Positivos y optimistas ágora mexiquense segunda quincena de febrero 2010

Hace unos días los integrantes de la cofradía responsable de publicar ágora mexiquense tuvimos la oportunidad de intercambiar, confrontar y debatir asuntos que a todos los mexicanos afectan. Sin que seamos seguidores del dictado presidencial que Calderón echo en cara a embajadores y cónsules a principio de año, hay que hablar bien de México, llegamos a la conclusión que buscaremos, aunque tengamos que hacerlo bajo las piedras del desierto de Altar en Sonora o bucear los arrecifes del Caribe maxicano, los aspectos positivos y el lado optimista de nuestra realidad cotidiana.

Recuerdo a un viejo anuncio televisivo, creo que era de un banco, donde se presentaba un vaso a medio llenar y se hacía la pregunta sobre la perspectiva que cada quien podía tener del vaso: medio lleno o medio vacío. Nuestra búsqueda de un México idílico parecido al primer mundo sin carencias y con equidad serían como ver el vaso medio lleno: referente continental, potencia deportiva, mediador internacional, promotor  y gestor cultural, interlocutor fiable, responsable financiero, líder mundial, cuna tecnológica, etc. pues no existe. Sin embargo tenemos otra opción o perspectiva, la de verlo medio vacío: líder centroamericano, exportador de maquila y productos ensamblados, propietario de infinidad de recursos naturales para los cuales no poseemos la tecnología nos permita optimizar su explotación, una cobertura educativa casi total, pero cualitativamente impresentable. Bueno, pues al igual que con el vaso, la problemática de México también tiene sus interpretación según veamos el país.

Me costó trabajo, pero sí encontré algo muy positivo y le dio un espaldarazo a mi casi inexistente optimismo: Se empieza a decir la verdad y dejar de lado la hipocresía. El primer requisito para lograr restituir y cambiar los aspectos y comportamientos que nos impiden crecer como país es poner el dedo en la llaga; decir sin cortapisas lo que no funciona. Y parece ser que en México decir la verdad no es virtud. Recién vivimos dos episodios que muestran la importancia de decir sin eufemismos la enfermedad que nos aqueja. Obvio, lo que en otras geografías sería recompensado con agradecimiento por  mostrar deficiencias al gobierno en turno, para que éste, de acuerdo a sus atribuciones y obligaciones, ejerza de la mejor manera la función para la que fue creado: estar al servicio, beneficio y órdenes de la ciudadanía.

El affaire de Javier Aguirre, del cual, estoy seguro, mis contados lectores saben de sobra los detalles es uno. El otro concierne al relator especial sobre el Derecho a la Educación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Vernor Muñoz , quien exteriorizó: “La Secretaría de Educación Pública (SEP) permanece subordinada al sindicato magisterial, encabezado por Elba Esther Gordillo, lo que representa una obstrucción  al avance educativo en México”. La embestida contra el diplomático nunca incluyó descalificación alguna por la crítica hecha al sistema educativo mexicano, sino por no informar primero a la SEP que a la prensa sobre las conclusiones del reporte.

Ambos eventos tiene como común denominador que los dos personajes, Aguirre y Muñoz no esconden la verdad y llaman a las cosas por su nombre. Adjudican responsabilidades a aquellos que las tienen y critican las deficiencias encontradas. Pero inmediatamente salieron los patrioteros que proponían linchar al entrenador de la selección nacional;  y Alonso Lujambio, Secretario de Educación Pública, casi se quería comer vivo al representante de la ONU. El enojo llegó a tal grado, que se estudia el envío de un extrañamiento por parte de la secretaría de Relaciones Exteriores.

Algo bueno estamos comenzando a presenciar en el país. El sol no se puede tapar con un dedo. La madre juarense que increpó a Calderón y le espetó que no era bienvenido a Ciudad Juárez, manifestó una gran verdad compartida por muchos fronterizos. Con Aguirre y Muñoz fue lo mismo, dijeron verdades inobjetables basadas en hechos y lograron, por ser figuras públicas, ser portavoces del sentir de un gran porcentaje de mexicanos. ¡Qué bueno que en México decir la verdad ya comience a ser visto como virtud! Ser testigo de cambios en los hábitos que permeaban en la sociedad por otros orientados a la democracia y la civilidad revitalizan mi deteriorado optimismo.

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