El futuro de México ágora mexiquense segunda quincena de noviembre 2009

De vivir en cualquier otro país del mundo y ponerse a leer los artículos de fondo de los varios analistas y politólogos en la prensa nacional nos remite a mirar el país con mucho recelo. No importa el medio impreso escogido para empaparnos de la problemática local; todos tienen una perspectiva a corto y mediano plazo sumamente pesimista, sino es que catastrofista.

La falta de dirección del gobierno calderonista aunado a la ausencia de proyecto de nación, el cual debió haber sido creado y sustentado hace doscientos años, nos muestra una nave a la deriva. Los vaivenes cíclicos de la economía, de la política y de los avances tecnológicos nos zarandean cual bote de vela en mar embravecido.

Nuestra “guerra interna”, por cierto bastante sui generis, nos ha sumido en una desazón y desconfianza no vistas desde la revolución. Sin llegar a los horizontes que la generación de inicios del siglo XX vivió, la actual estamos a merced de un entorno francamente preocupante. Si bien la guerra intestina de la segunda década del siglo pasado tuvo un desenlace que donde la población oteaba una mejoría social y personal, la actual sólo muestra un atisbo nublado en el porvenir de la nación.

No hemos sabido sustentar un proyecto de país. No somos capaces de sacudirnos el pasmo histórico que llevamos cual cicatriz en nuestra historia. Buscamos justificar nuestro pasado sin mirar el futuro. La inefable característica del mexicano de dejar “a la buena de dios” el futuro se convirtió en un lastre para el crecimiento de México. Nunca nos hemos atrevido a salir al mundo y ser parte intrínseca de las naciones líderes. Bajo el pueril argumento de que nuestra constitución protege la soberanía nacional no accedemos a competir con otras naciones y compartir las responsabilidades que un país considerado entre las veinte potencias mundiales debe asumir.

La ausencia de liderazgo en el ámbito interno y la nula presencia mexicana en el exterior engloba una situación lamentable. Salvo nuestra preeminencia para expulsar a nuestros conciudadanos a los Estados Unidos, dadas las deplorables condiciones en que viven en México, no somos materia de interés a nivel mundial y al paso que vamos ni para la inversión extranjera. Con un nacionalismo chapado a la antigua impedimos le crecimiento de nuestra economía lo que se traduce en ínfimos niveles de bienestar para los mexicanos. Nuestra soberanía con tufo decimonónico más que promover el crecimiento, impide aplicar políticas que fortalezcan nuestra economía y se conviertan en bases para incrementar el nivel de vida de toda la población.

Ya en artículos anteriores manifesté lo prioritario que es analizar nuestro pasado y sentar bases para el futuro de México dado que estamos a un año de las fiestas centenarias. Sin embargo no vislumbro en el horizonte cambio alguno que nos lleve a puerto seguro. Seguimos sin ponernos de acuerdo sobre el futuro que queremos para nosotros y nuestros hijos. De seguir así, el futuro será funesto y la viabilidad de continuar existiendo pronto desaparecerá. Los países no viven eternamente a menos que vayan adecuando su existencia a los retos y desafíos que el mundo nos muestra. Pensar que el país existirá como tal hasta el fin de los tiempos sin cambio alguno tiene bases muy endebles. Allí está la desaparición de la Unión Soviética y la partición de varios países europeos para dar nacimiento a innumerables estados; algunos con rancia historia, otros noveles naciones.

Creer que un ente territorial no sufrirá cambios posee tintes infantiles. La real politik nos ha mostrado a través del tiempo y de la historia que a menos que se sustente en bases firmes, los estados tienden a desaparecer. Algunos se dividen (Checoslovaquia y Yugoslavia); otros son absorbidos por el más fuerte (Québec); unos más sufren implosiones (Unión Soviética); y los más se independizan (África subsahariana).

Varios estudiosos del país han vaticinado que México sufrirá divisiones en su territorio. Juan Enríquez Cabot, actualmente profesor en Harvard, lo ha manifestado en artículos y en varios de sus libros. A pregunta expresa sobre ¿qué pasará con los países que se resistan a usar las ciencias de la vida?, contesta sin dudarlo, “los países que teman tanto esto hasta el punto de decir que nunca las usarán van a repetir lo que hicieron los países que le temían a la revolución industrial: siguieron haciendo todo a mano y desaparecieron”.

Nuestra endeble y paupérrima educación que no busca salvo erradicar el analfabetismo, transforma a nuestra en niñez y juventud en analfabetos funcionales y no en entes críticos y creadores de ideas innovadoras. Por lo que respecta a la educación privada, ésta se enfoca al aspecto pecuniario exclusivamente. Contamos con un número limitado de instituciones de educación donde el pensamiento es el eje sobre el que descansa la educación: Colegio de México, CIDE, algunos institutos de la UNAM, Cinvestav del IPN, etc. Para una población que ya alcanza ciento diez millones de habitantes es risible la cantidad de “think tanks” nacionales existentes. O damos un viraje que se traduzca en realmente educar a nuestras futuras generaciones o el país desaparecerá a la larga. La dependencia tecnológica y científica que padecemos aunado a la fuga de cerebros que hoy en día mina el futuro del país creará fisuras imposibles de sanar. Todavía estamos a tiempo, sin embargo no disfrutamos de mucho tiempo para ello. O cambiamos en poco tiempo o padeceremos descalabros nacionales que probablemente nos orillen a desaparecer como nación. Ojala me equivoqué, pero las señales son en sentido opuesto: México tal y como es actualmente y como nación inmersa en un mundo globalizado no tiene las herramientas para vivir en él.

 

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