Mezclarse es benéfico (2a. parte). Punto # 184 de agosto 4, 2011

Para erradicar la xenofobia y el racismo, la educación ha de orientarse hacia el fomento de la interdependencia y la cooperación entre los pueblos para favorecer la universalidad, el reconocimiento reciproco de las culturas y una síntesis sociocultural nueva. Dicho de otra manera: es preciso promover la idea de la diversidad cultural, la igual validez de todas las culturas, el interés por otras culturas como fuente de enriquecimiento personal y social y la presentación de la sociedad multicultural como la sociedad del futuro.

La educación intercultural y multicultural tiene como motivación principal la lucha contra la discriminación y la desigualdad bajo todas sus hirmas.
El interculturalismo es un proyecto pedagógico cuyo objetivo último debe ser la plena integración social de las minorías étnicas y la eliminación de toda fuente de discriminación. Trata de lograr una convivencia armónica y estable entre culturas distintas y parte del postulado que una auténtica comunicación intercultural solo es posible sobre las bases de la igualdad, la no-discriminación y el respeto a la diversidad. La educación debe dirigirse entonces a todos los niños, colocándolos en las mismas condiciones y a perseguir para todos los mismos objetivos finales.

Se dice que quien no conoce la historia está condenado a repetirla; y pareciera que el mundo en el que vivimos, inmerso en un acelerado proceso de “modernización”, se ha olvidado de ello y ha sido incapaz de borrar del presente problemas tan graves como el racismo y la xenofobia, que aunque motivaron grandes injusticias del pasado, aun permanecen vigentes. Es increíble ver como en un mundo que se autodenomina civilizado, términos como el de raza subsisten, y a pesar de que la misma ciencia en que se basa nuestra civilización haya demostrado que este concepto carece de fundamentos, seguimos clasificándonos por nuestras diferencias biológicas.

Pienso que racismo y xenofobia son producto de la curiosidad y del miedo que nos inspira el otro; de la inseguridad que sentimos ante lo desconocido, y que nos lleva a clasificarnos para ubicar nuestro lugar y el del otro con respecto a nosotros. Nos definimos a partir del otro.

El racismo y la xenofobia son constantes en el pensamiento y en el desarrollo histórico de la humanidad, pues desde mucho tiempo atrás se han hecho clasificaciones de los hombres por sus características físicas y por el desarrollo material y económico ligado a los grupos que comparten dichas características. De ahí que una vez establecidas las diferentes razas, se haya establecido también una jerarquía de las mismas, asignando una superioridad a la raza blanca surgida no de su naturaleza biológica, sino de su proceso histórico. Esta superioridad daría origen posteriormente a la creencia de que todos los productos de la raza blanca, su sociedad y su cultura son superiores a la de cualquier otra raza.

El racismo y la xenofobia sólo encuentran fundamentación en el poderío material o militar que determinado grupo étnico adquiere, y que lo hace capaz de dominar a otros grupos étnicos. Este ejemplo lo podemos encontrar en el proceso de conquista que se dio en América durante el siglo XVI. Mientras que en el contexto del mundo prehispánico, aunque las diferencias físicas entre los pobladores de Mesoamérica no fueran tan marcadas, sí se podía establecer una especie de racismo o xenofobia entre los diferentes pueblos que cohabitaban la región, de acuerdo a la relación de grupo dominante y grupo dominado. Sin embargo, a la llegada de los españoles, la supremacía de los artefactos bélicos de los ibéricos frente a la de los nativos americanos permitió que se diera la conquista; y con ello una nueva jerarquización de razas en el continente. Así, el español pasó a ser miembro de una raza superior y los indígenas fueron agrupados en una raza general, igualando a los antiguos dominados con los dominadores en una raza inferior.

A lo largo de la historia ha habido una gran cantidad de muestras de racismo, como el racismo nazi y el holocausto judío; el racismo estadounidense hacia los grupos afroamericanos o latinos; o la política del Apartheid implantada en Sudáfrica en el siglo pasado por alrededor de casi medio siglo.

La diferencia entre racismo y xenofobia se encuentra en que esta última proclama la segregación cultural y acepta a los extranjeros e inmigrantes solo mediante su asimilación sociocultural. Creo que separar o marginar a un grupo de personas por su cultura es equivocado, y que esto lo hacemos, como mencioné anteriormente, por el miedo que nos da lo desconocido, la “otredad”. Pienso que tememos al extranjero porque al llegar a nuestro país se convierte en un competidor con el cual no podemos rivalizar, pues su cultura es diferente a la nuestra; además de que representa un “peligro” para nuestra identidad.

Considero que en la actualidad no podemos seguir pensando en el racismo y en la xenofobia como criterios válidos de exclusión social. El concepto de raza carece de importancia en la actualidad pues se ha demostrado que no hay diferencias genéticas entre la humanidad que puedan establecer las bases de una superioridad, además, ya no existen razas puras. Debemos entender que las diferencias físicas son muestras de la diversidad de la “raza” humana, y no criterios de clasificación de los grupos sociales, ni mucho menos muestras de superioridad o inferioridad. Debemos comprender también que el desarrollo histórico y económico de determinados grupos no justifica la discriminación hacia otros grupos que han sido menos favorecidos. Hay que aprender ante todo a aceptar las diferentes culturas por lo que son en sí mismas, y no con respecto a otras.

En un mundo que se jacta de un gran avance técnico y social, deben privar los valores del respeto y la tolerancia para que el pasado y sus errores no vuelvan a repetirse, para que de una vez y para siempre podamos aprender a vivir como iguales en la diversidad. Por ello es que mezclarse es benéfico.

¡Extra! ¡Extra! Eureka por el país que habitamos. Seguimos produciendo pobres que da gusto. Según el CONEVAL somos cerca de 53 millones de individuos que van desde la miseria y falta de recursos para mínimamente poder comer como ser humano hasta la pobreza de ingresos y servicios. Lástima que no miden la pobreza intelectual y educativa porque tendríamos a la inmensa mayoría de nuestro pueblo en este rubro. Pero eso sí, nuestros egregios líderes pasean por el Centro Histórico de la Ciudad de México las osamentas que nos dieron patria y fustigan al respetable con discursos donde la culpa de nuestra pauperizada economía familiar siempre es de otros, sobre todo si son extranjeros.

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