políticas y culturales distintas.

Sea en una perspectiva u otra, el problema de la mundialización hace aquí un contraste forzoso y evidente con el problema de los nacionalismos: ante un vertiginoso avance de globalización centralizada[1] que ordena patrones –a menos en Occidente- que aparentemente permiten conformar una humanidad interrelacionada y homogénea y que integran el mundo, nos encontramos con movimientos nacionalistas, étnicos, religiosos y culturales que tienden también a una forma de integración pero, evidentemente, de forma más selectiva y discriminante[2]; movimientos focalizados que siempre han tenido existencia pero que, al parecer, la misma globalización acelera para su reaparición en el escenario mundial.

Afirma John Gray (Letras libres: 14) que movimientos de esta índole han tenido lugar a partir de criterios comunes como el escatológico o, simplemente, de salvación. El nacionalismo,  de forma sutil  o de manera exacerbada, se convierte en una religión laica pues, al igual que las religiones de lo trascendente, tienden a la búsqueda de sentidos primigenios, de una vida más plena y de futuros completamente promisorios. Aunque en estas aspiraciones encontremos verdaderas aberraciones.

Parecería evidente que entre un anhelo como el progreso inserto en un destino común, mundializado, se encuentran estas formas de reivindicación de una identidad quizá considerada casi perdida pero que tiene derecho y la oportunidad de ser reanimada. Entonces, no obstante  la esperanza o los intentos de la civilización universal (proletario-marxista, escatológica-religiosa, globalizada, ilustrada, positivista, etc.), este concepto extensivo de la modernidad se ha visto debilitado por los criterios emanados de los diferentes nacionalismos  más radicales y de los fundamentalismos.

Quizá en esta perspectiva, también pueda tenerse en cuenta la afirmación de Berman de que el hombre de la modernidad es un hombre despojado de un milenario ropaje ilusorio que lo convierte en alguien íntegro. Esta metáfora es principio de conocimiento propio y de su consiguiente cambio en la actitud ante la realidad; el peligro estribaría, entonces, en que la desnudez de la modernidad fuera  tan inconsistente que no pudiera otorgar conocimiento pleno al ser humano para discernir lo que lo hace crecer de aquello que lo aniquila, de la viabilidad de su destino de todo lo que ahoga esa posibilidad. 

El nacionalismo

 El nacionalismo es un concepto que surgió en el siglo XIX de la burguesía ilustrada  y el cual hasta la fecha es una ideología imperante. “El nacionalismo es una pasión tóxica. En dosis sanas es fuente de encuentro, pertenencia, identidad, sociabilidad. En dosis locas es garantía de bravata, exclusión, irracionalidad y violencia.” (González de Alba, Nexos: 35). Es la que la le da un sentido de pertenencia a los individuos por un lado y por otro es un medio de control e influencia de las masas por la clase ilustrada y la cual tiene acceso a los niveles de poder y economía más altos. 

La modernización reflexiva

 Ubicar dentro del marco teórico de la modernización reflexiva el problema del nacionalismo y, en particular, el mexicano implica una problemática con varias vertientes.  Es  difícil pensar en términos de modernidad reflexiva cuando hablamos sobre sociedades subdesarrolladas con altos índices de pobreza como las latinoamericanas y los países de tercer mundo. La modernización reflexiva no es totalmente aplicable a la realidad mexicana salvo en cuestiones muy específicas. Dentro de las excepciones se encuentra el nacionalismo. Según Beck, el nacionalismo es una de las posibilidades de la contramodernización y en el caso mexicano es fundamental.

Tomando en cuenta los aspectos del pasado y todo lo que pueda identificar al mexicano, sabemos que, por este pasado, la idiosincrasia mexicana ha abrevado tanto de la cultura europea como de la prehispánica.  Es por ello que en este país convergen y conviven a la par visiones diversas de nuestra realidad.  “El temprano nacionalismo mexicano heredó gran parte del vocabulario ideológico del patriotismo criollo. Los principales temas, la exaltación del pasado azteca, la denigración de la Conquista, el resentimiento xenofóbico en contra de los gachupines y la devoción por la guadalupana siguen vigentes” (Brading, 980: 15)

Por principio, hay que romper el mito de la homogeneidad de la sociedad mexicana: mestiza y católica por el hecho de que “el nacionalismo revolucionario fue una anteojera que nos impidió ver la heterogeneidad real de la sociedad mexicana.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 40). Las dos matrices culturales de México son la hispánica y la indígena. Todo lo demás es minoritario y sin gran presencia en el ámbito nacional: chinos, judíos, menonitas, italianos, franceses, etc., no tienen una gran existencia simbólica, pues no pueden ser explicados por la fusión originaria de indios y españoles. Es aquí donde los mexicanos debemos implementar el concepto de sociedad del riesgo en sus tres áreas de referencia. “En primer lugar tenemos la relación de la sociedad industrial moderna con los recursos de la naturaleza…en segundo lugar está la relación de la sociedad con las amenazas y problemas producidos por ella y en tercer lugar, las fuentes de significado colectivas y específicas de grupo.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 21) Es dentro de esta última referencia donde debemos reflexionar nuestra historia y, por ende, nuestro nacionalismo[3].

La modernización reflexiva se puede aplicar plenamente “en los estados industriales altamente desarrollados de Occidente, ya que esta etapa tiene lugar bajo las condiciones generales del estado de bienestar.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 28). En un país donde el sesenta por ciento de la población mantiene niveles de vida y desarrollo debajo de los estándares mundiales es materialmente imposible implementarla de forma integra. La modernización reflexiva requiere de un involucramiento de la sociedad en sus propios problemas, situación un tanto lejana a la  mayoría de los mexicanos. Quizá una poder que se ha ejercido de forma paternalista nunca ha creado verdaderos ciudadanos.

Otro gran problema que tenemos en México que nos impide realizar una crítica profunda a nuestra realidad es que la modernización reflexiva requiere que el individuo actúe por mutua convicción propia. En otras palabras “individualización” significa, en primer lugar, el proceso de desvinculación y, en segundo lugar, el proceso de revinculación a nuevas formas de vida de la sociedad industrial en sustitución de las antiguas, en las que los individuos deben producir, representar y combinar por sí mismos sus propias biografías.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 36). Una sociedad que no ha logrado madurar y continúa con lazos familiares tradicionales y considerando a la familiar nuclear, al igual que lo hace la Iglesia Católica, como base de la sociedad, sin considerar que hace ya tiempo que los núcleos familiares primarios han variado y tenemos familias uniparentales, parejas homosexuales y familias donde ambos progenitores laboran, no tiene los antecedentes culturales y sociales, y no se digan los económicos, necesarios para lograr una desvinculación de su presente para revincularse a un futuro diferente. De aquí también se desprende el rol que la sociedad mexicana ha asignado a los géneros y la división del trabajo entre hombres y mujeres. Nuestra sociedad, misógina y machista, impide a la mujer tener equidad con sus homólogos hombres. Pedirle a los mexicanos, que carecen de un estado de bienestar, inmiscuirse en la modernización reflexiva de manera plena, sería algo bastante complejo, ya que en nuestra cultura el individualismo es considerado negativo y sobre todo extranjerizante.

Englobar el nacionalismo dentro de la modernización reflexiva requiere necesariamente un replanteamiento de nuestra historia. Una “historia reflexiva” que erradique los mitos y dé nacimiento a los hechos. Descalificamos a muchas naciones extranjeras, sobre todo a los EE. UU., bajo el argumento de que no tienen historia y nosotros exaltamos nuestro pasado milenario[4].

Cambiar nuestra sociedad desde abajo, tal y como lo predispone la subpolítica, requiere que la sociedad mexicana se industrialice pues la modernidad solo se recrea en sociedades industriales avanzadas y con un nivel de bienestar muy superior al que actualmente rige la vida de los mexicanos.

Ulrich Beck nos presenta dos ejemplos: “la revolución feminista y la diferenciación sistémica de la naturaleza” (Beck, 2000, 14) que tiene que ver con nuestra realidad. En ambos casos esa realidad es bastante compleja. Las mujeres mexicanas en su gran mayoría siguen rigiendo sus vidas bajo la óptica y los valores masculinos. La ecología dista mucho de ser un problema para nosotros. Solamente hay que asomarse a nuestros mantos acuíferos, a nuestras costas y bosques para darnos cuenta que no estamos en comunión con la naturaleza sino todo lo contrario.

En la sociedad mexicana no se puede demandar formas y foros de cooperación productora de consenso entre la industria, la política, la ciencia y la población, tal y como lo propone Beck,  por la simple razón  de que no tenemos una tradición en ese sentido. Es incipiente la participación de la sociedad en los problemas que le atañen.; existe una desproporción de la participación de la vida sociopolítica y cultural del mexicano con otros ámbitos de su vida.

El nacionalismo mexicano ha sido tergiversado y en lugar de un enaltecimiento nacional a partir del actuar apegado a la legalidad y a la tolerancia de ideas y de formas de vida, respeto al  diferente, nos apegamos a valores vacuos que únicamente pueden manifestar la exaltación por lo infundadamente nacional[5].

No podemos negar que el nacionalismo actual ha sido la ideología de la Revolución Mexicana. Después de la derrota militar de la dictadura porfiriana, y del triunfo constitucionalista sobre los ejércitos campesinos, el nacionalismo se convirtió, a partir de 1917, en la ideología oficial del nuevo Estado. En cuanto tal, ha impregnado casi todas las manifestaciones de vida política y cultural en el país. Ideología en crisis desde hace algunos años, no ha dejado, sin embargo, de gravitar sobre la conciencia colectiva.

Desde el siglo XIX en México el nacionalismo se convirtió en el vehículo de un doble ataque contra los intelectuales positivistas encabezados por Gabino Barreda que denigraban la tradición nacional, y contra el dominio del capitalismo liberal de Estados Unidos. Este nacionalismo recurre a la tradición y a los mitos e ideas que fueron formulados durante las guerras de Independencia. Ejemplo de ello es el extendido indigenismo y la exaltación de los héroes de la Insurgencia.

Cuando se ha visto amenazada esa identidad nacionalista como lo fue en la década de los noventas, el poder ha actuado mandando colocar banderas monumentales en diferentes lugares del país como un intento a rescatar ese nacionalismo en peligro: “Algunos mexicanos reconocían que el tamaño de las banderas era inversamente proporcional a un nacionalismo que se encogía día a día.” (Aguilar Rivera, Nexos 2003: 36).

Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, con Ernesto Zedillo como Secretario de Educación Pública, se trató de rescribir la historia en los libros de texto gratuito de primaria bajo la dirección de Héctor Aguilar Camín y Enrique Florescano, pero el SNTE protestó duramente arguyendo que no se incluían a los Niños Héroes y al Pípila, más conocidos como leyendas que como personajes históricos. De haberse concluido este proyecto podríamos haber considerado esa fecha el inicio de la implementación de la modernización reflexiva, al menos aplicado a nuestra historia, pero seguimos sin ponernos al día. En estos días se argumenta acerca de la necesidad de incluir el 68, la guerra sucia y la victoria del PAN a la presidencia en los libros de marras, siendo incierta su inclusión.

Conclusión

 Tomando en cuenta las lecturas de la unidad 2 en nuestro proyecto de estudio, Ulrich Beck al igual que Berman nos habla de la cualidad de la burguesía, de no poder existir sin revolucionar los instrumentos de producción; de esta manera da lugar para el primero a una modernización reflexiva. La modernización reflexiva significa la desvinculación y la revinculación de las formas sociales industriales por otro tipo de modernidad. “Esta nueva etapa, en la que el progreso puede convertirse en autodestrucción, en la que un tipo de modernización socava y transforma otro, es lo que yo denomino fase de modernización reflexiva.”  (Beck, 2000: 15)

A pesar de que nuestro país dista mucho de ser considerado como un país desarrollado, en donde se puede hablar de una modernización reflexiva, no podemos dejar de lado el hecho de que sí ha existido un proceso evolutivo. Si bien no podríamos aplicar todo lo que implica una modernización reflexiva, si podemos identificar ciertas características.

Nuestro país ha ido evolucionando a través del tiempo y así como Marx en la lectura de Berman describe como la modernidad genera necesidades y una sociedad de consumo, nuestro país lo ha experimentado ocasionando su evolución.

Nuestros dirigentes a lo largo de la historia, de una manera o de otra, buscando sus intereses probablemente, han tratado de llevar al país hacia un camino de desarrollo, buscando su industrialización y tratando de modernizarse. Claro, muchos de los beneficios han quedado en pocas manos. “La producción se centraliza y racionaliza más y más en fábricas sumamente automatizadas” (Beck, 2000: 15). Sin embargo, este desarrollo y evolución no se puede aislar a un solo aspecto. La interacción e intercambio con otros países, la globalización, ha dado lugar a tener en cuenta otras perspectivas, sobre todo en lo que respecta a la población de mayor escolaridad, que se ha cuestionado en todos los ámbitos. Entre estos aspectos esta nuestra idea de historia, del Estado, de la soberanía, de nuestra identidad, de nuestra idiosincrasia, de lo que es “mexicano” y de nuestro mismo nacionalismo. El tener acceso a otro panorama, nos permite replantearnos y cuestionar lo que durante muchos años se nos ha inculcado como historia, lograr esto nos lleva a un mejor entendimiento de los procesos políticos y económicos del país.

Debido a que no sólo hemos sido parte del proceso de una modernidad reflexiva, “la desvinculación y luego la revinculación de las formas sociales industriales por otro tipo de modernidad” (Berman, 1990: 85), sino que podemos pensar en una “historia reflexiva” al desvincularnos de todo lo que en años pasados idolatramos y fueron base de nuestro sentir mexicano y revincularnos a nuevas perspectivas más objetivas, con un sentido crítico y un análisis de nuestra verdadera historia; una historia reflexiva que nos lleve a una autoconfrontación en todos los aspectos. Sin embargo el hecho de que el sesenta por ciento de la población tenga un nivel de vida inferior a los estándares mundiales, resulta un reto el lograr formar en general, y no sólo esta minoría educada, una sociedad autocrítica en donde la “historia oficial” quede atrás dando lugar a una crítica seria de los hechos del pasado.

Además de llegar a  formar parte de una sociedad autocrítica, el proceso de individualización que se obtiene de la modernización reflexiva, creará nuestras propias certezas, nuestra biografía que nos lleve a crear nuestra propia historia a través de nuestras reflexiones y análisis, ya no aceptando una historia producida y digerida por los que controlan el país.

Bibliografía:

 Aguilar Rivera, José Antonio, “Diatriba del mito nacionalista” en Nexos # 309 septiembre 2003.                       

Beck, U. Giddens, A. 2000. Modernización reflexiva, Madrid, Alianza Editorial.

Berman, M. 1990. Todo lo sólido se desvanece en el aire. México, Siglo XXI.

 Brading, D. 1980. Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era.

 “Diatribas contra la Patria” en Nexos #309 septiembre 2003, p. 35

 Gray, John. “Una ilusión con futuro”, en Letras Libres, noviembre 2004, pp. 12-17.  

 González de Alba, Luis, “Diatriba de la soberanía” en Nexos # 309 septiembre 2003, p. 46.

 Robles, F. Individualización e individuación, inclusión/exclusión y construcción de identidad en las sociedades periféricas de riesgo. Lineamientos preparatorios para una sociología de la exclusión. Departamento de Sociología, Universidad de Concepción. 


[1] La aparente contradicción de los términos surge por el hecho de que, aunque la mundialización es obvia expansión, los centros de poder que ordenan ese movimiento se ubican en una geopolítica bien determinada.

[2] Esta selección y discriminación pueden oscilar entre parámetros que van desde lo legítimo y coherente hasta lo recalcitrante e irracional.

[3]  El estado revolucionario ha sustentado el nacionalismo en el rechazo e inviabilidad de otros nacionalismos. Con frases “Como México no hay dos”,  “Viva México”, se implica la muerte del otro, ya sea éste argentino, nigeriano o tibetano;  “respeto a la soberanía” y “alto a las actitudes injerencistas” escuchamos decir, envuelto en la bandera nacional cual niño héroe, a nuestro secretario de gobernación al rechazar unas observaciones que la CIA hizo sobre la situación actual de México. Situación que todos los periódicos nacionales reportan y que es por todos conocida, pero, como fue expresada por un “extranjero” es inadmisible.

[4] Sin embargo en una encuesta telefónica realizada en enero de 2003 en 400 hogares menos de la mitad de los entrevistados pudo identificar  correctamente el año de inicio de la Independencia. Apenas el 10% supo cuándo se consumó. Sólo el 31% sabía la fecha de inició de la Revolución mexicana, El 92% de los entrevistados dijo no conocer o conocer poco la Constitución. Sólo el 24% pudo identificar al primer presidente del país.” (González de Alba,  Nexos, 2003: 46). Por otro lado, según una encuesta del diario Reforma, a pesar de las banderas monumentales, una quinta parte de los encuestados creía que el rojo era el primer color del emblema nacional por lo que, como afirma Beck “el intento de conservar la pureza y la esencia patrióticas es una muestra de que poco a poco esos símbolos se han vaciado de contenido”.

[5] Exaltamos los colores patrios durante los juegos de la selección de fútbol, por ejemplo.

Nacionalismo y Teoría Crítica

8 agosto, 2009

Nacionalismo y Teoría Crítica

“El nacionalismo, mezcla de odios y vanaglorias, es el morbo máximo de los Estados-nación del último par de siglos, y esa enfermedad ataca preferentemente a los historiadores.”

Luis González y González

De la misma forma en que Luis González en Pueblo en vilo recrea la micro historia regional de San José de Gracia, Michoacán, Martin Jay nos presenta una micro historia filosófica de los inicios de la Escuela de Frankfurt. La lectura es un magnífico ejemplo de historiografía donde el autor nos delimita el espacio temporal a estudiar: las postrimerías de los años 20 y la década de los 30 del siglo pasado. El ensayo nos presenta una genealogía intelectual de la escuela que Max Horkheimer iniciara. 

Se ha mencionado que la Escuela de Frankfurt, agrupación ligada a la teoría crítica, es una asociación caracterizada por el conocimiento de la teoría marxista, pero con el objetivo de superar la misma teoría, a partir de la reflexión sobre sí misma, primero, y, posteriormente, a través de la relación de postulados filosóficos y sociales emanados de esta reflexión a las situaciones mundiales imperantes, sobre todo, las culturales; es decir, la idea del Instituto para la Investigación Social era desarrollar un pensamiento crítico y reflexivo, a partir de los postulados mencionados.

La década de 1930, quizá la más fructífera en la historia del Institut, vio la yuxtaposición de la integración de la teoría racional, la imaginación estética y  la acción humana. A la larga la Escuela de Frankfurt centró sus estudios en la “superestructura cultural de la sociedad moderna” (Jay, 1974: 148)

En relación con el tema del nacionalismo, específicamente del nacionalismo mexicano, y de las perspectivas críticas del Institut, resultan interesantes los enfoques de la crítica de la sociedad capitalista occidental contemporánea y la crítica de la sociedad moderna y de la cultura. Es evidente que conceptos como nacionalismo se encuentran en una relación estrecha con estos enfoques; además, resalta en este aspecto el concepto de la “cultura de masas” definida por la teoría crítica como el ámbito donde el individuo se adhiere acríticamente a los valores impuestos, a partir del conflicto entre impulsos y conciencia. A partir de lo anterior, parece obvio que la idea de nacionalismo tiene una indudable conexión con el concepto de masificación, y, por lo mismo, apunta o incluye una problemática de tipo social, política, étnica y cultural.  

Pese a que, como también se ha mencionado, no ha existido una homogeneidad en  los integrantes de la Escuela de Frankfurt y que a partir de esto las críticas a su pensamiento han sido diversas, la teoría crítica puede ofrecer ciertas perspectivas de interés de un fenómeno como el del nacionalismo. Resulta interesante poder hacer confluir, con todas sus limitaciones, el concepto en cuestión con dos postulados básicos de Horkheimer: primero, la investigación psico-sociológica de la integración social de los individuos y, segundo, el análisis teórico-cultural del funcionamiento de la cultura de masas. No obstante que estas perspectivas se determinan para el pensador alemán a través de un funcionalismo marxista[1] (Honneth, 1990: 452).  

Se mencionó que se considera la teoría crítica como una forma de apertura filosófica, como pensamiento que rechazaba “los sistemas filosóficos cerrados”.  Entonces, de alguna forma, la Escuela de Frankfurt es una respuesta natural a un momento del pensamiento occidental y a una situación ideológica identificada como absoluta: la modernidad. Así, la teoría crítica representa una de los modos de reflexión que intentan llevar a cabo una ruptura con ese momento absolutizador, de dominación e imperativo; y , también por ello, la teoría crítica es, quizá, la corriente de pensamiento más importante de los umbrales de la posmodernidad.

Es aceptado que en la historia de Occidente como civilización, se ha dado preeminencia a la racionalidad sobre cualquier forma de pensamiento. Pero, esta forma de pensamiento lleva en su mismo seno la semilla de la distorsión de la racionalidad justamente construida; es decir, la modernidad como racionalista es el producto del exacerbamiento del concepto de lo racional en el transcurrir del tiempo. Si el ser humano de la modernidad se convence de la primacía de lo racional (o de lo racionalista), ello implica una manera de pensar que en el paso de los siglos se ha ido radicalizando para conformar una ideología, más que una filosofía, que justifica diferentes aspectos integradores de la vida. Y, sobre todo, esta forma de pensamiento ha establecido una forma específica de concebir la realidad, a través de la concepción del yo y del otro; por ello, la mentalidad de la modernidad es solipsista en cuanto individuos y en cuanto culturas; es decir, existe únicamente una conciencia del yo personalizado y una conciencia de cultura única –o, si no, de cultura imperante- que no toma en cuenta, en el primer caso, al otro, al otro hombre; y en el segundo, a las culturas como reales o como producto de otros seres humanos.

 Derivado de lo anterior, cabe preguntarse cuál es la posición de un concepto como el de nacionalismo en un contexto de la modernidad-posmodernidad y de la teoría crítica, a partir de que, precisamente, esta ideología se muestra, en cierta perspectiva,  como una de las formas más recalcitrantes de solipsismo en cuanto colectividad casi única, a partir de que ese tipo de pensamiento se convierte, de algún modo y en su forma extrema, en pensamiento hegemónico al no otorgar plenamente al otro y a los otros (como cultura, como nación) el derecho a su realización y a la propia interpretación de su mundo. Y de esto, obviamente, el desencanto del otro y la necesidad de reivindicar su derecho a pensar las cosas desde su perspectiva.

  En el contexto del nacionalismo mexicano, el estudio de nuestra historia en el contexto oficial ha sido más una justificación para el status existente que un verdadero análisis historiográfico. Es posible afirmar que la historia oficial de México ha sido emanación del poder, producto de quien ha tenido en sus manos la rectoría del país; por decirlo así, la versión de nuestra historia ha sido la “versión oficial”. 

 No sólo la historia oficial, sino la educación, los mass media, la misma información familiar han creado una manera de ver la conformación de lo nacional de una manera peculiar. Esta peculiaridad ha sido abordada de modo notable en las obras de de intelectuales de diferentes campos, a lo largo de los años, como Octavio Paz, Samuel Ramos, Rodolfo Usigli, Carlos Monsivais, Elena Poniatowska, Luis González y González, Lorenzo y Jean Meyer, Luis González de Alba, entre otros, quienes han realizado un análisis profundo y una fuerte crítica de lo que ha representado la visión de México a través de la  historia y de nuestro nacionalismo.

Interesantes son las interrogantes como ¿qué es ser nacionalista? ¿Por qué ser mexicano es más que la imagen que proyectamos al exterior? Y en la respuesta habrá diferentes tipos de expresiones, pero, siempre a través de ciertas analogías que, conjuntadas, nos dan una aproximación de lo que el ser nacional representa.

El concepto de nacionalismo en México, el Padre Tomás de Híjar Ornelas, Cronista de la Arquidiócesis y Maestro de Historia en el Seminario de Guadalajara, «El nacionalismo mexicano es el apego a la propia nación, a su independencia, territorio y costumbres, especialmente desarrollado durante el siglo XIX, pero que hunde sus raíces desde el siglo XVII, cuando se alcanzó la consolidación del mestizaje y se produjeron sus dos expresiones culturales más importantes: el barroco hispanoamericano (Expresión cultural: ‘Barroco’ europeo con elementos indígenas) y el culto Guadalupano. 

 De esta manera, para analizar la historia no contada en libros de texto gratuito y entender el nacionalismo mexicano es necesario ser objetivos y hacer una reflexión sobre la verdadera naturaleza de este concepto. Para ello, trataremos de replantear los momentos paradigmáticos de la historia nacional y las situaciones socio-culturales actuales.

 Para llevar a cabo lo anterior, debemos sustentar nuestra investigación en el marco teórico de algunas propuestas que realiza la teoría crítica, sobre todo aquellas que están relacionadas con la investigación psico-sociológica de la integración social de los individuos y el análisis teórico-cultural del funcionamiento de la cultura de masas[3], así como las reflexiones de los autores mencionados y que nos aportan un referente teórico directo de lo que el nacionalismo mexicano es y todo lo que comporta. Para ello es menester asumir muchos roles, el de historiador, el del sociólogo, el del filósofo, el de todo aquel que se acerca a los fenómenos culturales[4]. Siempre en una perspectiva crítica que impida llegar a un absoluto teórico, aproximado a la propuesta de la negación de la identidad plena entre objeto y sujeto que la teoría crítica propone.

 Asimismo, existe un enfoque de la teoría crítica que es posible aplicar al análisis del concepto de nacionalismo. 

 Habermas nos hace llegar una extraordinaria crítica filosófico-literaria del libro Dialéctica de la Ilustración debido al intercambio de ideas entre Adorno y Horkheimer. El punto central de la discusión es la relación entre mito e ilustración. La tesis que Adorno y Horkheimer esgrimen cuestiona si la Ilustración tiende a negar el mito o lo reafirma[5]. Habermas parte de la oposición permanente en la que se enfrentan el mito y la ilustración, o el pensamiento mítico y el pensamiento ilustrado, concluyendo que éste es una fuerza completamente contrastante al pensamiento mítico que, de alguna manera, había permeado la comprensión y visión del ser humano: es su antítesis. Sin embargo, argumenta Habermas que tanto Horkheimer como Adorno vislumbran un forma de complicidad entre las dos formas de pensamiento, pues, en algún momento, el pensamiento mítico representa una forma de ilustración y la ilustración comporta elementos míticos.  A través del tiempo, según esta apreciación, ha existido una oscilación o una alternancia entre el concepto de lo mítico y el concepto de lo ilustrado.

 Por lo mismo, señala Habermas, todo el aparente movimiento evolutivo que registra el pensamiento ilustrado, se conforma en una racionalidad determinada, la de la modernidad, que toma a la razón como razón práctica, utilitaria. Es claro que en esta perspectiva, la ilustración es una forma de pensamiento altamente ideologizado al servicio de intereses determinados. En esta percepción la teoría crítica es crítica a la ideología imperante (capitalista), debido a que tal teoría no se ha desligado de una serie de intereses de poder y validez (Habermas, 1985: 146).

 No obstante que Habermas rechazará en cierta forma estos postulados al considerar que la teoría crítica se encerró en sí misma al ser completamente escéptica en el concepto de razón y su relación con el poder, y que, en el aspecto de crítica ideológica, Horkheimer y Adorno permanecieron en una idea purista que contradice esa dialéctica de la ilustración  (Habermas, 1985: 162), se hace necesario hacer confluir lo dicho por los miembros de la Escuela de Frankfurt con el tema base de la investigación, ya que el nacionalismo es un resultado del pensamiento ilustrado, burgués y de la revolución burguesa realizada en Francia. Y por poseer esa naturaleza se constituye en una de las ideologías más importantes  desde el siglo XIX hasta nuestros días, por lo que pocos hechos históricos modernos pueden ser comprendidos si se les depura de este concepto.

 En la perspectiva del pensamiento ilustrado y a partir de la crítica ideológica de la teoría crítica, el concepto de nacionalismo puede ser abordado para analizar los presupuestos que rodean o fundamentan esta ideología, sobre todo en lo referente al papel que la élite intelectual, la ilustrada, desarrolla en la defensa y difusión del nacionalismo; al quehacer que la burguesía, como grupo emergente y hegemónico, tiene en la conformación del mercado nacional; y al rol de las masas que en el concepto de la modernidad se constituyen como parte activa de la historia, y que deben ser dirigidos a través de propaganda nacionalista. De igual modo, puede abordarse el nacionalismo como forma de movimiento sociopolítico cuya matriz es la desintegración de las estructuras de la sociedad tradicional. Pero, también, ya en un plano que forzosamente nos lleva al concepto de lo mítico, el nacionalismo deberá ser abordado con base en la idea  de que cada nación tiene un alma propia (“Volkgeist”, alma de la nación), que le da su propia personalidad y que permanecerá inalterable en el curso de la historia (Herder); a partir de la fuerza o el prestigio nacionales que se convierten en el fin supremo; como un conjunto de valores que identifican la ideología basándose en las afinidades étnicas, religiosas, espirituales, ideológicas, familiares, etc., y que en una perspectiva extrema, tienen como idea culmen el destino colectivo y trascendente, muchas veces casi mesiánico de un pueblo.

 En el caso específico del nacionalismo mexicano, es posible percibir que la aplicación de la oposición mito-pensamiento ilustrado de la teoría crítica, puede enmarcarse en los parámetros críticos ya señalados, ya que el fenómeno social mexicano no escapa a algunas características comunes de todo nacionalismo[6].

 De aplicarse la teoría crítica a la historiografía mexicana, sobre todo a los libros de texto, es posible que arribáramos a la conformación de una población mucho más consciente de su pasado y por lo tanto mucho más críticos de ella. De ser cierto que tenemos una historia verídica, objetiva, apartidista, y nada patriótica, ello nos permitiría dar el primer paso para no caer ese nacionalismo peculiar[7] y, muchas veces exacerbado, en el que hemos vivido.  Pero como toda utopía, la reescritura de nuestra Historia, bajo los dogmas que todo historiador debe tener, espera mejores derroteros.

 Por otro lado, la aplicación de los conceptos que desarrolló el Instituto de Investigación Social (Institut für Sozialforschung) mejor conocido como la Escuela de Frankfurt convertiría a nuestra “historia nacional” (con minúsculas) en Historia Nacional (con mayúsculas). Debe existir cierta exigencia y combinar los conceptos filosóficos con los sociales bajo una perspectiva abierta y dialéctica como, de alguna forma, propone la teoría crítica.

 

 

 BIBLIOGRAFÍA Y HEMEROGRAFÍA

-Argüelles, Juan Domingo. 1990. Lo que leen los que no leen. México. UNAM

-Dussel, Enrique. 1982. Filosofía de la liberación. México, Edicol.

-Eliade, Mircea.  1998. El mito del eterno retorno. Madrid, Alianza,

–  1999. Historia de las creencias y las ideas  religiosas Vol I. De la edad de piedra a los misterios de Eleusis, Madrid. Paidós.

-Gilly, Adolfo, 1971. La revolución interrumpida. México, Era.

-González de Alba, Luis. 2002. Las mentiras de mis maestros. México, Ediciones Cal y  Arena.

-González y González, Luis. 1995. Obras Completas, Vol. 1 El oficio de historiar. México,  El Colegio Nacional y Editorial Clío.

-Habermas,  J. 1985. El discurso filosófico de la modernidad. Madrid, Taurus.

-Honneth, Axel. “Teoría crítica”. 1990, en La teoría social, hoy (comp. A. Giddens). México, CONACULTA, Grijalbo.

-Jay, M. 1974. La imaginación dialéctica. Madrid, Taurus

-Marx, C; Engels, F. 1968. La ideología alemana. Montevideo. Ed. Pueblos Unidos.

-Vattimo, G. (1991). Ética de la interpretación. Madrid., Paidós.

-Wolf, M. 1987. La investigación de la comunicación de masas. Barcelona, Paidós.


[1] Conviene aclarar que un proyecto de investigación como el presente no puede basarse en un método a partir de criterios únicos y, sobre todo, en muchos aspectos rebasados. Sin embargo, una crítica de la cultura y de la ideología, a partir de algunas perspectivas de la Escuela de Frankfurt, parecería no estar imposibilitada del todo, sobre todo si se realiza una discriminación de lo que realmente puedan ser postulados vigentes.  

[2]  El economista Luis Pazos comenta que las palabras «soberanía» y «nacionalismo» han sido manipuladas y prostituidas por ideólogos que buscan disfrazar sus teorías. También el Dr. Ricardo Pérez Montfort, expone en la «Red de Investigadores Latinoamericanos por la Democracia y la Autonomía de los Pueblos» que hace algunas décadas referirse al «gusto y sentir del pueblo mexicano» era más un pretexto para incrementar poderes económicos, que una preocupación por la cultura nacional. Ejemplo del falso nacionalismo, manipulado para fines ideológicos, podría ser el nazismo. Donde se eliminaban sujetos ajenos al ideal nacionalista. El nacionalismo extremo y mal encauzado es un peligro.

[3] Es en este contexto donde la Teoría Crítica debe ser aplicada. La llamada cultura de masas o “industria cultural”, que en México ha creado individuos sin conciencia crítica que confunden los valores impuestos por la sociedad con la verdad absoluta, es la responsable de fomentar el analfabetismo funcional. Para este aspecto de la cultura nacional hay que referirse al estudio Lo que leen los que no leen.

[4]  Luis González y González describe en su obra El oficio de historiar que un verdadero profesional de la Historia debe de poseer ciertas características, entre las cuales se encuentran la objetividad y la veracidad. Así mismo deben los historiadores mantenerse a distancia de los nacionalismos radicales.

[5] En ésta cuestión los estudios de Mircea Eliade nos dan una rica veta a donde acercarnos.

[6]  González de Alba enuncia una serie de mitos históricos que, según el autor,  nos encanta repetir y memorizar sin el más mínimo análisis intelectual, a la par que no tienen el mínimo sustento histórico:                             

  • Mito 1: Que las culturas americanas fueron tan grandes como las de Asia, Noráfrica y Europa del Sur.
  • Mito 2: Que los españoles destruyeron al imperio maya.
  • Mito 3: Que los españoles conquistaron a los aztecas.
  • Mito 4: Que durante 300 años de gobierno español el pueblo mexicano estuvo oprimido por un poder extranjero.
  • Mito 5: Que la independencia fue la recuperación, por parte de los mexicanos, de su nación, perdida 300 años atrás con la conquista española.
  • Mito 6: Que la independencia la debemos al cura Hidalgo.
  • Mito 7: Que el presidente Antonio López de Santa Anna vendió Texas, California,  Arizona, Nuevo México, etcétera.
  • Mito 8: Que la revolución de 1910 fue para derrocar a Porfirio Díaz.
  • Mito 9: Que Zapata se levantó en armas por “Tierra y Libertad”.
  • Mito 10: Que somos un país pobre porque Estados Unidos nos tiene las venas abiertas.

[7]  Identificado muchas veces como decimonónico, ultramontano, anacrónico, etc.

¿Cuál bandera hay que respetar?

12 agosto, 2007

¿Cuál bandera hay que respetar?

Luis Recillas Enecoiz

El nacionalismo es una enfermedad (mental y moral).

Como otras enfermedades, puede ser grave o leve.

Incluso puede curarse, en algunos casos…

Fernando Savater.

 

Paulina Rubio con la bandera de México

Paulina Rubio con la bandera de México

A raíz del incidente en la versión australiana de Big Brother, en el cual los habitantes de la casa concursaron para ver quién tenía más conocimientos sobre México y terminaron tirando pintura a la enseña nacional y casi causan un incidente diplomático, seguimos envueltos en la bandera nacional y lo peor del caso es que exigimos a todo país del planeta que reviva la gesta heroica de Juan Escutia y se tire al vacío envuelto en ella cual niño héroe mexicano. A la par de mostrar una ignorancia supina acerca de nuestro país pues aseguran que México se independizó de Estados Unidos, los “oceánicos” no profesan la misma veneración a los símbolos patrios que nosotros. ¿Y si hacemos lo propio con la historia y tradiciones australianas? Garantizo que los mexicanos inscritos en un certamen similar al del programa de marras al ser cuestionados sobre sus conocimientos sobre la cultura e historia de Australia saldrían reprobados. Es grande la ignorancia mostrada por los habitantes de la ex colonia inglesa respecto a México, pero  la de los mexicanos respecto a la tierra descubierta por el Capitán James Cook en 1770 sería igual o mayor. La inmensa mayoría de los mexicanos somos ignorantes sobre nuestra propia historia y cultura. Razón tiene Fidel Castro al decir que los niños mexicanos conocen mejor los personajes de Walt Disney que a los próceres que nos dieron patria.

Propongo un ejercicio que nos permitiría medir la ignorancia de nuestros compatriotas respecto a nuestro propio país: Preguntémosle a algunos compatriotas los nombres de los futbolistas de la selección mexicana que participarán en la Copa América. Estoy seguro que habrá un mínimo de ocho a diez nombres en la lista. Ahora hagamos lo mismo, pero pidiendo nombres y obras de escritores mexicanos del siglo XX. Probablemente la lista no pase de tres o cuatro nombres y alguien mencione a José Luis Borgues o a la Gran Rabina Tagora. Ese es nuestro nivel: no lo podemos negar.

La falta de valores nacionales o hechos históricos o culturales que nos haga verdaderamente orgullosos de nuestro país ha propiciado que recurramos a limitar el derecho de expresión y así evitar, mediante decretos o leyes que nuestros símbolos patrios sean cuestionados o mancillados  por algún mortal, sea este oriundo o extranjero. Al igual que durante el santo oficio que no permitía otra religión que la católica, apostólica y romana nuestra constitución obliga a todo ser humano a rendir la misma pleitesía a los símbolos patrios sin considerar que no todo mexicano o extranjero los siente igual y por ende los valora igual.

Exigimos lo que no otorgamos. ¿Cuántas banderas “gringas” hemos quemado los mexicanos? No hay marcha que no haga un alto en la embajada americana en Paseo de la Reforma de la ciudad de México que no queme una bandera de las barras y las estrellas. ¿Y que hacen nuestras autoridades en esos casos? Nunca he visto que arresten o amonesten a los pirómanos patrioteros.

Más que honrar a la bandera y escudo nacionales mediante ritos cívicos cuasi religiosos deberíamos inculcar a nuestros conciudadanos, pero sobre todo a nuestra niñez y juventud el respeto por la legalidad, la imperativa necesidad de pagar impuestos, erradicar la tranza de nuestra cultura, iniciar una verdadera revolución educativa que fortalezca el conocimiento y deje una simiente para que de allí podamos crear una verdadera ciudadanía y no el remedo de sociedad que tenemos donde requerimos la supervisión constante ya sea del policía, el profesor, el jefe, o algún otro individuo para cumplir con nuestras obligaciones y respetar la ley.

derchak54@yahoo.com.mx


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