Justicia por propia mano. Punto # 192 de septiembre 29, 2011

Cuando un conglomerado humano de forma tumultuaria llega a ejecutar a un individuo sin que medie juicio alguno implica que el Estado fue rebasado al menos en dos aspectos: el sometimiento de los ciudadanos a un sistema jurídico institucional y reconocido y, segundo, el monopolio legítimo del uso de la fuerza por parte del Estado.

Es más que obvio que en amplios sectores de la población mexicana el “derecho de matar” bajo ciertas circunstancias es una noción arraigada. Las razones han sido poco exploradas y estudiadas de manera sistemática en el entorno mexicano.

La justicia por propia mano o linchamiento tiene aristas psicológicas, sociológicas y antropológicas. Alfredo Santillana de Flacso-Ecuador en su ensayo Linchamientos urbanos: “Ajusticiamiento popular” en tiempos de la seguridad ciudadana apunta lo siguiente:

… los linchamientos pueden ser vistos como una forma de violencia colectiva relacionada con violencias menos evidentes pero altamente influyentes como la desigualdad social y las contradicciones propias de los Estados, cuyo rol en el pleno cumplimiento de derechos es más retórico que real. Desde esta visión, los linchamientos son más que una respuesta visceral al incremento de la delincuencia. Si bien contienen un fuerte componente de espontaneidad y emotividad están profundamente interrelacionados con la experiencia objetiva y subjetiva de la desprotección social.” (Lo subrayado es mío).

La totalidad de estos sucesos suceden en colonias de corte popular, en zonas urbanas marginadas. Tampoco el campo escapa a este fenómeno; Chiapas y Oaxaca han experimentado linchamientos en algunos de sus municipios. Los castigos revisten someter a los “delincuentes” a torturas físicas que van desde las golpizas, apedreamientos, incineración, ahorcamiento, entre algunas modalidades. Los motivos para el juicio popular tiene la mayoría de las veces relación con delitos del fuero común: robo, asalto, violación o delitos menores. En otras palabras es una violencia de pobres contra pobres.

Las formas de violencia social obtienen naturalización en la comunidad, pues las carencias, la precariedad y el sufrimiento van creando una atmósfera fértil para exteriorizar todas esas acciones de “incivilidad”. La aceptación tácita a la violencia intrafamiliar es otra cosecha de ese deterioro.

Los linchamientos urbanos se llevan a cabo bajo una óptica populista que exalta las virtudes de la comunidad frente a la diversidad de intereses que se aglutinan en las grandes ciudades actuales. El miedo une a la comunidad, pero no la cohesiona, pues es fácilmente fragmentada por el mismo miedo. La violencia colectiva que se manifiesta a través del linchamiento urbano aparenta una cohesión social, pero no un acuerdo bien cimentado socialmente para mejorar las condiciones en que vive la comunidad y como fin último, nuevas formas de convivencia social.

El pasado domingo en una comunidad perteneciente al municipio de San Salvador Atenco en el estado de México cuatro raterillos fueron salvajemente golpeados por una turba y dos de ellos murieron a raíz de la goliza. A este linchamiento le podemos sumar el que estuvo a punto de suceder en Atlapulco hace una semana y otros sucedidos en Lerma, Ozumba, Tlalnepantla y Chalco; ni la capital del estado se ha salvado.

La presencia del Estado esta erosionada en amplias porciones del territorio nacional. El hartazgo popular tiende a ser un formidable catalizador de la violencia social. De llegar a crecer la cantidad de linchamientos será muy difícil de apaciguar el enojo comunitario. La semilla está germinando a pasos agigantados en el estado de México; de no tomarse decisiones radicales en aspectos de seguridad, en poco tiempo las escenas dantescas de un linchamiento serán cotidianas.

En mi primera columna del 2010 toque el tema. Resulta frustrante volver a escribir sobre él. Lo único que muestra ésto es que la solución está lejos de darse.  https://eltoneldediogenes54.wordpress.com/2010/01/08/barbarie-en-el-estado-de-mexico/

¡Extra! ¡Extra! “No nos extrañe que se multiplique la violencia en el país, las etapas de la violencia van creciendo y se fomentan por el desprecio a la vida desde el inicio.” Ahora resulta, según la declaración del jerarca católico Norberto Rivera Carrera, que la ola de violencia que padecemos los mexicanos en todo el territorio nacional es directamente resultado de que hemos legislado a favor de la interrupción del embarazo antes de las 12 semanas. Para información del tendencioso prelado, los países nórdicos, pioneros en los derechos sexuales de las mujeres son los países menos violentos del orbe. Aún con la masacre noruega de julio pasado.

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