Hidalgo y Allende según J. M. Luis Mora Punto # 94 de septiembre 10, 2009

Hidalgo y Allende según J. M. Luis Mora

Dos informes a la ciudadanía hubo durante la primera semana de septiembre: el primero por parte de Calderón y el segundo por Peña Nieto. En conclusión: tres años más de statu quo calderonista  a nivel nacional, y aquí en Toluca como epicentro, pero de intensidad estatal, el establecimiento oficial del “día del gobernador”. Ambos invitan a sus cuates y funcionarios para tener público ad hoc y cero cuestionamientos. Sé que la mayoría de las plumas locales han enfocado sus baterías a analizar estos dos eventos, que si bien son sumamente importantes para el futuro político del país según analistas y académicos, yo no creo en su trascendencia. No dejan de ser alocuciones sin sustento, llenas de buenos deseos, no obstante poseer una tenue autocrítica. Me llama más la atención la forma; sólo faltó que ambos personajes desfilaran en auto convertible bajo una lluvia de confeti multicolor; aquél por avenida 20 de noviembre y éste por avenida Hidalgo. Dicho lo anterior, mi visión de historiador se impuso a la del periodista o analista político y por ello es que preferí dedicar mi columna a quehaceres más del ámbito de Lorenzo de Zavala que de Fernández de Lizardi.

Más por azahar que por amor patrio en este mes septembrino lleno de efemérides ritualistas, tomé del librero el tomo III de México y sus revoluciones del periodista e historiador liberal don José María Luis Mora. Hace años lo leí como parte de mis lecturas universitarias obligatorias y no recordaba en su totalidad las descripciones de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende. La dureza salta a la vista, y viniendo de uno de los insurgentes más insignes, contemporáneo del cura de Dolores y que lo conoció personalmente, tiene un valor histórico innegable. Reproduzco un par de párrafos tomados de la edición de 1977 de editorial Porrúa, pp. 20-22: (Las negritas son mías)

El cura Hidalgo era hombre de una edad avanzada, pero de constitución robusta, había hecho sus estudios en Valladolid de Michoacán con grandes créditos de famoso escolástico. El deseo que lo devoraba de hacer ruido en el mundo le hizo sacudir, más Hidalgopor espíritu de novedad que por un verdadero convencimiento, algunas de las preocupaciones dominantes en su país y propias de su estado, así es que leía y tenía algunas obras literarias y políticas prohibidas severamente por la Inquisición y desconocidas para el común de los mexicanos. Esta libertad lo hizo entrar en relaciones íntimas con el obispo Queipo y el intendente Riaño, que eran de las mismas ideas, y por sólo esta razón buscaban naturalmente el trato de personas que las tuvieren, aunque o fuesen por otra parte de un mérito superior, el de Hidalgo era muy mediano, como lo demostró después la experiencia por toda la serie de sus operaciones. En efecto este hombre ni era de talentos profundos para combinar un plan de operaciones, adaptando los medios al fin que se proponía, ni tenía un juicio sólido y recto para pesar los hombres y las cosas, ni un corazón generoso para perdonar los errores y preocupaciones de los que debían auxiliarlo en su empresa o estaban destinados a contrariarla; ligero hasta lo sumo, se abandonó enteramente a lo que diesen de sí las circunstancias, sin extender su vista ni sus designios más allá de lo que tenía de hacer el día siguiente; jamás se tomó el trabajo, y acaso ni aun lo reputó necesario, de calcular el resultado de sus operaciones, ni estableció regla ninguna fija que las sistemase.

Allende era de un carácter enteramente opuesto a Hidalgo; no Ignacio Allendetenía la reputación de éste ni sus relaciones, su educación había sido descuidada, y se ignora cuáles fuesen sus talentos y disposiciones mentales; pero su resolución era capaz de las mayores empresas; su perseverancia era inalterable en llevar a efecto lo resuelto, sin que nada pudiese distraerlo de lo que había emprendido; incansable en el trabajo, jamás lo arredraron los obstáculos ni resistencias, y lograba vencerlo todo su actividad y firmeza; siempre en movimiento y ocupado de sus designios que jamás perdía de vista, no daba paso ninguno que no se dirigiese a lograrlos; valiente hasta el grado de temerario se exponía a todos los riesgos, no sólo los de de la campaña, los menos difíciles de arrostrar, sino los de declarar su opinión y modo de pensar tal vez hasta con indiscreción. No se le acusa de vengativo, cruel o sanguinario, ni puede serlo un hombre que, puesto al frente de una empresa tan grande, se ocupa de ella come debe, pues no tienen cabida en él las pequeñeces de estos vicios vergonzoso. 

Resulta interesante la descripción del Dr. Mora, dado que recién se dio un debate sobre la excomunión del cura Hidalgo. Que para la historiografía de México, país que se asume laico en su educación, sea trascendental si el héroe pertenecía o no a la iglesia Católica, muestra la fuerte influencia que todavía ejerce el clero en las autoridades del país. Conocido es el capítulo donde Hidalgo es despojado del mando por sus aires de grandeza e irresponsabilidad. De haber existido el concepto de derechos humanos que hoy día permea en la sociedad, la toma de la Alhóndiga de Granaditas, la posterior masacre de peninsulares y saqueo de la ciudad de Guanajuato se hubiesen considerado igual a la matanza de Acteal. 

Ya en anteriores artículos he propugnado por un alto en la historiografía mexicana para redefinir la veracidad de ella. Me refiero en específico a los mitos y leyendas con que esta tapizada nuestra historia oficial. De héroes impolutos y enemigos execrables esta llena nuestra historia. Los perdedores siempre héroes, los victoriosos, de por vida traidores.

 El bicentenario debe ser tomado como un alto en el camino y no solamente como sustantivo para cuanta obra de infraestructura se construye en el país: todavía no llega el 2010 y ya tenemos hospitales, carreteras, escuelas, libramientos, refinería, plaza, torres, etc.

 FG6585Para mostrar nuestra mayoría de edad histórica debería de inaugurarse una estatua de Hernán Cortés en el paseo de la Reforma de la ciudad de México. En 1821, cuando nace este país de forma independiente, no se regresó a vivir como en 1521. México no es la continuación del mundo prehispánico, sino fusión de éste con el español. Cuando se fueron los europeos continuamos hablando castellano, orando a un dios traído por ellos y llamándonos García, Sandoval, Peña o Hidalgo. Tan hijos del Popol Vuh y del Chilam Balam, como de las Cántigas de Alfonso X y el poema del Mío Cid. Pero como nos gusta sentirnos conquistados, continuamos con el mito de que “España conquistó México”. 

Varios “traidores” de nuestra historia oficial requieren ser estudiados por nosotros los historiadores: Cortés, Santa Anna, Iturbide, Miramón, Díaz, Maximiliano y otros de secundaria importancia. Así mismo, varios héroes no pasan el examen de la historia y deben ser bajados de sus pedestales, o al menos matizar sus virtudes. Pero como los vencedores de la revolución de 1910-1921 escribieron su historia del país, crearon su propio panteón cívico a modo y semejanza.

 Para adentrarse en las tierras de Clío les recomiendo algunas obras. Dos excelentes libros desmitificadores de la historia oficial son Las mentiras de mis maestros de Luis González de Alba y Contra la historia oficial de José Antonio Crespo. Ambos verdaderos digestos históricos y no meras apologías sin sustento.  La mejor y más completa historia nacional es la conformada originalmente por cuatro y ahora dos tomos de la Historia general de México o la Nueva historia mínima de México, ambas editadas por el Colegio de México.

¡Extra! ¡Extra! En Costa Rica, después de un par de años sin poder demostrarlo, los futbolistas mexicanos se cubrieron de gloria. El honor patrio esta a salvo y Televisa y Azteca pueden comenzar a soñar. 

¡Extra! ¡Extra! ¡Extra! En mi colaboración de la pasada semana le adjudiqué pertenecer al Partido de la Revolución Democrática a Gerardo Fernández Noroña; actualmente pertenece al Partido del Trabajo y bajo esas siglas es legislador. Una disculpa a mis lectores.

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