Festejos patrios del 2010 Punto # 135 de julio 29, 2010

La pasada semana el Secretario de Educación, Alonso Lujambio, anunció que los festejos del Centenario de la Revolución y Bicentenario de la Independencia estarán bajo su mandato y ya no de la Secretaría de Gobernación.

En rueda de prensa el funcionario destacó la absoluta transparencia y rendición de cuentas del manejo del fideicomiso de los recursos por más de dos mil 900 millones de pesos para la conmemoración de los 200 años de México como nación libre. Sin embargo olvidó mencionar la forma vertical y centralista que estas celebraciones tendrán al estar bajo la batuta, no solamente de él como Secretario de Educación Pública, sino que será una fiesta defeña y capitalina.

José Manuel Villalpando y su equipo seguirá al frente de la comisión para la celebración. No es mucho lo que han podido hacer hasta la fecha: una treintena de documentales, el portal del Bicentenario (reconozco que esta bien organizado y tiene información acertada, pero bastante superficial), la edición por parte del FCE del libro Historia de México (varias reseñas sobre la obra la consideran sesgada y poco integrada), buenas exposiciones (entre ellas, México en tus sentidos), la exhumación de los restos de nuestros héroes de la Independencia (restos óseos a los que no se les aplicó un análisis de ADN para asegurarnos su verdadero origen), el espectáculo 200 años de ser orgullosamente mexicanos, el notable concurso Ópera prima, las voces del Bicentenario (transmitido por Canal 22 para un público selecto y poco numeroso), en fin. Hay trabajo hecho, pero parece muy limitado dada la importancia de la fecha.

No es un secreto que la Revolución Mexicana permite varias lecturas y su trascendencia y aceptación no fue uniforme. Tal vez no sucede lo mismo con los eventos independistas ya que hay una opinión homogénea al respecto. La revolución, sin embargo no posee la misma interpretación. Baste leer el excelente libro de Luis González y González, Pueblo en vilo, donde la vorágine revolucionaria no fue muy bien vista por los habitantes de San José de Gracia, Michoacán. Similar análisis sucede en varios puntos de nuestro país. La revolución no fue tan monolítica como nos quieren hacer ver: fueron muchas revoluciones. Existen varias voces (Adolfo Gilly, Allan Knight, Jean Meyer o François-Xavier Guerra) que disienten de la interpretación oficial y manifiestan que no fue tan buena, tan positiva ni tan consensual. La revolución fue demasiado heterogénea. Los iniciadores, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata o Pascual Orozco representan intereses muy localistas, sin visión integral para todo el país. La utilización de adjetivos para describir nuestra guerra interna varían: intervenida, interrumpida, parcial, popular, progresista o agraria. Hubo varias revoluciones con sus matices y características regionales muy particulares. Emiliano Zapata no es Pancho Villa pues sus reivindicaciones sociales y económicas tienen más diferencias que similitudes; al igual que Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles no comulgan con Venustiano Carranza en su visión de nación. No es un secreto que todos los héroes revolucionarios se convirtieron en acérrimos enemigos y se masacraron entre sí, aunque a la postre los enterramos a todos en el Monumento a la Revolución, cual si hubieran guerreado en el mismo bando. La guerra fratricida que se inicia a la caída de Huerta enemistó a los constitucionalistas con los convencionistas. Carranza y Obregón contra Villa y Zapata. A la larga, hemos hecho de nuestra revolución un mito y a muchos de los protagonistas los hemos elevado al santoral cívico. El mito oficial postuló una imagen realmente errónea: la de una historia revolucionaria de consensos, un movimiento unificado que en realidad nunca existió. Ya en alguna ocasión un diputado, al referirse a los nombres de los próceres revolucionarios escritos con letras en oro en la Cámara de Diputados, comentó “ese parece más bien un templo de Huitzilopochtli” (la cita la tomo de una entrevista con Alan Knight).

Para la celebración, dijo Lujambio, se declarará el 15 de septiembre día no hábil y el 16 se celebrará con desfile de 30 carros alegóricos, conciertos para todos los gustos, una chinampa y participarán más de siete mil 500 voluntarios, a fin de que el festejo sea inolvidable. El mensaje deja más dudas y preguntas que buenos cimientos para sustentar una revisión de nuestra guerra intestina. El objetivo es que los mexicanos tengan tiempo para desplazarse a la capital a presenciar el gran desfile que se llevará a cabo en el Paseo de la Reforma y concluirá en el Zócalo capitalino. Supongo que los cachanillas o meridianos tendrán que tomar forzosamente un avión para llegar a las celebraciones, porque de venir en camión llegarán para las celebraciones del 20 de noviembre. Fecha, por cierto, en que se reabrirá el Palacio de Bellas Artes. Irónico que para celebrar la revolución tome el gobierno una obra porfiriana por antonomasia para celebrar la revolución.

Otro anuncio del secretario Lujambio fue que a mediados de agosto se abrirá el Palacio Nacional para que todos los mexicanos (supongo que para los que habitan en el Distrito Federal y ciudades aledañas, porque a los que viven en Oaxaca, Baja California Sur o Tamaulipas les será materialmente imposible trasladarse a la capital) tengan oportunidad, por primera vez en la historia, de conocer además de ese inmueble la oficina del presidente, los salones de embajadores y el recinto constitucional de 1857.

Alonso Lujambio explicó que en 1953 se creó lo que hoy es el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) como órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, por decreto presidencial a partir del 1 de julio de 2010 dependerá de la SEP, como órgano desconcentrado, al igual que la Comisión Ejecutiva de los Festejos del Bicentenario y Centenario. En otras palabras el centralismo absoluto y vertical para celebrar de forma exclusivamente capitalina y chilanga nuestras efemérides centenarias.

Al igual que en 1910 ahora, en 2010, se tiene un México autoritario y centralista. En un México que se supone una nación democrática y plural y donde se debería aprovechar esta oportunidad que se presenta cada 100 años para reflexionar y mejorar, el Estado Mexicano mediante el gobierno panista actual continúa sin entender la pluralidad de los muchos méxicos que conforman esta geografía. La forma como el Estado Mexicano quiere homogenizar los festejos denota una total y absoluta carencia de democratización e interpretaciones históricas que difieran de la oficial.

¡Extra! ¡Extra! El proyecto Discutamos México llegó a la emisión de su programa 78. Aplaudo el esfuerzo, pero sobre todo la diversidad y pluralidad de voces invitadas a los programas. Los hay excelentes, buenos y algunos bastante malitos. Sin embargo en conjunto el propósito de los programas, al menos para este historiador, tiene muchos aspectos positivos. Gran porcentaje de ellos son bastante profundos y gratifican el intelecto.

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