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Infaustas coincidencias (mini-cuento) Punto # 128 de junio 10, 2010

9 junio, 2010

Para María Medina

Son las 19:35 de ese infausto día. Los médicos que lo atienden en la sección de urgencias le dan una noticia desoladora. Desesperada, con sus facciones desencajadas, sus ojos inundados de lágrimas, con un caminar incierto, se acerca a la verja. Casi no puede emitir palabras. La flaquita, como es conocida por sus amigos, entre sollozos y frases entrecortadas comunica que su íntimo amigo, compañero, cómplice de innumerables aventuras, colega en su deambular artístico, en fin su otro yo, acaba de ser diagnosticado con un mal que deja secuelas difíciles de erradicar. A una semana de cumplir 24 años, este joven, promesa del mundo de las artes, puede ver trucada su carrera como pintor. Ella, siempre activa, llena de vida, que constantemente pinta o dibuja, que cotidianamente se pasea ufana y segura por la Escuela de Bellas Artes; esa mujer se ha esfumado para dar paso a un ser sin brújula y cabizbajo. Su actitud de constante movilidad física y mental se ha diluido para dar paso a un ser devastado e inseguro. Lleva cerca de siete horas en el hospital. Lo que en un inicio se consideró, a raíz de una auscultación médica bastante somera hecha al vapor por un galeno de un pequeño centro de salud, como un cuadro de hipertensión, para esa hora había devenido en un infarto cerebral.

Son las 19:15 de ese infausto día. El teléfono celular de la flaquita suena, es su papá quien le comunica, “tu mamá ha sido ingresada en terapia intensiva debido a un paro respiratorio.” La relación con su madre, por ser la única hija – tiene dos hermanos – es, por usar un término más ad hoc, casi simbiótica. La admiración y amor que durante toda su vida ha tenido por ella es imposible de plasmar y aún menos, poder describir con vocablos, pues esos sentimientos son inefables. Para ella, su madre es un ser humano gigantesco en su humanismo, una mujer que aún niña tuvo que jugar el rol de madre, una feminista que nunca asumió ese rol o etiqueta, pero la ha vivido, ya sea superándose con estudios y constantes promociones en su trabajo, sin descuidar nunca a su familia. Una mujer que cumplirá 46 años en una semana. La madre, diagnosticada con un cáncer cervicouterino, recién ha sido intervenida para extraer la matriz y su futuro pende de un hilo. Las quimioterapias son inminentes, pero primero hay que saltar esta dura prueba física.

Durante un lapso de veinte minutos la flaquita recibe un par de obuses mortales para su existencia. Dos dagas que se incrustan en su corazón con una sincronía cruel e innoble. La madre, origen de su ser; el amigo, futuro de su vida. Dos seres humanos vitales durante la mayor parte de su vida. La primera, desde su venida al mundo, el segundo, entidad vital de su presente e innegable soporte de su futuro.

La madre y el amigo, mismo día y casi a la misma hora. Uno en el hospital López Mateos; otra en el de especialidades gineco obstetricias. Ambos celebran su onomástico el mismo día, pero nadie sabe, y la flaquita aún menos, si lograrán cumplir sus 24 y 46 años respectivamente.

La devastación moral y física para la hija y amiga es casi total. Queda un resquicio de fortaleza, pero es suficiente para despertarla del letargo y permitele retomar esa energía que la situación requiere. A la postre su estamina y fuerza espiritual son un soporte para retomar el difícil camino que todavía requiere para salir del atolladero emocional y físico en el que la vida la ha metido.

¡Extra! ¡Extra! En mi colaboración del Semanario Punto # 124 de mayo 13 escribí: “Sin despreciar los puntos deportivos de la competición, la presencia de Calderón trasciende y pone en boca de todo el mundo la importancia de México a nivel mundial. Sería muestra de provincianismo y franca mentalidad pueblerina si Felipe Calderón no honra al país, por la investidura que conlleva su puesto, con su presencia en Johannesburgo el próximo 11 de junio.” Mañana, el jefe del ejecutivo mexicano rectificó su postura y estará presente en Sudáfrica para presenciar el partido inaugural del mundial de fútbol.

La manivela (mini-cuento)

9 febrero, 2010

La película va muy rápido. El camarógrafo que da vuelta a la manivela del aparato óptico queda atrapado por las imágenes que salen del cinematógrafo. En la pantalla aparecen en una jocosa persecución los Keystone cops de Mack Sennet. El pianista quien debe ejecutar melodías que acompañen la acción proyectada en la pantalla deleita al respetable con una sonata. La música debe ser referente auditivo de lo que ve nuestra retina. Para que ella vaya acorde con lo que sucede en la pantalla, debe ser ejecutada por un individuo que logre coordinar la vista con la destreza digital. El proyeccionista no requiere más que mantener la misma velocidad en la manivela, no importa la escena. El primero debe sentir la película para crear entre el  público, mediante la música, la atmósfera necesaria para hacer sentir y vibrar a los asistentes a las tandas de cine mudo. El segundo, requiere medir la película, mantenerse frío para cambiar los rollos y sobretodo tener un muñequeo, que le permita accionar la manivela a la velocidad idónea para que la recreación proyectada sea real y verídica.

Cámara de cinematógrafo con manivela

Pero en esta ocasión el pianista y el proyeccionista intercambiaron, no su función dentro del cine; intercambiaron actitud y aptitudes. El proyeccionista daba vuelta a la manivela al ritmo de la película y el pianista no cambió ritmo ni cadencia en su interpretación: La misma sonata repetida infinidad de veces.

Para el momento en que los Keystone cops atrapan al ladrón el proyeccionista yace desfallecido e inerte al pie del templete donde colocó el aparato. El pianista, quien no dejó de llorar durante toda la función, ejecuta por enésima vez la triste sonata hasta volverse casi inaudible y entonces expira.

Las tres teclas (mini-cuento) Punto # 111 de enero 28, 2010

29 enero, 2010

El olor nauseabundo y fétido, cual cloaca. De una a dos semanas lleva el cadáver pudriéndose, observa con burocrático acento, el médico forense después de verificar el rigor mortis y constatar ciertos aspectos del inerte cuerpo. Inusual escena para la nota roja. Fuera de lo común la posición que mantiene el cuerpo, pero más extraña la de la manos: sentado y ellas sobre el teclado, tres dedos cubren la d, la i y la o; los restantes al aire. Una irónica y cruel sonrisa bajo unos fríos ojos azules que miran, sin ver realmente, la negra pantalla de la computadora. Tres o cuatro peritos pululan por el departamento. Uno toma muestras del churro que descansa sobre un cenicero de barro negro; otro toma fotografías del hábitat, así como del cadáver; y un tercero analiza la planta de marihuana junto al ventanal. Los agentes policíacos, tras breves deliberaciones con el médico forense, concluyen que el escritor, pues así había sido bautizado por los presentes, sufrió un fulminante ataque cardíaco; descartan la sobredosis de droga como causa del deceso. Tras envolver el cadáver con una raída sábana, los peritos de la procuraduría local trasladan los 30 o 35 kilos de despojos humanos al anfiteatro para la autopsia de ley. Los judiciales salen tras ellos, no sin antes robarse varios cedes. Los libros, fotografías, litografías, grabados, óleos, esculturas y plantas – salvo la de mota, que terminó en casa del perito – fueron respetados, no por decoro, sino por ignorancia. 

Al más bisoño agente, sin las limitaciones que impone la monotonía laboral,  le ordenan quedar a la retaguardia y terminar el trabajo burocrático sobre el pútrido hallazgo. Ya sólo, camina por el departamento bastante polvoroso, sin embargo muy ordenado. Las paredes cubiertas de todo tipo de arte visual. Una de los cuartos es una pequeña, pero selecta biblioteca sobre historia mexicana. Varias revistas culturales encuadernadas por año adornan los libreros. Pero lo que más llama la atención del joven sabueso es la gran cantidad de libros sobre cine mudo. Los hay en español e inglés; algunos en francés. 

Busca en los cajones del escritorio y enciende la computadora. Por extraño que parezca la pila todavía contiene energía para prender la computadora. Tal vez por vivir sólo, el escritor no requiere de contraseña para ingresar a su computadora. Los archivos abiertos con los que trabajaba al momento de su muerte son tres: dos páginas en Internet y un documento en office. La primera era la edición virtual de El País de esa mañana. Extraño, si lleva una semana muerto. La otra, un blog personal con la última entrada publicada media hora antes de haberlo encontrado. Coincidencia, pues se puede programar una entrada con semanas de antelación, pero ¿con media hora de diferencia a su muerte?  El documento que escribía al momento del infarto tan solo constaba de una oración: Llevo muerto más de cincuenta años y estoy lleno de odio.

Después de un par de horas y terminada sus tareas, con más preguntas que respuestas, el novato toma sus implementos y regresa a las oficinas policiales a dar su reporte al jefe. El comandante está con el patólogo y hacia allá se dirige. Al entrar encuentra boquiabiertos y con mirada perdida a los dos individuos. Frente a ellos se halla un esqueleto recién sacado de una tumba. Sobre una tenue capa de polvo yace el esqueleto. Dice en tono de broma, “ahora se hacen las autopsias después de enterrados los muertos, en lugar de hacerlo previamente”. Ambos lo voltean a ver y al unísono, con una voz apenas audible, susurran: Es el escritor.


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