Pasaporte. Punto # 157 de enero 20, 2011

En mi columna de la semana pasada publiqué una breve semblanza de Josely Arisi, mi madre. Estoy a punto de iniciar una escueta biografía  sobre su “novelesca” vida; claro, es una biografía histórica. Ya veré si tengo la capacidad para volverla una obra literaria. Continuaré publicando efímeros recuerdos que guardo de ella o descripciones de situaciones que me acercaron a ella. Un acercamiento, por obvias razones, post mortem. Así fue mi encuentro con su pasaporte. Con mi pasaporte. Con nuestro pasaporte. Resulta, y esta es otra historia, que en 1984 contacté una familia en el estado de México, de ascendencia francesa,  que conoció y dio amistad a mi madre durante su estancia en México. Sin saber la razón, pues no les pregunté, esta familia guardó el pasaporte de Josely por más de 25 años. ¿Habrá sabido que tarde o temprano me presentaría a preguntar por su vieja amiga? ¿Fue un reflejo de cariño hacia una amiga fallecida en soledad y lejos de casa? ¿Fue un trofeo tangible de su solidaridad con una coterránea? Vaya uno a saber. El caso es que ese documento de marras es toda una joya documental.

Mi primer pasaporte y mis primeros viajes. Aún sin recuerdos de todas las ciudades mencionadas en el pasaporte, mi memoria sí conservó rúbrica de sus olores, sabores, sonidos y colores. En mi más tierna infancia fui viajero frecuente junto con mi madre. Hay algo en el aire que uno respira en su terruño de nacimiento, que aún después de muchos años y a pesar de abandonarlo, queda incrustado en nuestra psique más “primaria”.  Patrick Süskind lo explica de forma maravillosa cuando describe el nacimiento de Jean-Baptiste Grenouille en el mercado de Les Halles al comienzo de la novela El perfume. Esos primeros segundos o minutos en los que atrapamos nuestra primera bocanada de aire fresco marca, estoy seguro, nuestra vida. Es un sino que marca el derrotero que nuestra biografía tendrá con el sitio de nuestro nacimiento. Aquí hablo del lugar geográfico, no de aquel donde nos criamos, influencias, ambas, que nos marcan de forma diferente y a niveles disímbolos.  Intercambios requeridos para entender el entorno que capté en mi más tierna infancia y que son rúbrica indeleble de mi paso por esas tierras.

Mi primer pasaporte lo compartió mi madre conmigo. Más bien, yo viajaba como menor de edad acompañando a mi madre; lo pude recuperar treinta años después. Es de los antiguos pasaportes franceses que tenían en la portada un par de ventanillas para poder leer el apellido del propietario, en la parte media superior, y el número del documento, en la inferior. Fue expedido en Tánger, Marruecos el 3 de mayo de 1955 para expirar tres años después, el 2 de mayo de 1958. Hay un refrendo dado en México, D.F., el 3 de junio de 1958 que expiraría el 2 de junio de 1961. En la tercera hoja la sonrisa franca de unos labios bien pintados y dientes perfectos me saluda. Las cejas fuertemente delineadas y un peinado similar al utilizado por Rita Hayworth. Desde mi nacimiento, un año antes de la expedición del pasaporte, hasta agosto de 1959, fecha de su fallecimiento,  decenas de sellos de visas llenan todas las hojas que les corresponden. En ellos se leen nombres tales como Arbaoua, Larache, Bundesrepublik  Deutschland, Cuesta Colorada, Paris, Tetuán, Montreal, Oujda, Schweiz, Tánger, Algeciras, Irun, Rabat, Cádiz, Basel, Puerto Trujillo, República Dominicana, Habana y finalmente Veracruz. Y aquí en México se empezó a joder la historia. Pero eso ya lo contaré en la biografía.

¿La conocí? Claro que sí, pero ya siendo yo un adulto en busca de mis ascendentes. ¿Me acuerdo? Casi nada. Algunos fragmentos inconexos y confusos. La verdad es que la conocí ya adulto cuando inicie la búsqueda de mis orígenes. Embajadas, consulados, archivos y varias entrevistas en tres continentes y media docena de países con personas que la conocieron, han permitido ir uniendo las piezas del rompecabezas en que se convirtió mi vida. Un rompecabezas del cual he ido juntando piezas sueltas aquí y allá. Sin embargo todavía muchas piezas siguen reacias a ser encontradas. Otras, probablemente, nunca las encontraré.

El pasaporte me ha dicho mucho sobre la personalidad de Josely, pues al estudiar con detenimiento y con una lupa cada uno de los sellos en el documento me ha permitido ir haciendo un mapa cronológico de esos cinco años que cubren el documento.

Suicidio involuntario. Se suministró una sobre dosis de insulina para provocarse un shock; de ese modo las autoridades mexicanas le tendrían que extender el permiso de estancia en el país que a punto estaba de expirar. Ya le había funcionado una vez. La segunda fue fatal. La insulina en dosis adecuadas para combatir la diabetes es maravilla curativa; 10 c.c. de ella son mortales. Ambos caminábamos sobre avenida Cuauhtémoc sobre la acera del panteón a media cuadra del viaducto Miguel Alemán. De repente pierde el conocimiento y casi frente a la entrada al panteón Francés, cementerio donde será enterrada, se desvanece. Tengo 5 años y no hablo una palabra de español. Varias personas la suben a un taxi y a mí con ella según recuerdo muy vagamente. Nos llevan a un puesto de socorros de la Cruz Verde a dos cuadras del cementerio en la esquina de Obrero Mundial. Coincidencias de la vida. Muchos años después busqué su tumba, pues según algún documento oficial que encontré la enterraron en el panteón frente al que perdió su lucha con la vida, pero nunca la encontré.

¡Extra! ¡Extra! Para que Alonso Lujambio se haya auto destapado como pre candidato a la presidencia para el 2012 es signo inequívoco de que la caballada en el PAN, más que flaca, es inexistente.

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