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Mitos de la Independencia de México. Punto # 142 de septiembre 16, 2010

16 septiembre, 2010

Ahora que celebramos los 200 años del inicio del movimiento insurgente seguimos viendo la historia nacional bajo la óptica del oficialismo. Trataré en este artículo de desmitificar algunos eventos que todavía hasta hoy mantenemos como verdades históricas. Sin menospreciar la importancia que tiene la historia oficial como aglutinador de la memoria colectiva mexicana, es de suyo necesario e impostergable que revisemos nuestra historia para valorar en su justa dimensión la trascendencia de algunas efemérides.

Desfile del 16 de septiembre de 1910. Se ve al fondo la cúpula del Palacio de Bellas Artes

Sin ser un mito independentista, la gesta de los niños héroes se inscribe en la mitología histórica mexicana, si se me permite utilizar esta terminología para describir nuestras mentiras históricas. Los susodichos niños no existieron. A pesar de ello el Estado Mexicano continúa enalteciendo una gesta heroica que nunca tuvo lugar. Y el lunes pasado se volvió a celebrar una más de nuestras derrotas militares; sólo una victoria bélica tenemos en nuestros anales y es la famosa batalla del 5 de mayo de 1862. Invito a mis contados lectores a darle una lectura al extraordinario y profundo ensayo de Enrique Plasencia de la Parra publicado en Historia Mexicana, revista del Colegio de México en el número 178: http://historiamexicana.colmex.mx/pdf/13/art_13_1937_16327.pdf

De entrada debemos descalificar el 15 de septiembre como día en que se inició la independencia. Ese día no pasó absolutamente nada de importancia o trascendencia. El “Grito de Dolores” sucedió en la temprana mañana del 16 de septiembre de 1810, cuando Miguel Hidalgo y Costilla ordenó al campanero, el cojo Galván, repicar las campanas para la misa de 5 de la mañana. Y es a la salida del acto litúrgico, cerca ya de las 6 de ese temprano domingo, cuando arengó a la multitud a luchar por la patria. Al final de su proclama, Hidalgo terminó por ofrecer “al que me siga a caballo le daré un peso; y a los de a pie, un tostón.”(1)

Cuando las fuerzas insurgentes toman la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, no luchan éstas contra militares realistas. El asalto a la bodega de granos – lo que en realidad quiere decir alhóndiga – por  Hidalgo y sus huestes es un ataque contra la población civil de la ciudad a cuya cabeza se encontraba el intendente José Antonio Riaño. Tampoco existe documento alguno que dé certeza histórica al personaje llamado el Pípila, a quien se adjudica la quema de la puerta principal de la alhóndiga, hecho que antecede a la brutal masacre de los guarecidos dentro del edificio y el posterior saqueo a las tiendas de los gachupines. Los ríos de sangre que corrieron desde entonces le causaron a Hidalgo un gran remordimiento según se desprende de su jucio llevado a cabo en Chihuahua.

Desfile sobre Avenida Juárez durante los festejos del centenario de la independencia, 1910

Otro mito recurrente sobre los héroes insurgentes es su compañerismo y lealtad a Hidalgo. Ya desde el inicio de la gesta Hidalgo permitió una serie de desmanes y saqueos a los que Allende se opuso con bastante carácter. Para Hidalgo era necesario tolerar a la muchedumbre, pues así seguirían fieles al movimiento. Según Allende la empresa en que se hallaban inmersos sólo tendría éxito con una tropa disciplinada, pues el populacho provocaba desórdenes y buscaba saquear. La primera confrontación entre Hidalgo y Allende se dio en San Miguel el Grande – hoy San Miguel de Allende – al amanecer del 17 de septiembre. En Celaya  se volvió al saqueo de las casas de los gachupines y el abuso de mujeres. Al saqueo, Hidalgo lo justificó, pero al estupro, lo penalizó con la pena de muerte. Allende, por segunda ocasión se inconformó con Hidalgo. A la postre los dos líderes se distanciaron y uno, Hidalgo tomó rumbo a Guadalajara y el otro hacia el norte.

La idea generalizada que ubica la guerra de independencia como una constante serie de conflagraciones es absolutamente errónea. Las primeras dos etapas de la justa bélica, las lideradas por Hidalgo y posteriormente Morelos, tienen varias batallas cruciales: Monte de las Cruces, Puente de Calderón, Oaxaca y los sitios de Cuautla y Acapulco entre otras. Sin embargo a raíz del fusilamiento de Morelos en Ecatepec el 22 de diciembre de 1815, el siguiente lustro, salvo los contados meses en que Francisco Javier Mina combatió en los estados centrales del país, el resto no tuvo noticias de acciones de armas dignas de escribir a casa. Fue una especie de guerra de guerrillas que continuaron Nicolás Bravo, Juan Álvarez, los hermanos Rayón, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria.

Inauguración de la Columna de la Independencia el 16 de septiembre de 1910

Los próceres que nos dieron la independencia en 1821, fueron los que lucharon contra los insurgentes. Entonces el padre de la independencia es Matías Monteagudo, porque él es el que, dándose cuenta de que se está aplicando finalmente la legislación de Cádiz, que implica en España la pérdida de privilegios y la pérdida de bienes para la iglesia católica española, él se da cuenta que si él no corta con España, esta legislación se va a aplicar también en todas las colonias españolas. Y él dice, nosotros no podemos permitir que la iglesia católica mexicana, o de La Colonia, corra la suerte de la peninsular, rompamos con España, y es cuando inventan a Iturbide. Iturbide es un invento de la iglesia católica, tan fácil como eso. No es sino hasta la promulgación de las leyes de Reforma que México da un vuelco. La independencia de 1821 fue gatopardismo puro: cambiar sin cambiar nada.

El rol de Agustín de Iturbide, minimizado por la historia oficial, no le da el verdadero valor que tiene. El ex soldado realista jugó uno de los papeles más importantes, sino es que el más importante en el proceso de Independencia, que iba más allá de la batalla; se inscribe en la diplomacia y las relaciones públicas. No por ello se debe aplaudir su rol dentro de la conspiración de la Profesa y hasta cierto grado manipulado por criollos ricos del país.

Como colofón el mito más socorrido es que la consumación de la independencia fue realizada bajo los mismos principios que tuvieron los iniciadores del movimiento.  La guerra de independencia de México no fue una revolución; más bien fue una contrarrevolución promovida por las élites más conservadores de la Nueva España.

Mitos los hay por decenas y este breve artículo sólo cuestiona un puñado de ellos. Estas efemérides deberían ser el catalizador que se requiere para una revisión a fondo de nuestra historia nacional. Por desgracia nuestras autoridades a todo nivel carecen de los más elementales conocimientos de historia patria.

¡Extra! ¡Extra! Volvimos a nuestro provincianismo cuando un caricaturista gringo tuvo la idea de un cartón político donde la bandera mexicana tiene al águila balaceada y en un charco de sangre. Se nos olvida que en Estados Unidos la quema de banderas y la burla a ellas no es un delito. Querer que todos los habitantes del planeta honren la bandera tricolor y su escudo peca de infantilismo. Es como los musulmanes que quieren matar al caricaturista sueco que dibujó a Mahoma de forma que ahora lo quieren matar. Además seamos realistas: dudo que más de diez por ciento de mexicanos sepan lo que significan los colores de la bandera.

(1)Herrejón, Carlos, La naciente insurgencia en Letras Libres # 141, septiembre 2010, p. 15.

Festejos patrios del 2010 Punto # 135 de julio 29, 2010

29 julio, 2010

La pasada semana el Secretario de Educación, Alonso Lujambio, anunció que los festejos del Centenario de la Revolución y Bicentenario de la Independencia estarán bajo su mandato y ya no de la Secretaría de Gobernación.

En rueda de prensa el funcionario destacó la absoluta transparencia y rendición de cuentas del manejo del fideicomiso de los recursos por más de dos mil 900 millones de pesos para la conmemoración de los 200 años de México como nación libre. Sin embargo olvidó mencionar la forma vertical y centralista que estas celebraciones tendrán al estar bajo la batuta, no solamente de él como Secretario de Educación Pública, sino que será una fiesta defeña y capitalina.

José Manuel Villalpando y su equipo seguirá al frente de la comisión para la celebración. No es mucho lo que han podido hacer hasta la fecha: una treintena de documentales, el portal del Bicentenario (reconozco que esta bien organizado y tiene información acertada, pero bastante superficial), la edición por parte del FCE del libro Historia de México (varias reseñas sobre la obra la consideran sesgada y poco integrada), buenas exposiciones (entre ellas, México en tus sentidos), la exhumación de los restos de nuestros héroes de la Independencia (restos óseos a los que no se les aplicó un análisis de ADN para asegurarnos su verdadero origen), el espectáculo 200 años de ser orgullosamente mexicanos, el notable concurso Ópera prima, las voces del Bicentenario (transmitido por Canal 22 para un público selecto y poco numeroso), en fin. Hay trabajo hecho, pero parece muy limitado dada la importancia de la fecha.

No es un secreto que la Revolución Mexicana permite varias lecturas y su trascendencia y aceptación no fue uniforme. Tal vez no sucede lo mismo con los eventos independistas ya que hay una opinión homogénea al respecto. La revolución, sin embargo no posee la misma interpretación. Baste leer el excelente libro de Luis González y González, Pueblo en vilo, donde la vorágine revolucionaria no fue muy bien vista por los habitantes de San José de Gracia, Michoacán. Similar análisis sucede en varios puntos de nuestro país. La revolución no fue tan monolítica como nos quieren hacer ver: fueron muchas revoluciones. Existen varias voces (Adolfo Gilly, Allan Knight, Jean Meyer o François-Xavier Guerra) que disienten de la interpretación oficial y manifiestan que no fue tan buena, tan positiva ni tan consensual. La revolución fue demasiado heterogénea. Los iniciadores, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata o Pascual Orozco representan intereses muy localistas, sin visión integral para todo el país. La utilización de adjetivos para describir nuestra guerra interna varían: intervenida, interrumpida, parcial, popular, progresista o agraria. Hubo varias revoluciones con sus matices y características regionales muy particulares. Emiliano Zapata no es Pancho Villa pues sus reivindicaciones sociales y económicas tienen más diferencias que similitudes; al igual que Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles no comulgan con Venustiano Carranza en su visión de nación. No es un secreto que todos los héroes revolucionarios se convirtieron en acérrimos enemigos y se masacraron entre sí, aunque a la postre los enterramos a todos en el Monumento a la Revolución, cual si hubieran guerreado en el mismo bando. La guerra fratricida que se inicia a la caída de Huerta enemistó a los constitucionalistas con los convencionistas. Carranza y Obregón contra Villa y Zapata. A la larga, hemos hecho de nuestra revolución un mito y a muchos de los protagonistas los hemos elevado al santoral cívico. El mito oficial postuló una imagen realmente errónea: la de una historia revolucionaria de consensos, un movimiento unificado que en realidad nunca existió. Ya en alguna ocasión un diputado, al referirse a los nombres de los próceres revolucionarios escritos con letras en oro en la Cámara de Diputados, comentó “ese parece más bien un templo de Huitzilopochtli” (la cita la tomo de una entrevista con Alan Knight).

Para la celebración, dijo Lujambio, se declarará el 15 de septiembre día no hábil y el 16 se celebrará con desfile de 30 carros alegóricos, conciertos para todos los gustos, una chinampa y participarán más de siete mil 500 voluntarios, a fin de que el festejo sea inolvidable. El mensaje deja más dudas y preguntas que buenos cimientos para sustentar una revisión de nuestra guerra intestina. El objetivo es que los mexicanos tengan tiempo para desplazarse a la capital a presenciar el gran desfile que se llevará a cabo en el Paseo de la Reforma y concluirá en el Zócalo capitalino. Supongo que los cachanillas o meridianos tendrán que tomar forzosamente un avión para llegar a las celebraciones, porque de venir en camión llegarán para las celebraciones del 20 de noviembre. Fecha, por cierto, en que se reabrirá el Palacio de Bellas Artes. Irónico que para celebrar la revolución tome el gobierno una obra porfiriana por antonomasia para celebrar la revolución.

Otro anuncio del secretario Lujambio fue que a mediados de agosto se abrirá el Palacio Nacional para que todos los mexicanos (supongo que para los que habitan en el Distrito Federal y ciudades aledañas, porque a los que viven en Oaxaca, Baja California Sur o Tamaulipas les será materialmente imposible trasladarse a la capital) tengan oportunidad, por primera vez en la historia, de conocer además de ese inmueble la oficina del presidente, los salones de embajadores y el recinto constitucional de 1857.

Alonso Lujambio explicó que en 1953 se creó lo que hoy es el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) como órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, por decreto presidencial a partir del 1 de julio de 2010 dependerá de la SEP, como órgano desconcentrado, al igual que la Comisión Ejecutiva de los Festejos del Bicentenario y Centenario. En otras palabras el centralismo absoluto y vertical para celebrar de forma exclusivamente capitalina y chilanga nuestras efemérides centenarias.

Al igual que en 1910 ahora, en 2010, se tiene un México autoritario y centralista. En un México que se supone una nación democrática y plural y donde se debería aprovechar esta oportunidad que se presenta cada 100 años para reflexionar y mejorar, el Estado Mexicano mediante el gobierno panista actual continúa sin entender la pluralidad de los muchos méxicos que conforman esta geografía. La forma como el Estado Mexicano quiere homogenizar los festejos denota una total y absoluta carencia de democratización e interpretaciones históricas que difieran de la oficial.

¡Extra! ¡Extra! El proyecto Discutamos México llegó a la emisión de su programa 78. Aplaudo el esfuerzo, pero sobre todo la diversidad y pluralidad de voces invitadas a los programas. Los hay excelentes, buenos y algunos bastante malitos. Sin embargo en conjunto el propósito de los programas, al menos para este historiador, tiene muchos aspectos positivos. Gran porcentaje de ellos son bastante profundos y gratifican el intelecto.

El bicentenario en el Estado de México manifiesto # 466 de diciembre 2, 2009

3 diciembre, 2009

Desde hace tres años cuando el gobernador Enrique Peña Nieto en presencia de Rafael Tovar y Teresa, a la sazón Coordinador de la Comisión Organizadora de la Conmemoración del Bicentenario del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del Inicio de la Revolución Mexicana (rimbombante y kilométrico apelativo para un organismo que no ha hecho absolutamente nada), creó en nuestra entidad el Consejo Consultivo del Bicentenario de la Independencia de México cuyo coordinación recayó en el ex gobernador César Camacho Quiroz éste elefante blanco no ha servido más que para el objetivo opuesto para el que fue creado: engendrar un odio hacia la historia y en particular a la nacional.

 Salvo una página web que se puede consultar en: http://www.bicentenariomexiquense.org/site/index.php , el programa de actividades que se puede imprimir en pdf de: http://www.bicentenariomexiquense.org/site/Programa%20Mexiquense%20para%20la%20Conmemora.pdf , no hay mucho que presumir. El programa habla de 500 acciones que se contemplan realizar para los doscientos años de vida independiente de México. La mayoría no pasan de ser buenos deseos. ¿Alguien que pertenece al gobierno estatal me puede informar sobre el foro de cronistas municipales, la fonoteca mexiquense, la revista Reconocer, la colección de música infantil, la nueva señalización urbana, el concurso nacional de artes plásticas, los gráficos conmemorativos, el premio estatal Josefa Ortiz de Domínguez de identidad mexiquense, las mesas redondas: El Estado de México visión 2030, el seminario internacional sobre las lenguas maternas Angel María Garibay, el disco conmemorativo de música sinfónica, etc.? Éstas son algunas de las acciones que menciona el programa conmemorativo de las cuales no tengo conocimiento sobre su avance o desarrollo. Más parecen ideas para promover la imagen de nuestro gobernador que proyectos de verdadera difusión cultural e histórica.

No podemos negar que el Estado de México no fue centro geográfico de eventos trascendentales de la Independencia o de la Revolución. Quitando la batalla del Cerro de las Cruces no hubo otro evento que se haya tatuado en el imaginario colectivo de los mexicanos. De la Revolución ni se diga, no pasó realmente nada en nuestro estado que haya trastocado la vida del país.

El conjunto escultórico bautizado como “Torres Bicentenario” que habrá de sustituir al monumental reloj solar conocido como la Puerta Tollotzin a la entrada de Toluca y cuyo diseño ganó Guillermo Maya López del grupo Lemon Diseño a la par de infinidad de libramientos, pasos a desnivel, hospitales, escuelas, tramos carreteros y demás obras de infraestructura mínima y vital para un adecuado funcionamiento de la entidad y a las cuales se les nombra bicentenario, no existe proyecto alguno para imbuir en los mexiquenses algo de historia nacional o estatal. Lo majestuoso y elefantiásico dominan sobre lo esencial y bien cimentado. Dos torres de cien metros de altura cada una y unidas serán de ahora en adelante el símbolo del Estado de México. Dudo mucho que las terminen pues no hay avance que sea notorio salvo la demolición del anterior conjunto arquitectónico, sin considerar la millonada que van a costar las susodichas torres. Muchos millones para torres y “edificiotes”. Lo monumental como símbolo de nuestra identidad. Parece que vamos a competir con el Distrito Federal para ver cual entidad construye la torre más alta.

Algo se salva en el proyecto conmemorativo con el Consejo Editorial ya que la difusión cultural y editorial tiene por lo menos canales para su difusión y se encuentra en: http://www.edomex.gob.mx/consejoeditorial, pero que sigue lineamientos bastante bizarros para los autores que deseen ser publicados pues privilegia las publicaciones que integran el programa editorial anual de cada dependencia gubernamental. El Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal se dedica a cacarear los logros del gobierno peñista en lugar de diseminar el pensamiento histórico y la historiografía estatal y la de la nación. Salvo contados libros sobre historia regional y todos de autores institucionales (Alfonso Sánchez Arteche, Gustavo G. Velázquez, José Luis Alanís Boyso y la infaltable Margarita García Luna por mencionar algunos). De no pertenecer a su cofradía no publican obras que en otros lares serían bienvenidas.

Así pues, la desangelada conmemoración bicentenaria de nuestra independencia en el Estado de México pasará desapercibida el próximo año. Año que invita a reconocer nuestra génesis nacional y estatal. Por desgracia la apatía y abulia de los encargados de pintar nuestra efeméride bicentenaria, no será catalizador para releer nuestro pasado y mucho menos para invitar a niños y jóvenes a adentrarse en los dominios de Clio. Es innegable que nuestros líderes políticos no tienen idea de lo que significan las fiestas centenarias. Recuerdo bien el bicentenario de la Revolución Francesa y las fiestas nacionales que Francia organizó para su celebración en 1989; las americanas de sus doscientos años en 1976 tampoco desmerecieron en nada. ¿Y nosotros qué tenemos para ofrecerle al mundo y enseñarle lo que somos, sino sabemos ni siquiera para donde queremos ir como nación? Sin ser un apologista del período porfirista, la planeación y desenlace de las fiestas de 1910 iniciaron varios años antes. Los mexiquenses de hoy, a un mes de iniciar el año del bicentenario independentista y centenario revolucionario no tenemos idea de cómo vamos a celebrar nuestras dos efemérides. A menos que el equipo nacional de fútbol gane el mundial de Sudáfrica, dudo mucho que tengamos algo más que celebrar.

La Universidad Autónoma del Estado de México y el Colegio Mexiquense ni siquiera honran la fecha; no existe proyecto alguno en nuestra universidad y colegio que celebre o de perdida promueva la investigación y enseñanza de la historia estatal. Estamos a merced de gobiernos más preocupados por las elecciones del 2012 que en la celebración del 2010. Al menos eso se infiere dado la realidad que describo párrafos arriba.

Agustín de Iturbide La calle de octubre 12, 2009

12 octubre, 2009

Agustín de Iturbide

iturbide

Desde que el 5 de octubre de 1921 en que se borró del muro del salón de sesiones de la Cámara de Diputados – más bien se desprendieron las letras de oro – el  nombre de Agustín de Iturbide y Aramburo por iniciativa aprobada por una mayoría de 77 diputados y cinco en contra, la figura del que fuera artífice de nuestra independencia continúa en el cadalso de la historia nacional. 

Sin dejar de lado los aspectos cuestionables de su quehacer histórico, que por cierto son muchos, la figura de este criollo michoacano es fundamental para entender la génesis de nuestra historia nacional. Las razones esgrimidas para llevar a cabo la unificación de las diversas fuerzas que en su momento conformaban los liderazgos de la Colonia, fueron fundamentales para obtener nuestra independencia. Tuvo la suficiente destreza política para generar las condiciones que llevaron a conseguir, tras diez años de lucha, la consumación de la Independencia de México

Los hechos que aún hoy siguen siendo poco divulgados y no totalmente analizados por los seguidores de Clío son los siguientes: Fernando VII se vio obligado a jurar la constitución de Cádiz el 7 de marzo de 1820, hecho que detona un absoluto rechazo por parte del alto clero de la iglesia católica, ya que dicha constitución era de corte liberal y constituía una fuerte limitante de los fueros eclesiásticos y militares de corte absolutista. Y al igual que la jerarquía católica actual, pánico le tenían a la libertad de conciencia, de prensa, pero sobre todo a la división de poderes y a la democracia. No en balde durante todo el siglo XIX el Vaticano fustigó con la excomunión a los seguidores y luchadores de esas ideas. 

Por ello es que el canónico Matías de Monteagudo, cerebro del grupúsculo, organizó lo que se conoce como la Conspiración de la Profesa, ya que se reunían en esa iglesia actualmente en la esquina de Madero e Isabel la Católica en la ciudad de México. Convenció al virrey Juan Ruiz de Apodaca que Iturbide era el único capaz de vencer a los insurgentes, que para entonces se concentraban en la sierra guerrerense bajo el mando del último líder del movimiento, Vicente Guerrero Saldaña. 

El ejército Trigarante entrando por la garita de Belen (Bastin)

El ejército Trigarante entrando por la Garita de Belén (Bastin)

Después de varios enfrentamientos donde las fuerzas realistas fueron superadas – por cierto uno de los vencedores de Iturbide fue Pedro Asencio, segundo en mando de Vicente Guerrero – el final bélico de la independencia se dio el 14 de marzo de 1821 en el pueblo de Teloloapan con el famoso abrazo de Acatempan entre Guerrero e Iturbide. Previo a ello, al no lograr su cometido de someterlo, opto por hacer un arreglo amistoso con él y orquestó el plan de Iguala firmado el 21 de Febrero de 1821 donde se declara la independencia con un régimen monárquico, así como la religión católica como oficial y única permitida, todo esto dando a su vez como resultado la firma de los tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821 entre Juan O’Donojú, último virrey de la Nueva España, e Iturbide sellando con esto la independencia de México. 

Así fue que el 27 de Septiembre de 1821 el ejército trigarante entro triunfal a la ciudad de México, firmándose al día siguiente el Acta de Independencia de México. Una anécdota acerca de la entrada triunfal del Ejército Trigarante es que para beneplácito de su amante, la famosísima Güera Rodríguez, Iturbide obligó a la columna a desviarse y pasar bajo su balcón.

 Otro detalle interesante sobre este personaje es que “Agustín de Iturbide convocó a la primera consulta popular que hubo en México. Ésta se realizó el 22 de marzo de 1822 y su finalidad principal fue saber si la gente quería vivir en una monarquía o en una república”, recuerda el historiador Rodrigo Borja, investigador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Méxicana (INEHRM). Por cierto, de los dieciocho distritos en que se dividía el país entonces, quince votaron por la monarquía.

Iturbide hoy en pleno siglo XXI, es el padre de la patria para la extrema derecha nacional, pues no es gratuito que sus restos sigan en la catedral. La iglesia católica sigue siendo enemiga de cualquier forma de independencia intelectual de la población. Se consideran los únicos que conocen la verdad e Iturbide, cual títere de los clérigos, tuvo el gran tino de aglutinar a nuestros padres fundadores, pero los cimientos en que se sustenta la esencia de este país tiene fisuras muy peligrosas para el resto de la construcción.

No hace mucho, se tuvo un debate sobre las excomuniones de Hidalgo y Morelos. Si bien fueron fusilados sin haberlas llevado a cabo, lo trascendental no es si fueron o no excomulgados, sino radica en el rol que los altos jerarcas de la iglesia y la institución como tal sostuvieron durante la mayor parte de la conflagración.

Y al igual que hace dos cientos años, ahora los prelados aspiran a ser tomados en cuenta en la redacción de leyes, que según entiendo en un país laico no deberían de intervenir, porque si invitamos a los católicos, no debemos menospreciar la posición judía, musulmana, protestante o de cualquier otra religión. No debemos asombrarnos de ello, pues los curas le deben lealtad y obediencia a un país extranjero, el Estado Vaticano y a su jefe, el Papa en turno, y no a las leyes mexicanas.

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En conclusión, Agustín de Iturbide fue el brazo armado de una conspiración orquestada desde lo más alto de la jerarquía católica, que si bien nos dio la independencia, lo hizo más por cuestiones innobles, que por crear un país de hombres libres. Nacimos como nación sustentado en valores de lo más retrógrado que existe. Similar episodio egoísta y sin altruismo alguno perpetraron los curas durante la invasión norteamericana en 1846-1848. Como cualquier rastrero, imploraron a los norteamericanos que los apoyarían a calmar los ánimos de la población mexicana a cambio de no imponer otra religión y respetar sus iglesias. Para tener una mínima idea de lo traidora a México que ha sido la iglesia católica y en especial su versión mexicana, invito a mis lectores a leer México ante dios de Francisco Martín Moreno.


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