Nacionalismo y Postmodernidad

 Nacionalismo y posmodernidad

México se encuentra inserto en una dinámica global, reconformación social, económica y política,  se transforma para el exterior principalmente incrementando las relaciones internacionales y de comercio; así mismo se halla el proceso de transición política hacia una democracia más plena, no solamente en términos electorales, sino que se busca una democracia totalmente acabada.

Jesús Antonio Rodríguez, maestro en ciencias sociales, menciona en su ensayo sobre cultura y democracia en México, que la globalización se impone como una “moda” pragmática, llega a los países subdesarrollados, con la promesa de aterrizar el desarrollo económico, con un cambio hacia esa modernidad ansiosamente esperada. De acuerdo al autor, en lugar de reprochar el esperar el gran cambio gracias a la globalización, debemos justificar el deseo, ya que cargamos con el rezago histórico, la pre-modernidad, vestigios de un mundo prácticamente sin futuro arrimado tan solamente a la distancia de una historia furtiva, ambivalente, sin efervescencia operativa y a nacionalismos desarraigados y arcaicos. 

En el contexto de la modernidad el problema no es tanto explicar la relevancia general del nacionalismo cultural como refugio seguro para el individuo y de desintegración de los vínculos tradicionales, sino por qué el estado moderno no toleró las estructuras pluriétnicas en su interior e intentó crear, con diversos resultados, un espacio homogéneo dentro del cual proyectar una cultura única, una lengua oficial y un concepto uniforme de la historia, bien a través de la persuasión o de la coerción. 

También en nuestro país encontramos que “el concepto de nacionalismo está muy ligado a la idea de soberanía; en realidad es uno de sus fundamentos. Sin la soberanía, no se entiende la existencia o exigencia y el propósito del nacionalismo.”[1]. México se proclama país mestizo, moldeado a raíz de la conquista y la presunta fusión subsecuente de la cultura española con la indígena, que aspira a la unidad, según la retórica oficial; en el fondo, a lo largo de decenios ésta pareció empeñada en ocultar desigualdades con su ideal de síntesis, y sólo en fecha muy reciente ha tenido cabida en ella la disposición a reconocer la pluralidad cultural como algo legítimo y deseable, quién sabe si por franqueza intelectual o con miras a justificar, abiertamente ahora, los desequilibrios sociales persistentes.

Esta pluralidad y desequilibrio se puede ver por ejemplo, en sectores del norte y en el centro del país con un alto desarrollo (equiparable a los países del primer mundo), con tecnología de punta, con un elevado índice de uso de Internet y una amplia cultura satelital, que bien pudieran catalogarse de postmodernos; puede pensarse que esta afirmación es una especie de determinismo de nuestra parte, sin embargo ¿Es o no el desgaste de los referentes nacionales, culturales, o como dicen los postmodernos: la muerte de los metarrelatos, lo que describe a una postmodernidad? También se dan los sectores periféricos de pobreza, no sólo los tradicionales como Chiapas, Guerrero, Oaxaca, sino los  islotes incrustados aquí y allá, dentro y fuera de la urbe y el campo; el problema indígena y la cultura de la impunidad; todo lo cual puede etiquetarse de premoderno.

Es en esta exaltación de la diversidad y heterogeneidad cultural, geográfica, política, social, religiosa e incluso económica,  que yace la fuerza cohesionadora para la formación de un país unido por sus diferencias. En todo esto, es preciso resaltar que la cultura democrática, la educación, las relaciones sociales de tolerancia, que conformarían esa cultura, no se encuentran aislados, sino que se haya en constante comunicación, en distensión y tensión, un sistema que se genera y autogenera a la vez, es decir que esta en una constante reconstrucción o bien como mencionaba Ihab Hassan en un “unmaking”.

Además si las sociedades se fragmentan culturalmente cada vez más y están expuestas, al mismo tiempo, a los efectos culturales homogeneizadores del mercado global, entonces parece que las identidades nacionales sólo podrán conservarse mediante el aumento de los medios no liberales. En estas circunstancias, la causa de la nacionalidad empieza a parecer reaccionaria. La respuesta, según el posmodernismo, es celebrar la diferencia, disparar el orgullo étnico, animar a la gente a que pruebe y elija entre la multitud de identidades culturales que ofrece la cultura global. La siguiente descripción, aunque un tanto burlona nos permite entender este argumento: “Igual que Marx miraba hacia el futuro en el que podríamos cazar por la mañana, pescar por la tarde y criticar tras la cena, el nuevo cosmopolita pone delante de nosotros la imagen de que podremos explorar nuestras raíces celtas el lunes, dedicar el martes a celebrar el cumpleaños de Buda en el templo del barrio, ir el miércoles a una manifestación de Greenpeace contra la pesca internacional de ballenas y participar el jueves en una discusión crítica del imperialismo británico.”[2]

Lo anterior concuerda con lo que Lash menciona en su texto, la posmodernidad no es verlo como promotor de nacionalismos sino como una manera de hacer confluir los dos conceptos, cómo los nacionalismos subsisten o resurgen en la posmodernidad o de otra forma, cómo esta posmodernidad los alberga, nutre o desanima.

En el análisis realizado por Lash, se afirma que no toda la cultura contemporánea es posmoderna, al mismo tiempo que no hay una cronología estricta de paradigmas culturales sucesivos. Pero lo que resalta en este aspecto es el hecho de que el posmodernismo generaliza o masifica aquella cultura que en la modernidad pertenece a las elites, sobre todo por la alta participación de los medios de comunicación. Harvey menciona “parecería una expresión pertinente en relación con los nacionalismos- que las políticas de la masa cultural poseen su importancia, a partir de que su tarea consiste en definir el orden simbólico a través de las producciones de imágenes generalizadas hacia el mundo, y que cuanto más se torne a sí misma, o más se una con ciertos sectores de clase dominante, más se desplazará el sentido predominante del orden simbólico y moral”. [3]

Lash menciona también que el régimen de significación tiene un rasgo de des – diferenciación. Esto es que si la modernización es la diferenciación cultural, entonces la posmodernidad es una des- diferenciación. Para él el posmodernismo es un paradigma cultural, con una configuración espacio – temporal, que después de un tiempo pierden su forma y se transforman en otro paradigma cultural. Aquí entonces resulta interesante esta afirmación de des diferenciación que caracteriza al posmodernismo el cual realiza un rechazo de las vanguardias políticas, por lo que se suscita una posición fija de los sujetos, pero dentro de una flexibilidad en el entramado cultural y social, pues la posmodernidad es, de muchas formas, incluyente.

Pero dentro de la posmodernidad como período que impregna la vida cultural y social contemporánea, Lash divide en posmodernidad primera a la tendencia de dar prioridad a la hegemonía de las clases medias, posiciona sujetos, otorga jerarquía y valores visibles, mientras que el posmodernismo secundario o de oposición da énfasis a diferentes tipos de identidad colectiva en sus símbolos y luchas colectivas así como la propuesta de una posición abierta del sujeto y la tolerancia a otras posiciones del sujeto. Se hace aquí también importante el poder discernir cuál es el tipo de posmodernismo en el que ideologías o movimientos nacionalistas surgen.

Es clave lo que expresa Harvey en relación con los aspectos de la comprensión espacio-temporal que el ser humano tiene como respuesta, y que se basan en: 1. Conformar una concha individualista y neurótica al percibir que todo es abrumador. 2. Insistir en negar la complejidad del mundo y una tendencia a la representación del mismo a través de cuestiones retóricas. 3. La construcción de un lenguaje y de un imaginario que la refleje y controle. 4. Encuentro (o refugio) en lo local y comunitario, en el lugar propio y resistencias regionales. En esta forma de respuesta existe la posibilidad de dar sentido a la multiplicidad de expresiones humanas y los muchos ámbitos que el ser humano es capaz de construir, pero, al mismo tiempo, se encuentra el peligro de lo que Harvey llama el parroquianismo, la miopía y la autoreferencialidad frente a la fuerza universalizante de la circulación del capital. [4]

Parecería que una ideología nacionalista extrema tendería a este tipo de actitud y respuesta a la cuestión espacio-temporal. Aunado a esto, Harvey resalta la importancia las dimensiones del espacio y el tiempo y que como resultado de esto surgen geografías de la acción social, espacios de poder cruciales para la organización de la geopolítica del capitalismo. De igual manera resulta verdaderamente relevante la percepción que posee Harvey de que la geopolítica, el nacionalismo económico, el localismo y las políticas regionales contrastan con el internacionalismo: a los planes de fusión mundializadora surge una oposición de proyectos nacionales específicos. [5] 

Como forma de ubicar lo dicho anteriormente por Harvey, debemos reconocer que lo referente al nacionalismo, las cuestiones étnicas y la identidad cultural se han convertido en debates ubicados dentro del complejo del período que conocemos como posmodernidad. En los últimos años hemos observado la radicalización de conflictos étnicos o interétnicos, reivindicaciones nacionalistas, regionalistas y el resurgimiento de fundamentalismos; es decir, que si bien la internacionalización, globalización o mundialización tiene como modelo máximo la interrelación, estas manifestaciones de parcialización construyen un andamiaje de dificultades y contradicciones en el entramado contemporáneo.

Es posible afirmar que pese a que es posible percibir la posmodernidad como etapa de des-diferenciación, lo que implica globalidad, se percibe que, por mucho, la nación, el estado-nación sigue vigente y se constituye en plataforma de la geopolítica mundial. Lo que necesariamente nos obliga a establecer relaciones estrechas entre los conceptos de cultura, política y sociedad, conceptos clave en el análisis de la posmodernidad, con el concepto nacionalismo, de forma insoslayable, sobre todo, a partir de que posmodernidad, globalización y resurgimiento nacionalista coinciden cronológicamente.

Se ha establecido que la posmodernidad es contraste y debate de múltiples perspectivas. Por ello, parece posible que descubramos que entre internacionalización/ globalización desaforada, existe la necesidad de una identidad en la que la idea de lo nacional contrarreste cierto sentido de pérdida. Desde luego, el hecho de que esa necesidad exista, no implica que esta búsqueda de sentido se dé de forma análoga en todas las formas ideológicas en donde lo nacional sea preponderante. 

Bibliografía:

Roostow, W.W, “Las etapas del crecimiento económico”, México, F.C.E., 1974

 Vattimo, G. “Metafísica, violencia y secularización” en la secularización de la filosofía, Hermenéutica y Posmodernidad, Gedisa, Barcelona, 1992

 Picó, Josep,  “Modernidad y Posmodernidad” Alianza Editorial, 1994

 Angulo Parra, Yolanda. “La esencia de vidrio: modernidad y posmodernidad” México, D.F., noviembre de 1997 http://rcci.net/globalizacion/fg011.htm

 Miller, David, “Sobre la nacionalidad”, Editoral Paidós, Barcelona, 1997

 Lash, S. “Sociología del posmodernismo” Madrid,  Amorrortu, 1997

 Meyer, Lorenzo, “La construcción histórica de la soberanía y del nacionalismo mexicanos” en Ilán Bizberg (compilador), “México ante el fin de la guerra fría”, Colegio de México, 1998

 Harvey, D. “La condición de la posmodernidad” Madrid, Amorrortu, 1998

 Rodríguez Alonso, Jesús y Velarde. A. Samuel F. “Cultura y democracia en México hacia el siglo XXI” Sincronía Verano 2001  http://sincronia.cucsh.udg.mx/cultdem.htm

 


[1] Meyer, Lorenzo, “La construcción histórica de la soberanía y del nacionalismo mexicanos” en Ilán Bizberg (compilador), México ante el fin de la guerra fría, Colegio de México, 1998, p. 82.

[2] Miller, David, Sobre la nacionalidad, Editoral Paidós, Barcelona, 1997, p. 226.

[3] Harvey, D. “La condición de la posmodernidad” Madrid, Amorrortu, 1998, p.380

[4] ibídem, p. 383

[5] ibídem, p. 392

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One Comment en “Nacionalismo y Postmodernidad”

  1. Samuel F. Velarde Says:

    estimado ponga bien la cita bibliografica como sigue: Rodriguez Alonso, Jesus y Velarde, Samuel F. (quite la A)
    gracias.


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