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El aborto en México Punto # 105 de noviembre 26, 2009

27 noviembre, 2009

Recién se aprobó en Veracruz la ley que promueve “la vida desde la concepción”, o sea se penaliza el derecho de toda mujer a la interrupción del embarazo, al aborto. Siguiendo las premisas católicas, los legisladores veracruzanos le hacen el trabajo sucio al episcopado. Lo peor del asunto es que son hombres, el sector masculino el que decide las políticas públicas de las mujeres mexicanas. Y las mujeres mexicanas no dicen absolutamente nada sobre el asunto. El hecho habla muy mal de nuestros “machos” legisladores, pero habla pestes, por su nula reacción del atentado al sector femenino que se materializa en las mujeres mexicanas, que de tener conciencia social y de género saldrían a las calles a clamar por un derecho que les corresponde únicamente a ellas. ¿Y dónde están? Salvo contados grupos, la mayoría de la población en México no ha reaccionado, y digo la mayoría pues en nuestra nación hay más mujeres que hombres según el INEGI, 51 contra 49 por ciento.

La idea juarista de la separación entre estado e iglesia que se promulgó, por cierto en Veracruz, hace 150 años se viene a tierra. La laicidad del estado mexicano se ha ido al caño. El PRI en voz del mandatario estatal Fidel Herrera envió el proyecto de ley a la legislatura local y los jarochos se suman a la andanada conservadora que considera a la mujer menor de edad e incapaz de decidir sobre su propio cuerpo. Para quedar bien con el episcopado ya van 17 estados que han habilitado candados legales para evitar que se legisle a favor de la interrupción del embarazo.

¿Y qué sucede con los millones de mexicanos que no profesamos religión alguna? Entiendo que aquellos que se dicen católicos asuman los preceptos religiosos de sus líderes espirituales. Válido y aplaudo la decisión. Si eres católico y estás de acuerdo con no abortar, pues tan sencillo, no lo hagas, pero de allí a querer y creer que todos los mexicanos somos guadalupanos y católicos existe un océano.

Desgraciadamente a las únicas que afectan estas leyes decimonónicas y retrógradas es a las mujeres humildes. Pues las clases medias y altas, las que tienen los recursos para viajar a Estados Unidos, Europa o a la ciudad de México tienen alternativas que las más pobres no poseen. La “contrarreforma mexicana” como la llama Roberto Blancarte tiene como fin conculcar los derechos femeninos bajo el debatible “derecho a la vida desde la concepción”, argumento que incita al debate y a rebatirse e impide una sana e independiente discusión sobre el tema. Imponer una visión única del concepto va en franco retroceso al ideal que como sociedad deseamos instaurar en México. ¿Dónde quedó la idea de ser un país aglutinador de ideas divergentes, diversas y multicultural y dónde la libertad de elección religiosa? Resulta incongruente que un partido, el PRI que se dice laico y republicano emanado de la Revolución Mexicana, sea el principal interlocutor de los designios de la curia vaticana y de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Todavía más reprobable es que la presidenta de ese partido, Beatriz Paredes, ni se inmute.

Las políticas públicas las han convertido en actos confesionales de índole católico. La embestida católica, avalada por gobiernos panistas, priístas y en algunos casos hasta perredistas no abona a cimentar un entramado legal donde todas las creencias tengan cabida. La unificación de preceptos que atropella toda visión discrepante no es característica de una sociedad democrática.

Lo que resulta insultante es el nulo respeto a cualquier visión divergente que tengamos dentro de la sociedad mexicana sobre el tema. No todos los mexicanos seguimos los lineamientos católicos y habemos millones que profesamos otra religión o de plano somos agnósticos o ateos. ¿Acaso un ateo debe seguir los dogmas católicos? La visión que la derecha y el conservadurismo tienen de la vida cae por su propio peso. Están inmersos en una doble moral y un hipócrita comportamiento. Como la iglesia católica requiere de pobres y jodidos para sustentar su existencia al igual que el Estado Mexicano, pues que sigan proliferando muertos de hambre al fin y al cabo cuando mueran, claro, de manera natural, Dios lo estará esperando para redimirlos. Somos ya más de treinta millones de muertos de hambre, pobreza alimentaria la llaman nuestros gobernantes, lo que no impide que sigamos con políticas públicas que si bien respetan el derecho a la vida se les olvidan del derecho a una vida “digna”, donde los mexicanos accedamos a los mínimos niveles de bienestar. Que nazcan al fin y al cabo después los matamos de hambre, de inanición. ¿Acaso se mete a la cárcel a los funcionarios y políticos que en base a sus decisiones mantienen a la mayoría de la población mexicana al borde de la extinción? Pues poco falta para que estemos al nivel del África subsahariana. La hipocresía y el cinismo que caracteriza a nuestra clase política que no busca el bienestar de los ciudadanos sino quedar bien con la oligarquía católica son los catalizadores de la contrarreforma mexicana.

Hay que quedar bien con el clero para así tener el apoyo de la jerarquía católica que bien sabemos todavía ejerce un maléfico poder y distorsionada influencia en la mayoría de los mexicanos. Sin dejar de lado la educación, pues a más educación menos capacidad tiene ésta para manipular e influir sobre las decisiones personales. Pero con el cuento de que Dios da y quita la vida, hemos olvidado que los humanos tenemos el derecho a decidir sobre nosotros mismos. Supongo que Dios quiere que vivamos en franca depauperación.

Se desprende de un par de entrevistas a diputadas locales que el tema del aborto está en la agenda legislativa mexiquense. Según las legisladoras Flora Martha Antón Paz del PRI y Yolitzi Ramírez Trujillo de Nueva Alianza el debate debe darse a nivel local pues más del diez por ciento de las mujeres que han recurrido al aborto legal en el Distrito Federal provienen del Estado de México, sobre todo del municipio de Ecatepec. Lo mismo sucede con las mujeres fronterizas que cruzan a los Estados Unidos y sin problema alguno acuden a clínicas donde de forma segura e higiénica lograr interrumpir un embarazo no deseado. Dudo mucho que el debate se materialice pues no es ningún secreto que nuestro gobernador fue educado en la Universidad Panamerica, enclave educativo del Opus Dei y su formación sigue los dictados de Escrivá de Balaguer.

Imponer una percepción o punto de vista único sobre lo que es la vida va en sentido contrario a lo que una sociedad que se dice democrática busca. Querer aglutinar a todos los mexicanos bajo un punto de vista único tiene tufo fascista. No abogo por el aborto per se, sino por que cada mujer tenga el derecho a elegir sobre su cuerpo. La idea que un cigoto es un ser humano equivale a comparar una nuez con un nogal. Bajo esos argumentos cualquier adolescente que se masturbe está atentando contra la vida, al igual que una mujer que utilice pastillas anticonceptivas. ¿Por qué no prohíben también las pastillas y métodos anticonceptivos en las legislaturas locales? Al paso que vamos nada más falta es que se prohíban los métodos anticonceptivos salvo el del ritmo, único avalado por la curia vaticana.

Resulta también poco entendible que políticas que provienen de gobiernos extranjeros tengan tanta repercusión en nuestro país. Porque las políticas antiaborto no tienen su origen en México sino en el Estado Vaticano. Nos rasgamos las vestiduras cuando algún gobierno que no sea el mexicano trata de influir en las decisiones locales, sin embargo cuando se trata del Vaticano aplicamos nuestra muy autóctona doble moral.

¡Extra! ¡Extra! Para documentar nuestro optimismo (Monsiváis dixit) la carta de Peña Nieto a Navarrete donde dice “los recursos que destina el Estado de México a Comunicación Social se ejercen en estricto apego al artículo 134 de la Constitución, y no como usted lo afirma, para promoción personal”. Podrá ser cierta la afirmación, sin embargo, ¿dónde quedó la ética política de nuestro apolíneo gobernador? El hecho que la ley permita excesos publicitarios no impide que los mexiquenses nos demos cuenta de la forma descarada en que aparece el gobernador en cuanto medio de comunicación existe, tanto electrónicos como impresos.

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