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Festejos patrios del 2010 Punto # 135 de julio 29, 2010

29 julio, 2010

La pasada semana el Secretario de Educación, Alonso Lujambio, anunció que los festejos del Centenario de la Revolución y Bicentenario de la Independencia estarán bajo su mandato y ya no de la Secretaría de Gobernación.

En rueda de prensa el funcionario destacó la absoluta transparencia y rendición de cuentas del manejo del fideicomiso de los recursos por más de dos mil 900 millones de pesos para la conmemoración de los 200 años de México como nación libre. Sin embargo olvidó mencionar la forma vertical y centralista que estas celebraciones tendrán al estar bajo la batuta, no solamente de él como Secretario de Educación Pública, sino que será una fiesta defeña y capitalina.

José Manuel Villalpando y su equipo seguirá al frente de la comisión para la celebración. No es mucho lo que han podido hacer hasta la fecha: una treintena de documentales, el portal del Bicentenario (reconozco que esta bien organizado y tiene información acertada, pero bastante superficial), la edición por parte del FCE del libro Historia de México (varias reseñas sobre la obra la consideran sesgada y poco integrada), buenas exposiciones (entre ellas, México en tus sentidos), la exhumación de los restos de nuestros héroes de la Independencia (restos óseos a los que no se les aplicó un análisis de ADN para asegurarnos su verdadero origen), el espectáculo 200 años de ser orgullosamente mexicanos, el notable concurso Ópera prima, las voces del Bicentenario (transmitido por Canal 22 para un público selecto y poco numeroso), en fin. Hay trabajo hecho, pero parece muy limitado dada la importancia de la fecha.

No es un secreto que la Revolución Mexicana permite varias lecturas y su trascendencia y aceptación no fue uniforme. Tal vez no sucede lo mismo con los eventos independistas ya que hay una opinión homogénea al respecto. La revolución, sin embargo no posee la misma interpretación. Baste leer el excelente libro de Luis González y González, Pueblo en vilo, donde la vorágine revolucionaria no fue muy bien vista por los habitantes de San José de Gracia, Michoacán. Similar análisis sucede en varios puntos de nuestro país. La revolución no fue tan monolítica como nos quieren hacer ver: fueron muchas revoluciones. Existen varias voces (Adolfo Gilly, Allan Knight, Jean Meyer o François-Xavier Guerra) que disienten de la interpretación oficial y manifiestan que no fue tan buena, tan positiva ni tan consensual. La revolución fue demasiado heterogénea. Los iniciadores, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata o Pascual Orozco representan intereses muy localistas, sin visión integral para todo el país. La utilización de adjetivos para describir nuestra guerra interna varían: intervenida, interrumpida, parcial, popular, progresista o agraria. Hubo varias revoluciones con sus matices y características regionales muy particulares. Emiliano Zapata no es Pancho Villa pues sus reivindicaciones sociales y económicas tienen más diferencias que similitudes; al igual que Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles no comulgan con Venustiano Carranza en su visión de nación. No es un secreto que todos los héroes revolucionarios se convirtieron en acérrimos enemigos y se masacraron entre sí, aunque a la postre los enterramos a todos en el Monumento a la Revolución, cual si hubieran guerreado en el mismo bando. La guerra fratricida que se inicia a la caída de Huerta enemistó a los constitucionalistas con los convencionistas. Carranza y Obregón contra Villa y Zapata. A la larga, hemos hecho de nuestra revolución un mito y a muchos de los protagonistas los hemos elevado al santoral cívico. El mito oficial postuló una imagen realmente errónea: la de una historia revolucionaria de consensos, un movimiento unificado que en realidad nunca existió. Ya en alguna ocasión un diputado, al referirse a los nombres de los próceres revolucionarios escritos con letras en oro en la Cámara de Diputados, comentó “ese parece más bien un templo de Huitzilopochtli” (la cita la tomo de una entrevista con Alan Knight).

Para la celebración, dijo Lujambio, se declarará el 15 de septiembre día no hábil y el 16 se celebrará con desfile de 30 carros alegóricos, conciertos para todos los gustos, una chinampa y participarán más de siete mil 500 voluntarios, a fin de que el festejo sea inolvidable. El mensaje deja más dudas y preguntas que buenos cimientos para sustentar una revisión de nuestra guerra intestina. El objetivo es que los mexicanos tengan tiempo para desplazarse a la capital a presenciar el gran desfile que se llevará a cabo en el Paseo de la Reforma y concluirá en el Zócalo capitalino. Supongo que los cachanillas o meridianos tendrán que tomar forzosamente un avión para llegar a las celebraciones, porque de venir en camión llegarán para las celebraciones del 20 de noviembre. Fecha, por cierto, en que se reabrirá el Palacio de Bellas Artes. Irónico que para celebrar la revolución tome el gobierno una obra porfiriana por antonomasia para celebrar la revolución.

Otro anuncio del secretario Lujambio fue que a mediados de agosto se abrirá el Palacio Nacional para que todos los mexicanos (supongo que para los que habitan en el Distrito Federal y ciudades aledañas, porque a los que viven en Oaxaca, Baja California Sur o Tamaulipas les será materialmente imposible trasladarse a la capital) tengan oportunidad, por primera vez en la historia, de conocer además de ese inmueble la oficina del presidente, los salones de embajadores y el recinto constitucional de 1857.

Alonso Lujambio explicó que en 1953 se creó lo que hoy es el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) como órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, por decreto presidencial a partir del 1 de julio de 2010 dependerá de la SEP, como órgano desconcentrado, al igual que la Comisión Ejecutiva de los Festejos del Bicentenario y Centenario. En otras palabras el centralismo absoluto y vertical para celebrar de forma exclusivamente capitalina y chilanga nuestras efemérides centenarias.

Al igual que en 1910 ahora, en 2010, se tiene un México autoritario y centralista. En un México que se supone una nación democrática y plural y donde se debería aprovechar esta oportunidad que se presenta cada 100 años para reflexionar y mejorar, el Estado Mexicano mediante el gobierno panista actual continúa sin entender la pluralidad de los muchos méxicos que conforman esta geografía. La forma como el Estado Mexicano quiere homogenizar los festejos denota una total y absoluta carencia de democratización e interpretaciones históricas que difieran de la oficial.

¡Extra! ¡Extra! El proyecto Discutamos México llegó a la emisión de su programa 78. Aplaudo el esfuerzo, pero sobre todo la diversidad y pluralidad de voces invitadas a los programas. Los hay excelentes, buenos y algunos bastante malitos. Sin embargo en conjunto el propósito de los programas, al menos para este historiador, tiene muchos aspectos positivos. Gran porcentaje de ellos son bastante profundos y gratifican el intelecto.

El bicentenario en el Estado de México manifiesto # 466 de diciembre 2, 2009

3 diciembre, 2009

Desde hace tres años cuando el gobernador Enrique Peña Nieto en presencia de Rafael Tovar y Teresa, a la sazón Coordinador de la Comisión Organizadora de la Conmemoración del Bicentenario del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del Inicio de la Revolución Mexicana (rimbombante y kilométrico apelativo para un organismo que no ha hecho absolutamente nada), creó en nuestra entidad el Consejo Consultivo del Bicentenario de la Independencia de México cuyo coordinación recayó en el ex gobernador César Camacho Quiroz éste elefante blanco no ha servido más que para el objetivo opuesto para el que fue creado: engendrar un odio hacia la historia y en particular a la nacional.

 Salvo una página web que se puede consultar en: http://www.bicentenariomexiquense.org/site/index.php , el programa de actividades que se puede imprimir en pdf de: http://www.bicentenariomexiquense.org/site/Programa%20Mexiquense%20para%20la%20Conmemora.pdf , no hay mucho que presumir. El programa habla de 500 acciones que se contemplan realizar para los doscientos años de vida independiente de México. La mayoría no pasan de ser buenos deseos. ¿Alguien que pertenece al gobierno estatal me puede informar sobre el foro de cronistas municipales, la fonoteca mexiquense, la revista Reconocer, la colección de música infantil, la nueva señalización urbana, el concurso nacional de artes plásticas, los gráficos conmemorativos, el premio estatal Josefa Ortiz de Domínguez de identidad mexiquense, las mesas redondas: El Estado de México visión 2030, el seminario internacional sobre las lenguas maternas Angel María Garibay, el disco conmemorativo de música sinfónica, etc.? Éstas son algunas de las acciones que menciona el programa conmemorativo de las cuales no tengo conocimiento sobre su avance o desarrollo. Más parecen ideas para promover la imagen de nuestro gobernador que proyectos de verdadera difusión cultural e histórica.

No podemos negar que el Estado de México no fue centro geográfico de eventos trascendentales de la Independencia o de la Revolución. Quitando la batalla del Cerro de las Cruces no hubo otro evento que se haya tatuado en el imaginario colectivo de los mexicanos. De la Revolución ni se diga, no pasó realmente nada en nuestro estado que haya trastocado la vida del país.

El conjunto escultórico bautizado como “Torres Bicentenario” que habrá de sustituir al monumental reloj solar conocido como la Puerta Tollotzin a la entrada de Toluca y cuyo diseño ganó Guillermo Maya López del grupo Lemon Diseño a la par de infinidad de libramientos, pasos a desnivel, hospitales, escuelas, tramos carreteros y demás obras de infraestructura mínima y vital para un adecuado funcionamiento de la entidad y a las cuales se les nombra bicentenario, no existe proyecto alguno para imbuir en los mexiquenses algo de historia nacional o estatal. Lo majestuoso y elefantiásico dominan sobre lo esencial y bien cimentado. Dos torres de cien metros de altura cada una y unidas serán de ahora en adelante el símbolo del Estado de México. Dudo mucho que las terminen pues no hay avance que sea notorio salvo la demolición del anterior conjunto arquitectónico, sin considerar la millonada que van a costar las susodichas torres. Muchos millones para torres y “edificiotes”. Lo monumental como símbolo de nuestra identidad. Parece que vamos a competir con el Distrito Federal para ver cual entidad construye la torre más alta.

Algo se salva en el proyecto conmemorativo con el Consejo Editorial ya que la difusión cultural y editorial tiene por lo menos canales para su difusión y se encuentra en: http://www.edomex.gob.mx/consejoeditorial, pero que sigue lineamientos bastante bizarros para los autores que deseen ser publicados pues privilegia las publicaciones que integran el programa editorial anual de cada dependencia gubernamental. El Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal se dedica a cacarear los logros del gobierno peñista en lugar de diseminar el pensamiento histórico y la historiografía estatal y la de la nación. Salvo contados libros sobre historia regional y todos de autores institucionales (Alfonso Sánchez Arteche, Gustavo G. Velázquez, José Luis Alanís Boyso y la infaltable Margarita García Luna por mencionar algunos). De no pertenecer a su cofradía no publican obras que en otros lares serían bienvenidas.

Así pues, la desangelada conmemoración bicentenaria de nuestra independencia en el Estado de México pasará desapercibida el próximo año. Año que invita a reconocer nuestra génesis nacional y estatal. Por desgracia la apatía y abulia de los encargados de pintar nuestra efeméride bicentenaria, no será catalizador para releer nuestro pasado y mucho menos para invitar a niños y jóvenes a adentrarse en los dominios de Clio. Es innegable que nuestros líderes políticos no tienen idea de lo que significan las fiestas centenarias. Recuerdo bien el bicentenario de la Revolución Francesa y las fiestas nacionales que Francia organizó para su celebración en 1989; las americanas de sus doscientos años en 1976 tampoco desmerecieron en nada. ¿Y nosotros qué tenemos para ofrecerle al mundo y enseñarle lo que somos, sino sabemos ni siquiera para donde queremos ir como nación? Sin ser un apologista del período porfirista, la planeación y desenlace de las fiestas de 1910 iniciaron varios años antes. Los mexiquenses de hoy, a un mes de iniciar el año del bicentenario independentista y centenario revolucionario no tenemos idea de cómo vamos a celebrar nuestras dos efemérides. A menos que el equipo nacional de fútbol gane el mundial de Sudáfrica, dudo mucho que tengamos algo más que celebrar.

La Universidad Autónoma del Estado de México y el Colegio Mexiquense ni siquiera honran la fecha; no existe proyecto alguno en nuestra universidad y colegio que celebre o de perdida promueva la investigación y enseñanza de la historia estatal. Estamos a merced de gobiernos más preocupados por las elecciones del 2012 que en la celebración del 2010. Al menos eso se infiere dado la realidad que describo párrafos arriba.

A 99 años del inicio de la revolución Punto # 104 de noviembre 19, 2009

19 noviembre, 2009

Todo país y su gobierno tienen el derecho de crear sus efemérides para celebrar la instauración de sus respectivos regímenes y el caso mexicano no es excepción. La gesta iniciada en 1910 por Francisco Ignacio Madero bajo el lema de “sufragio efectivo, no reelección”  buscó en última instancia instaurar un democracia real en nuestro país.

La llamada a la revuelta para evitar que Porfirio Díaz continuara en el poder tiene marcado el 20 de noviembre de ese año. Para mayo de 1911 Díaz viaja en el Ipiranga hacia Europa donde morirá en 1915. Francisco León de la Barra asume la presidencia y dispone organizar elecciones de las cuales salen electos la dupla Madero como presidente y José María Pino Suárez como vicepresidente.

Todos ya sabemos el desenlace que tienen ambos a manos de Victoriano Huerta durante la Decena Trágica. Y es a partir del golpe de estado huertista que la verdadera revolución inicia con actores que hoy son confundidos como ideólogos igualitarios y hasta amigos en la “historia de bronce”, la historia oficial.

Los gobiernos emanados del PRI nunca han negado su génesis en la revolución, sin embargo nunca han asumido que nuestros egregios héroes se mataron entre sí, aún después de la partida de Díaz. Zapata se enemistó con Madero a un mes de que éste asumiera la oficina del ejecutivo. Carranza combatió a Huerta con la ayuda de Villa, Obregón, Zapata y varios otros líderes. Carranza mandó asesinar a Zapata. Obregón lo hizo con Carranza y Villa, Plutarco Elías Calles hace lo mismo con Obregón. Recordemos que allá en los años veinte, cuando se preguntaba quién había asesinado a Obregón, se contestaba: “Cálles…e que pueden oírlo”. Calles y Obregón asesinaron a Serrano y otros líderes militares en Huitzilac. En fin, la idea que todos al unísono y como buenos amigos y mexicanos lucharon contra Díaz, no es más que un mito genial del partido que gobernó el país más de setenta años y que todavía nos gobierna en el Estado de México.

Sin querer dar una clase de historia, salvo mencionar determinados datos históricos del evento, lo que me interesa plasmar es la forma, que a mi juicio es equivocada, de querer celebrar esta efeméride. Para comenzar es imposible que un gobierno panista, cuyos principios y razón de ser, sus cimientos ideológicos sean acordes con la revolución. Manuel Gómez Morín, fundador del partido, sustentó la ideología panista en el humanismo cristiano y dejó claro una visión divergente de aquella mantenida por el PRI. ¿Cómo puede un gobierno que se dice heredero de Goméz Morín y Carlos Castillo Peraza celebrar la revolución mexicana? Es como si Barack Obama celebrara la revolución cubana. No por nada los famosos festejos del bicentenario y centenario mantienen un descolorido ambiente.

La situación de México no está para celebraciones y aunado a ello está lo desangelado de los festejos. Salvo bautizar cuanta obra se construye con el apelativo de “bicentenario”, ahora tenemos circuitos, escuelas, hospitales, pasos a desnivel, arcos, libramientos, avenidas y bulevares, mercados que para la siguiente generación de mexicanos causarán confusión por tener el mismo nombre. Lo que es significativo es que no se les bautice como “centenario”, ¿por qué será? No tengo conocimiento de alguna obra gubernamental que haya sido bautizada con ese apelativo.

Las verdaderas celebraciones deben emanar de la ciudadanía y no del Estado. Durante los festejos del centenario independentista el gobierno de Porfirio Díaz echo la casa por la ventana inaugurando sendas obras monumentales como la Columna de la Independencia, el Manicomio de la Castañeda, el sistema de drenaje de la ciudad de México e inició la construcción del Palacio Legislativo (actual Monumento a la Revolución) y del Palacio de Bellas Artes entre otros. Aquí en Toluca el Cosmo Vitral se comenzó a construir para albergar el mercado municipal, propósito para el cual fue ideado.

Las celebraciones porfirianas respondían más a buscar una aceptación internacional y a mostrar que México se integraba al mundo civilizado de entonces. Ignacio Mariscal, Secretario de Relaciones Exteriores y Federico Gamboa, subsecretario, hicieron un excelente trabajo de relaciones públicas al invitar al evento a comitivas de todos los países importantes para México en esa época. No olvidemos el gesto de España, en la persona del Marqués de Polavieja, al entregar el uniforme de Morelos y los múltiples contingentes militares que desfilaron en la parada centenaria del 16 de septiembre de 1910.

Hoy que estamos a menos de un año del bicentenario independentista y a uno del centenario revolucionario, el país atraviesa por una de las crisis más acentuadas de lo últimos años. El desazón y desinterés de la ciudadanía por el festejo va en proporción directa a la falta de empleo, pobreza y, como colofón, la ausencia total de rumbo que nuestra clase política no ha podido imprimir al país. Navegamos a la deriva sin saber a dónde queremos llegar. Después de doscientos años de independencia seguimos buscando qué es lo que como sociedad y nación deseamos.

Resulta grave e ingenuo que los gobiernos, estatales y federal, nos quieran dar atole con el dedo, unificando las diversas interpretaciones que tiene la sociedad del evento revolucionario. Tal vez la gesta  iniciada por Hidalgo y finalizada por Iturbide tenga mayor coherencia interpretativa para la mayoría de los mexicanos, pero el proceso de 1910 tuvo matices que por más que se quieran homogenizar resulta imposible unificar criterios e interpretaciones del mismo.

Por ello es necesario utilizar el año cabalístico de 2010, no sólo para celebrar sino para indagar y definir el camino por el cual transitar en este mundo radicalmente diferente al de hace cien años y aún más dispar que el de hace doscientos. Un mundo globalizado donde la noción de soberanía que aún manejamos, con tufo decimonónico, deje de ser lastre para lograr elevar las condiciones en que viven más de la mitad de la población: pobreza. Un camino que privilegie ver el futuro y no crispe los ánimos sobre el pasado. La historia debe servir para sustentar el futuro; no para volverse una piedra en el camino. Seguimos con nuestra cantaleta de haber sido conquistados por España, despojados por Estados Unidos, humillados por Francia, utilizados por Inglaterra, etc. Seguimos flagelándonos cuales mártires cristianos de haber sido el escarnio mundial, en lugar de mirar hacia delante.

Aprendamos de Europa donde hace sesenta años se masacraban entre sí durante la segunda guerra mundial y hoy, a inicios del siglo XXI, Francia y Alemania lideran junto con Inglaterra la Unión Europea. De vivir de su pasado los europeos nunca hubieran podido unirse para convertir su continente en lo que ahora es. España entendió que más que líder de Hispanoamérica era una nación europea y como tal se unió al proyecto supranacional. Los resultados saltan a la vista: la España franquista dio paso a una España rica y mucha más impregnada en el concierto mundial de las naciones.

Nosotros, por el contrario, seguimos sin saber si nos adherimos a Latinoamérica o si aceptamos ser parte integral de Norteamérica. Utilicemos nuestra efeméride multicentenaria para definir el rumbo de México y dejemos de mirar hacia atrás como algo que frene nuestra esencia nacionalista. Retomemos aquellos eventos que nos dieron identidad sin perder de vista que son sustento para seguir el camino y no aduana infranqueable.

¡Extra! ¡Extra! Según el senador perredista Carlos Navarrete los gobernadores del tricolor “ya no van a Insurgentes Norte a negociar, los gobernadores del PRI hacen fila en Toluca para que Peña Nieto les consiga a través del presidente de la Comisión de Presupuesto, mayores recursos para sus estados”. Recordemos que el presidente de dicha comisión es el ex secretario de finanzas mexiquense Luis Videgaray.

 

Una nueva historia nacional ágora mexiquense segunda quincena septiembre 2009

30 septiembre, 2009

Una nueva historia nacional 

El año próximo celebraremos nuestros doscientos años de los inicios de la independencia y los cien de la revolución. Bueno, ¿y qué significan estas efemérides? El ritualismo del cuales somos rehenes nos ha impedido tener una verdadera historia crítica y creadora de ciudadanos pensantes. Somos infantiloides históricos: nuestros héroes son impolutos y cuidado con aquel que cuestione sus virtudes. Por algo tenemos un altar a la patria que no deja lugar a dudas del tufo religioso que invade continuamente nuestra historia.

Hidalgo

Nuestros héroes tienen aspectos sumamente cuestionables empezando por el padre de la patria, pues de haber realizado Miguel Hidalgo la toma de la alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, no en 1810 sino en 2010, éste sería acusado y juzgado por crímenes de lesa humanidad. Recomiendo dos obras para entender a este ínclito héroe: una del liberal José María Luis Mora, los tres tomos de México y sus revoluciones; otra del conservador Lucas Alamán, testigo del evento, Historia de Méjico (con jota).

Contrario a ello, para nuestras “águilas caídas” como los llama Héctor Aguilar Camín a los antihéroes, la historiografía nacional no permite otra lectura salvo aquella que los denosta y envía al cadalso de la historia. Enemigos por antonomasia de la nación, tales como Hernán Cortés, Antonio López de Santa Anna o Porfirio Díaz, por mencionar tres de los arquetipos indignos de una memoria áurea. 

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Para mostrar nuestra mayoría de edad histórica debería develarse una estatua de Hernán Cortés en el paseo de la Reforma de la ciudad de México, dado que en 1821, cuando nace este país de forma independiente, no se regresó a vivir como en 1521. México no es la continuación del mundo prehispánico, sino fusión de éste con el español. Cuando se fueron los europeos continuamos hablando castellano, orando a un dios traído por ellos y llamándonos García, Sandoval, Peña o Hidalgo. Tan hijos del Popol Vuh y del Chilam Balam, como de las Cántigas de Alfonso X y el poema del Mío Cid. Pero como nos gusta sentirnos conquistados, continuamos con el mito de que “España conquistó México”. Recordemos que sin la ayuda de los miles de indígenas sojuzgados por los aztecas, los cerca de quinientos españoles hubiesen sucumbido ante el embate de los nativos. El enemigo de mi enemigo es mi amigo reza un antiquísimo proverbio, situación que Cortés aprovecho a las mil maravillas. No fue gratuito que los tlaxcaltecas fueran los primeros a quienes se les recompensó al respetar su terruño y dotárlos de célula real, y hasta la fecha es el patronímico de uno de nuestros estados de la república. Para una mejor comprensión de Hernán Cortés remito a mis lectores a sus extraordinarias Cartas de relación y a la excelente biografía escrita por José Luis Martínez. 

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Otro de nuestros “judas” por antonomasia es Antonio López de Santa Anna, que si bien era un acomodaticio político, estuvo en la presidencia del país poco menos de ¡cinco años! Así es, si sumamos la totalidad de meses que ocupo la silla presidencial durante sus once presidencias. Si bien es responsable de muchos males durante la guerra contra Estados Unidos, no debemos soslayar las rencillas internas y casi nulo apoyo que tuvo por parte de varios estados, entre ellos el de México, que negó el envío de tropas en defensa de la geografía nacional. Para entender a este personaje del México decimonónico recomiendo la monumental obra de Enrique González Pedrero, País de un solo hombre: el México de Santa Anna editada por el FCE, de la cual ya se pueden consultar los primeros dos tomos. 

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Una tercer “águila caída” de nuestra historia es sin duda Porfirio Díaz, personaje harto difícil de calificar ya que fue héroe de la Reforma y estuvo en Puebla bajo las órdenes de Ignacio Zaragoza. Seguimos manejando el mito de que la revolución fue para acabar con la dictadura del oaxaqueño, sin embargo para el momento en que inicio el período de mayor lucha, el octogenario estadista ya vivía en Francia y Madero era Presidente. La realidad es que ni fue tan malo, como tampoco fue un santo. Para este personaje recomiendo los dos volúmenes de la obra Hacia el México moderno: Porfirio Díaz de Ralph Roeder también editado por el FCE. 

En conclusión, utilicemos el año 2010 no para inaugurar y bautizar viaductos, puentes, arcos, parques, hospitales, escuelas, estadios, libramientos y cuanta edificación se construya con el apelativo de bicentenario, sino para repensar nuestro pasado y dejar de transmitir mitos y leyendas a nuestros niños y jóvenes estudiantes. Asumamos nuestra mayoría de edad histórica con una nueva interpretación de nuestro pasado. Ni todos los héroes son níveos, ni todos los enemigos son infaustos. Como todo ser humano, están dentro del rango de los grises, poseedores de virtudes y defectos.

¿Cuál revolución celebramos? Punto # 55 de noviembre 20, 2008

20 noviembre, 2008

¿Cuál revolución celebramos?

Luis Recillas Enecoiz

            Una mentira repetida millones de veces se convierte en realidad para los receptores de dicha falacia. La mentira a que me refiero es que se considera la revolución de 1910 como un movimiento unificador que aglutinó a todo los grupos sociales para sacar a Porfirio Díaz de la presidencia.

            El movimiento armado que costó la vida a casi un millón de mexicanos y obligó a emigrar, sobre todo a Estados Unidos, a casi el mismo número de habitantes fue magnificado por un gobierno “emanado de la revolución” que tuvo que justificar su génesis.

            En el fondo lo que buscaban todos los involucrados era detentar el poder. La infantil visión que nos endilgan nuestros profesores, en especial los salidos de las inefables normales, es que Carranza, Madero, Villa, Zapata, Obregón, Calles y otros jefes revolucionarios eran unas finísimas personas llenas de buenos modales. Nada más alejado de la verdad, pues eran en su inmensa mayoría personajes bastante rústicos y carentes de educación.

            Fue el cine el primer crítico de la revolución. Las dos obras de Fernando de Fuentes, Vámonos con Pancho Villa y El compadre Mendoza ponen el dedo en la llaga al cuestionar la revolución. La primera humaniza a Pancho Villa, lo vuelve mortal con fobias y filias, pero sobre todo con sus miedos. La segunda, una verdadera obra maestra del cine mexicano, pone en tela de juicio a todos los involucrados en el mito. La traición del hacendado no representa más que a los arribistas que, sin importarles los medios, buscan el poder político y económico. Otra película sobre la revolución que fue enlatada es La sombra del caudillo, basada en una novela Martín Luis Guzmán que deja muy mal parado al régimen.

Vámonos con Pancho Villa

Vámonos con Pancho Villa

            Los cuestionamientos al evento sangriento de la segunda década del siglo pasado tuvieron en Stanley R. Ross y la obra ¿Ha muerto la Revolución Mexicana? editada en 1966, a uno de los primeros intelectuales en plantear que la revolución no había provisto a los mexicanos de una mejor vida. El libro contiene ensayos de los ex presidentes Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría; el líder del PRI Jesús Reyes Heroles; intelectuales comos Luis Cabrera, Jesús Silva Herzog, Antonio Díaz Soto y Gama y Heriberto Jara; líderes sindicales como Vicente Lombardo Toledano. Algunos de los académicos más connotados de la época: Daniel Cosío Villegas, Leopoldo Zea, Moisés González Navarro y Pablo González Casanova. Los académicos  americanos fueron los “mexicanistas” Frank Brandenberg, Frank Tannenbaum y Howard F. Cline.

            El guanajuatense Jorge Ibargüengoitia desacraliza la revolución con sus obras, menospreciadas en su momento, pero revaluadas al paso de los años. La obra de teatro El atentado sobre la muerte de Obregón; Los relámpagos de agosto, donde mediante la utilización del diario de un general revolucionario descuartiza el movimiento y por último con Maten al león, parodia revolucionaria que escenifica en una isla caribeña, más bien bananera.

El atentado de Jorge Ibargüengoitia

El atentado de Jorge Ibargüengoitia

            Para inicios del siglo XXI, la revolución esta decrépita, desfasada y francamente olvidada. Los festejos que antaño enorgullecían a la clase política del PRI y a sus adalides, que con acongojada voz, nos hacían saber que todavía la revolución tenía que hacerle justicia a los mexicanos, hoy son evitados bajo argumentos baladíes. El nacionalismo revolucionario que amamantó a varias generaciones de mexicanos ya pasó a mejor vida. El PRI ya le aplicó los santos óleos para convertirse en partido social demócrata. ¡La “chaqueta” ideológica en su máxima expresión!

Los conservadores panistas al único revolucionario que veneran es a Francisco Ignacio Madero, apóstol de la democracia. Al paso que va esta efemérides revolucionaria, no entiendo la razón para celebrar su centenario dentro de dos años. La revolución mexicana (así con minúsculas) más que celebración, requiere un obituario.

                                                                                  derchak54@yahoo.com.mx


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