Sueños mundialistas ágora mexiquense primera quincena de diciembre 2009

El 4 de diciembre pasado tuvo lugar en Sudáfrica el sorteo de grupos del próximo Campeonato Mundial de Fútbol avalado por la FIFA. Los 32 equipos invitados al evento fueron divididos en ocho grupos de cuatro naciones cada uno.

A México lo acompañarán el país anfitrión, Sudáfrica, Francia y Uruguay. Más allá de si el equipo nacional puede o no pasar a la siguiente ronda del certamen, mi escrito versa sobre la psicología que nutre al imaginario colectivo mexicano, caracterizado por un comportamiento harto repetitivo y cíclico que alimenta nuestro inconsciente.

Todos los aficionados al fútbol en el mundo “echan numeritos” para predecir el lugar en que quedará su equipo. Varios, sin pudor alguno, imaginan a su equipo disputando la final: brasileños, ingleses, argentinos, alemanes, franceses, italianos u holandeses pueden sustentar sus sueños futboleros en hechos tangibles realizados por sus selecciones en campeonatos previos. Son equipos con un bagaje futbolero que posee trascendencia histórica y deportiva. En cuanto torneo son invitados o al que clasifican, continuamente ocupan los primeros lugares. Son selecciones que han disputado finales de Copa del Mundo y, por meritos propios, son serios contendientes a ser campeones del mundo.

Otros más, conscientes de las limitaciones logísticas, económicas, deportivas y sociales tienen que luchar contra las estadísticas y la historia para romper inercias futboleras. Equipos cuyas hazañas no pesan tanto y se consideran animadores de la justa deportiva y son poco viables a obtener el título: Uruguay, Nigeria, España, Paraguay, Portugal y México. Claro, siempre puede suceder algo que rompa con los cánones establecidos: Grecia, campeón de Europa hace unos años, Uruguay que derrota a Brasil en el Estadio de Maracaná en 1950, México que se erige en campeón del mundo sub 17 hace en 2005, la eliminación del campeón del mundo, Francia, en primera ronda en 2002 o alguna otra situación “ilógica” para los fanáticos que se dicen conocedores.

Otro grupo de aficionados está conformado por individuos que saben muy bien que las posibilidades de su equipo de salir campeón del mundo son mínimas y a lo más que aspiran es a apoyar a sus respectivas oncena durante la fase inicial y a pasar un buen rato y soñar con que los jugadores hagan sufrir un poco al adversario. Conscientes están de las limitaciones futbolísticas de los integrantes del equipo, motivo por el que circunscriben sus loas deportivas. Por lo general estos fanáticos siempre tienen a otro equipo, uno verdaderamente competitivo, con el cual sustituir sus aspiraciones campeoniles. Ejemplo de ello fue el total apoyo que recibió el equipo verde – amarelha de Brasil durante la Copa Mundial México 70 en la final ante Italia.

Apostar todas las cartas a equipos o jugadores incapaces de cumplir y llenar las aspiraciones deportivas del respetable son en automático reemplesadas por otras que sí podrán cumplir con el paquete. No es secreto, que necesitados de héroes deportivos los mexicanos en materia futbolera, siempre hemos tenido al equipo brasileño como sustituto del nuestro. Ni Argentina logra los niveles de aceptación que Brasil ha cosechado entre la afición mexicana. 

Identificarse con individuos que sobresalen y logran hazañas que el común de los mortales somos incapaces de emular es parte de nuestra defensa inconsciente. Subirse al mismo carro donde viaja el campeón o codearse con personas “ilustres” es el mejor antídoto para la mediocridad. Ser visto junto al político, deportista, actor o actriz, en fin, con una celebridad reduce nuestros índices derrotistas. Por ello es primordial que el equipo mexicano de fútbol haga un papel decoroso en Sudáfrica. Los niveles de desencanto y frustración que padecemos los mexicanos, sólo serán paliados, al menos durante un breve periodo, con las victorias que la selección mexicana logre el próximo año. A más victorias, menores sinsabores.

Por desgracia la publicidad que nos bombardea invita a todos los habitantes del país a “ponerse la verde” y a creer que la patria está en juego. Más que apoyar a los futbolistas, lo que se debe privilegiar es la educación y un amor a la patria sustentado en el conocimiento histórico y cultural del terruño. En la creación de un ente ciudadano y de civilización que nos permita sentirnos orgullosos por lo que somos como sociedad y no por las hazañas futbolísticas de un puñado de mexicanos. Debemos predicar por enaltecer a todos los mexicanos como un conglomerado maduro y exportador de cualidades sociales y no, como lo pregonan los medios de comunicación, responsabilizar a once legos de las peripecias o aciertos nacionales.

Gratifica, no lo niego, que un equipo representativo de México gane una competencia mundial, pero de allí a creer que once jugadores de fútbol tengan por obligación llevar a cuestas el honor y dignidad nacionales, dista mucho de lo que como país merecemos. Los sueños mundialistas, sin embargo, alimentarán a la mayoría de nuestros connacionales, hasta que, como siempre ocurre, seamos bajados de la nube en la que nos subimos, y aterricemos de bruces en nuestra realidad deportiva y retomemos nuestras intrascendentes vidas llenas de vicisitudes y comencemos el nuevo ciclo que cada cuatro años alimenta nuestro ego deportivo nacionalista. 

Faltan seis meses para que nuestro sueño se haga realidad o volvamos a nuestra cotidiana pesadilla. Por eso los sueños son alimento de nuestro espíritu.

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