La divulgación del quehacer histórico La calle de octubre 3, 2009

 

La divulgación del quehacer histórico 

Con esta entrega inicio mis colaboraciones semanales para el cotidiano La calle donde me dedicaré a la divulgación de aspectos históricos de México. Con motivo de las efemérides centenarias que celebraremos el año entrante: bicentenario del inicio de la independencia y centenario del comienzo de la revolución, los amantes de Clío, musa de la historia, tendremos cabida en muchas publicaciones periódicas. 

Resulta de una inocencia, rayana en el infantilismo concebir nuestras efemérides centenarias mediante el bautizo de calles, hospitales, viaductos, parques, escuelas, libramientos, arcos y cuanta obra se construye en el país con el apelativo de bicentenario. Nada más falta tener un paso peatonal bicentenario. Llegará el momento que existan tantas obras bicentenarias que no sabremos a cual nos referimos. Menudo favor le hacemos a la historia de México celebrando de modo tan ramplón nuestro pasado. Maduremos y reconsideremos nuestro pasado como adultos y no como niños de primaria. Mejor homenaje se le hace a un prócer estudiando su biografía e imitando su magnificencia que nombrando construcciones de toda índole. El Dr. Mario Molina se enorgullecería mucho más de proceder el gobierno estatal a elevar los niveles educativos y tener otro mexicano merecedor del Premio Nobel, que bautizando alguna escuelita con su nombre como lo es el inefable CBT No. 2 Dr. Mario José Molina Enríquez (sin h).

La historia nacional, materia desdeñada por antonomasia por nuestros egregios líderes, recupera algo de su importancia dada la trascendencia de la fecha. No por ello esta columna será repetidora de mitos y leyendas, y menos todavía de la historia de bronce, como la llamara uno de los más ilustres historiadores mexicanos del siglo XX, el michoacano don Luis González y González, autor de Pueblo en vilo, donde plasma la historia de su matria – término acuñado por su intelecto – el pueblo de San José de Gracia y obra génesis de nuestra micro-historia nacional. 

don Luis González y González durante su ingreso al Colegio Nacional

don Luis González y González durante su ingreso a la Academia Mexicana de Historia

Cuestionaré en las próximas entregas las necedades históricas que nuestros libros de texto gratuito repiten sin pudor alguno sobre nuestros héroes, cual si fueran santos impolutos y pertenecieran a un santoral cívico donde la perfección los caracteriza. Por otro lado matizaré a los antihéroes o “aguilas caídas” como los nombra otro gran historiador y literato mexicano, Héctor Aguilar Camín, a cuya pluma se debe La frontera nómada: Sonora y la Revolución Mexicana. Personajes éstos, harto difíciles de clasificar y contrarios a los anteriores, pues son enviados al cadalso histórico sin análisis biográfico alguno, verbigracia Hernán Cortés, Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna, Maximiliano I, Porfirio Díaz, Plutarco Elías Calles y varios más. Y que quede muy claro, mi intención al asumir esta tarea de divulgación histórica, no es justificar la que la derecha ha propuesto, sino ubicar en su verdadero contexto histórico las filias y las fobias que como cualquier ser humano tuvieron.

Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

También nuestros héroes deben ser estudiados con todas sus debilidades y fortalezas, empezando por Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, el infaltable Benito Juárez García, Francisco Ignacio Madero o Lázaro Cárdenas por mencionar un puñado de ellos. 

Es menester ampliar nuestra visión histórica y concentrar nuestra atención en los eventos y los hechos que los influyeron en la toma de las decisiones que a la postre afectaron la vida nacional hasta nuestros días. Debemos contextualizar adecuadamente la trascendencia achacada a estos egregios personajes, “buenos” y “malos”, que por sus actos definieron el rumbo del país. Requerimos redefinir nuestra historiografía y asumir nuestra mayoría de edad histórica dejando de lado los extremismos biográficos que han caracterizado nuestra historia patria. No todos los héroes patrios son perfectos ni todos los traidores y enemigos de México fueron engendros del diablo. 

La misión que me he impuesto es atacar la forma como estudiamos nuestra historia para desmitificar y analizar personajes, eventos, tendencias, interpretaciones e historiografías que, ahora que celebremos nuestros centenarios, deberíamos cuestionar y repensar, para desde unos cimientos sólidos y una nueva perspectiva histórica, poder crecer como país, dejando de lado nuestra infantiloide manía nacional de achacar todos nuestros males a los “otros”, ya sean éstos españoles, franceses, los odiados gringos y el enemigo de moda en este inicio del siglo XXI: la globalización. 

Mural de Diego Rivera

Mural de Diego Rivera

Es necesario también, desempolvar a decenas y tal vez hasta centenares de individuos que por no estar en los libros de texto, han sido casi olvidados por la historia nacional, salvo para los especialistas. Dentro de este grupo existen infinidad de personajes del período colonial que por desgracia no son estudiados ni someramente. Durante nuestra independencia hubo cientos de héroes y sin duda enemigos de ella. Y no se diga de nuestras cruentas guerras civiles: la Reforma y el segundo imperio. También los conservadores tuvieron héroes, Miguel Miramón y el hijo de Morelos, José Nepomuceno Álvarez, que si bien fueron enemigos del México decimonónico, no por ello debemos olvidar que al estudiarlos y analizarlos en su justo contexto histórico, obtendremos una visión más completa de nuestro país.  Nuestra revolución fue más una guerra intestina entre hermanos que una unión entre ellos contra un enemigo común. 

Como mexicanos, somos hijos del Popol Vuh y del Chilam Balam, pero no desdeñemos que también lo somos de las Cántigas de Alfonso X, el sabio y del poema del Mío Cid. Dejemos atrás el complejo de la Malinche y asumamos nuestra herencia hispana. Cuando nos independizamos continuamos hablando castellano; apellidándonos García, Peña e Hidalgo y adorando al dios que nos trajeron. En 1821 no se retomaron las costumbres precolombinas.

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