Nacionalismo y Perspectiva Global

 Nacionalismo y perspectiva global

El fenómeno nacionalista regresa hoy con una intensidad que no se había visto desde la época de la descolonización de los años sesenta. Es de una vastedad inconcebible y, al mismo tiempo, de mil caras, multiforme; observamos luchas de liberación nacional (Kurdistán, Palestina, País Vasco, Irlanda del norte, Eritrea, Chechenia), luchas por los derechos de los pueblos oprimidos (indios de América Latina, aborígenes australianos, tibetanos), desintegración de Estados multinacionales (ex URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia), conflictos en tres nacionalidades (Serbia/Bosnia/Kosovo, Sri Lanka, Moldavia, Cáucaso), reivindicaciones de autonomía regional  (Escocia, Cataluña, Córcega, Québec), desafíos nacionalistas antiimperialistas (Cuba, Irak, Venezuela), movilizaciones nacionalistas en contra de la globalización, radicalismos (populistas, neofascistas), raciales (neonazi), nacional-religiosos (fundamentalistas), etc. (Berberoglu, 1995:14)

De alguna manera, los tres autores son identificados por su pertenencia o cierto apego a las corrientes de la línea de la política de izquierda mundial. Es difícil ubicar a cada autor en una justa dimensión, pero si tuviéramos que identificarlos o describirlos por sus características más peculiares, seguramente que un autor como Harvey tendría que ser localizado dentro de las corrientes del marxismo apegadas a los postulados más homogéneos, y autores como Hardt y Negri en cierta forma de un marxismo revisionista o, por decirlo de otra manera, a las tendencias de las nuevas izquierdas. De una forma u otra, se hace necesario realizar algunos comentarios a cada uno de los textos para poder tener una idea más precisa de qué es lo que propone cada uno de estos autores.

globalizacion

tomado de ahorahistoria.blogspot.com

David Harvey, reconocido geógrafo y urbanista inglés que ha tratado de amalgamar los aspectos sociales y políticos con el estudio de la geografía humana –es decir, un estudioso de la geopolítica-, en El  nuevo imperialismo, quizá su obra más reciente, trata de analizar los fenómenos más importantes del mundo contemporáneo, sobre todo en el mundo capitalista, que han conformado o poseen una relación con una nueva forma de política imperialista. Para Harvey, el mundo capitalista ha abierto perspectivas de globalización, como fuerza subyacentes (2004: 9), nunca experimentadas, resintiéndose con ello el orden hasta este momento establecido; surgen nuevas formas de organización en que instancias tradicionales de organización gubernamental, política y social se han visto alteradas por esta influencia. Es decir, las perspectivas centrales y la periféricas, focalizadas y globales han entrado en un estado de contraste que evidencian cambios y repercusiones a nivel internacional, pero siempre determinadas por el papel protagónico y central que han realizado los Estados Unidos de América en el entramado mundial. Pero, no obstante esta evidente hegemonía por parte de los EE. UU. se hace palpable que esta actuación se desarrolla en medio de un relativo  descenso del poder económico y político, y que pese al ascenso que Norteamérica experimentó como metrópoli, la gran superpotencia se ha visto en competencia, y algunas veces en desventaja, con el fortalecimiento de ciertas economías regionales, el surgimiento y conformación y fortalecimiento de La Comunidad Europea con su moneda, el euro, que podría ser tan fuerte e, inclusive, sustituir al dólar como moneda internacional, además del evidente crecimiento de las economías asiáticas. Al mismo tiempo, para Harvey existe un cambio en el régimen industrial al experimentarse un decrecimiento en las actividades de producción y, por ende, un debilitamiento del régimen de consumo que no promueve la reactivación de la industrialización lograda por los Estados Unidos durante décadas.

 Harvey trata de explicar los nuevos modelos de comportamiento del capitalismo global contemporáneo desde la perspectiva de la “larga duración” y a través de la lente de lo que él denomina materialismo histórico-geográfico. Fue escrito en los momentos previos a las elecciones en los Estados Unidos el fortalecimiento del gobierno republicano puede significar una mayor ofensiva en la política territorial del imperialismo yanqui, haciendo que la discusión alrededor de lo que significa el imperialismo cobre más relevancia.

En su opinión, la estrategia militar del capitalismo mundial y las políticas de privatización de buena parte de los servicios públicos y de los recursos comunes a escala planetaria indican con precisión los dos vectores de intervención del sistema capitalista en nuestros días. La guerra y la acumulación por desposesión son los mecanismos primordiales que el capitalismo histórico está empleando en la actualidad para resolver sus crisis sistémicas y para modelar un mundo quizás más injusto que el que hemos conocido durante los últimos cien años.

El Nuevo Imperialismo nos habla principalmente del imperialismo de Estados Unidos. De cómo primero definía una esfera de intereses geopolíticos, y después como imponía su hegemonía mediante el uso de alguno o algunos estados-cliente, los cuales eran apoyados económica y militarmente por Estados Unidos. Así que se trataba de un control indirecto que al mismo tiempo le ofrecía beneficios a ciertos grupos. Este imperialismo funcionó hasta principios de los años 70. Pero después hubo una transición y el poder imperial norteamericano se dio a través de instituciones como el FMI y el Banco Mundial, como se vio en la presidencia de William Clinton. A últimas fechas ha dejado de ser un imperialismo financiero y vuelto a ser uno militar y como ejemplo tenemos la intervención en Irak. Ya no es un imperialismo financiero debido a que Estados Unidos tiene una economía débil por lo que retoma el imperialismo militar como justificación, como lo mencionan Hardt y Negri, tomando la función de policía del mundo y aparentando ver por los intereses de todos y no los individuales.

Sobre la guerra en Irak, Harvey comenta que Bush y Blair han vuelto a recurrir al argumento general de que liberar por la fuerza al mundo de un dictador brutal era moralmente correcto. Uno de los grandes interrogantes era si la invasión de Irak se entendería como liberación u ocupación. El peso de las pruebas apoya ahora con fuerza esta última opinión,  Hay que tener en cuenta que Oriente Próximo es una región crucial en relación con la economía global y que la presencia estadounidense en la región, que ha venido aumentando constantemente desde 1945, no disminuirá en el futuro próximo. Gane quien gane las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, es muy improbable que Estados Unidos renuncie al proyecto de controlar la región.

 Toda esta situación sería el detonante o la razón que lleva a esta nación a suplir las estrategias más políticas por aquellas que se refieren al uso de las armas, ya que existe la imperiosa necesidad del control de las reservas petroleras mundiales. Por ello, su primer capítulo (Todo tiene que ver con el petróleo (2004: 21-37) lo refiere a la centralización que este factor posee en los intereses de la geopolítica de los Estados Unidos; es decir, para Harvey, el interés por el petróleo se vuelve nodal, pero no a través de una manera reducida o simple de ver las cosas –quiero petróleo y voy a tener el petróleo, por ejemplo- sino percibiendo que quienquiera que controle Oriente Próximo controlará el grifo global del petróleo y con él la economía global (Harvey, 2004: 33). Todo ello, evidentemente, no se reduce a una cuestión económica directa, sino a una cuestión geopolítica elemental. La guerra del Golfo Pérsico se encuentra de esta manera dentro de una lógica elemental de poder.

 Pero para Harvey es necesario tener en cuenta cuál ha sido el ascenso de la Unión Americana en el entramado mundial. Harvey traza un desarrollo del ascenso de la hegemonía de los Estados Unidos a través del surgimiento de los imperialismos burgueses en el siglo XIX, en la segunda posguerra, así como en la hegemonía neoliberal. Uno de los aspectos más importantes para entender este ascenso se ubica en la relación de la lógica del territorio y la lógica del capital que evidencia a un imperialismo que, de algún modo, consolida su expansión. El ascenso norteamericano, de muchas formas, se ha basado en estos dos aspectos, logrando, primero, una forma de hegemonía basada en una expansión territorial y, segundo, en una acumulación del capital, cuestiones que evidentemente podrían resultar peligrosas si no hubiera un control en una especie de una correlación necesaria de los dos conceptos, ya que hay una necesidad, por una parte, de inversión del capital que se posea para acrecentar beneficios, lo que obviamente promueve el acrecentamiento de más capital, pero, por otra parte, la búsqueda del aumento o, cuando menos, del mantenimiento del poder territorial en relación con otros territorios.

 Tanto en el aspecto del capital como el territorial, Harvey realiza una serie de descripciones y reflexiones que detallan los aspectos más sobresalientes del imperialismo norteamericano; en una segunda instancia, algunas reflexiones que atisban algunas posibilidades sobre ese desarrollo imperialista:

Este contexto explica que el gobierno de Bush haya comenzado a flexionar sus músculos militares como el único poder absoluto que le queda. Las impúdicas declaraciones sobre el imperio como opción política pretenden presumiblemente ocultar la exacción de tributos al resto del mundo bajo una retórica de paz y libertad para todos. (Harvey, 2004: 72)

tomado de fenomenoglobal.blogspot.com

Pero, parece que Harvey establece que para poder comprender tanto la lógica territorial como la lógica del capital en una lógica del imperialismo, es necesario dar énfasis al aspecto del dominio y la acumulación capitalista, por ello sus afirmaciones de que la lógica capitalista del imperialismo, distinta de la territorial, debe entenderse en el contexto de la búsqueda de soluciones espacio-temporales al problema del exceso del capital (Harvey, 2004: 80). Argumenta Harvey que esto es, básicamente,  que una porción del capital queda sujeto en el territorio durante un lapso prolongado, proceso en el cual se podrán dar diversas estrategias que evitan la devaluación del mismo capital.

 Sobre la acumulación por desposesión, Harvey cita a Rosa Luxemburgo y tiene en cuenta que la acumulación del capital se da, en un primer nivel, en un proceso puramente económico y, segundo, entre el capital y las formas de producción no capitalistas (Harvey, 2004: 111).  Este concepto implican los métodos de la acumulación para mantener un régimen en los que los sectores más depauperados en una nación o territorio determinados –obviamente, todos ellos pobres-,  paguen los costos de la crisis de sobreacumulación del capital. Pero esta situación general se ha venido a acentuar a partir de la privatización que el neoliberalismo propone y lleva a cabo en los regímenes en los que ha dominado. Parecería que una constante de la globalización sería la acumulación por desposesión:

Los bienes públicos en poder del estado fueron lanzados al mercado para que el capital sobreacumulado pudiera invertir en ellos, reformarlos y especular con ellos…Pero, una vez en movimiento, estas iniciativas suscitaron presiones para hallar cada vez más áreas, en el propio país o en el extranjero, a las que poder aplicar la privatización. (Harvey, 2004: 125)

Para Harvey, es evidente que a través del tiempo y en esta época, han existido y existen  luchas constantes, luchas políticas y sociales, resistencia a todo lo que las formas de imperialismo supone, aunque sin dejar de reconocer que ello también implican contradicciones, pues no todas éstas son verdaderamente progresistas, lo que conlleva que el concepto homogéneo de antiglobalización o la globalización alternativa pertenezcan a una visión de lucha anticapitalista y antiimperialista bastante confusa (Harvey, 2004: 128-132).

 Por todo esto, Harvey concluye que el imperio, y los imperios, se izan, se constituyen como una forma de acumulación por desposesión, de una relación dialéctica entre las lógicas de poder territorial  y capitalista (Harvey, 2004: 141). El paso de un imperialismo neoliberal a uno neoconservador, viene a constatar que no existe únicamente una única forma de nuevo imperio (el estadounidense) sino varios Estados-grupos de poder, que irregularmente repartidos, tienden a establecer estas relaciones, siempre en una perspectiva con un centro hegemónico que contrarresta, por coerción, todo tipo de intento desglobalizador o alternativo. Específicamente, esta coerción se ejerce, además de las evidentes presiones geopolíticas o financieras, a través de una ideologización cada día más recalcitrante, ciertos principios religiosos y morales, conceptos políticos y sociales aceptados e interpretados de forma acorde a intereses específicos de poder. Todo ello, como plataforma de un movimiento en el que:

Los neoconservadores comparten fervientemente la creencia de que una vez que restablezcan el orden en todo el mundo y demuestren sus ventajas, la oposición a su militarismo, tanto a nivel popular como entre muchos gobiernos, se disipará en gran medida. (Harvey, 2004: 152)

El aspecto más discutible de la argumentación de Harvey es el de que Estados Unidos opera desde una situación de debilidad económica y política más que de fuerza, y que la aventura iraquí podía suponer el fin de su hegemonía más que el comienzo de una nueva fase de dominación global.

 Imperio es una obra densa que aborda el problema del poder globalizado a través de muchas vertientes, por lo que el tratar de realizar una especie de reseña o travesía por todas estas perspectivas resulta una labor bastante compleja. No obstante, el abordar la obra en relación con el problema del nacionalismo o nacionalismos puede posibilitar una mayor aproximación específica al texto a través de la delimitación de un tema como el mencionado.

 De forma genérica, es posible afirmar que la tesis central de Imperio es la visión de que ha surgido una nueva conformación en el mundo, a partir de cambios geopolíticos basados en un colonialismo que da paso a nuevas formas de integración internacional, la caída de muros y el embate del mercado capitalista mundial. La era del imperialismo queda superada y ahora se vive en la era del llamado Imperio:

Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando — en suma una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula efectivamente estos cambios globales, el poder soberano que gobierna el mundo. (Hardt, Negri, 2000: 4)

Es decir, existe un cambio y la esencia de éste es la emergencia del nuevo orden. Este nuevo orden es el Imperio, que modifica regímenes de soberanía o autonomía, ya que, sin la desaparición total de los estados-nación, éstos se debilitan como tal y se integran en una estructura que trasciende este concepto, crece y se conforma como un orden descentrado y sin límites, pero en una especialidad mundial, y ubicado en una temporalidad que puede prolongarse mucho más que cualquier forma de organización humana ya experimentada:

El pasaje al Imperio emerge del ocaso de la moderna soberanía. En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y deterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas. (Hardt, Negri, 2005: 5)

A diferencia de Harvey, que realiza una identificación del nuevo imperialismo a través de una geopolítica dominada por los EE. UU., en Hardt y Negri, la deterritorialización del Imperio no permite la focalización de éste y, por tanto, suponen la desaparición de diversas formas de imperialismo y de un imperialismo cuyo centro siempre ha sido localizado y comprendido geopolíticamente en los Estados Unidos de Norteamérica (aunque existe la afirmación de que en el Imperio los Estados Unidos “tienen una posición privilegiada”, p. 6) Además, el Imperio es una fuerza política de autoridad mundial, pues posee la capacidad de poder manejar diferentes ámbitos de la vida, todos ellos imbricados, y que van desde las cuestiones culturales y de las comunicaciones, hasta las de tipo económico y financieras, todo ello bajo el manejo de la fuerza militar.

 En concreto, Hardt y Negri argumentan que se inicia un nuevo período histórico. Resalta la idea de que estamos, de alguna manera, en una etapa de transición que va de la modernidad a la posmodernidad, en el entendido de que es este estadio el que perfila las características principales del Imperio, por lo que domina el concepto de imperio sobre el de estados-nación; el de mercado mundial realizado sobre el de  economías nacionales y sus extensiones imperialistas. La posmodernidad es una etapa inevitable y establece características inversas al imperialismo de la modernidad.

 En el aspecto de la deterritorialización y de los nacionalismos, resulta notablemente interesante la parte dos del texto, Pasajes de Soberanía, sobre todo en la sección 2.2. Soberanía del Estado-nación.

 A partir de una travesía por el concepto de nación, en el que destacan las ideas de Herder, (una figura completa de soberanía, y que, además, se transforma finalmente en la condición de la posibilidad de toda acción humana y de la vida misma social (Hardt, Negri, 2000: 92), los autores de Imperio tratan de depurar esta idea y ubicarla en su relación con la idea de pueblo, por lo que concluyen que los dos conceptos unidos al de raza, hicieron derivar una idea de identidad nacional homogénea; es decir, la oposición racial de un sector dominante en contraste con un sector dominado, constituyó una forma de percibir conceptos de lo nacional y de pueblo. Por otra parte, la eliminación de las diferencias internas  mediante la representación  de toda la población por un grupo, raza o clase hegemónica, también facilitó llegar a esa identidad nacional (Hardt, Negri, 2000: 93-94).  Pero, sobre todo, se encuentra la identidad nacional específicamente burguesa que proclama que no únicamente existe una afinidad espiritual, sino que ésta va en búsqueda y consolidación de otros logros: 

…la esencia espiritual del pueblo y la nación, hay un territorio impregnado de sentidos culturales, una historia compartida y una comunidad lingüística; pero por sobre todo es la consolidación de una victoria de clase, un mercado estable, el potencial para la expansión económica y nuevos espacios donde invertir y civilizar. (Hardt, Negri, 2000:95)

Sin embargo, no obstante esta caracterización de lo que es nacionalismo, también se encuentra este concepto en los grupos dominados, por lo que el nacionalismo se convierte en subalterno y sirve como fuerza de contención  frente al objetivo de la nación dominante en instancias económicas, políticas, culturales e ideológicas. En este sentido, el nacionalismo es protector de una serie de intereses y valores en relación con la coacción que ejerce una exterioridad poderosa o hegemónica. Pero resulta bastante interesante la afirmación de los autores cuando dicen que este mismo tipo de nacionalismo puede invertirse cuando establece una relación con su interioridad, es decir, cuando apunta al mismo pueblo que dice defender:

El lado oscuro de la estructura que resiste a los poderes exteriores consiste en ser, ella misma, un poder dominante que ejerce una opresión interna igual y opuesta, reprimiendo las diferencias y oposiciones interiores en nombre de la identidad nacional, la unidad y la seguridad. (Hardt, Negri, 2000:96)

A partir del análisis realizado por Hardt y Negri, es posible afirmar que muchos nacionalismos han prolongado un gran número de sus postulados ideológicos,  y que establecen estos postulados en niveles que, si bien apuntan a problemas políticos reales,  se basan específicamente en identidades esencialistas, en cuestiones de pureza racial, de pertenencia territorial o de comunidad cultural; es decir, tanto los nacionalismos dominantes así como los subalternos pueden inventar tradiciones, pertenencias, identidades, historias, comunidades, etc.

 Es evidente que el nacionalismo es una ideología y un fenómeno social de la modernidad, por ello, se convierte en un factor indispensable para la industrialización y la realización de todo aquello que implica desarrollo, pues es fuerza de cohesión para empresas comunes, como el prestigio nacional a través de una identidad trascendente. El nacionalismo es una forma de regulación de la vida económica y social.

 A partir de lo estipulado por Hardt y Negri, en cuanto las características de los nacionalismos imperantes y subalternos, se hace necesario, sin que específicamente se tenga que realizar una clasificación exacta, tratar de ubicar el nacionalismo mexicano a partir de ciertas características que le son propias.

 Se hace evidente que el nacionalismo mexicano nace por una situación de dependencia y subyugación, por lo que puede caracterizarse por ser subalterno, desde el punto de vista histórico. Pero, no obstante que lo dicho por Hardt y Negri en cuanto a la inclusión presente que el nuevo panorama geopolítico mundial realiza en una tendencia de globalización, el nacionalismo mexicano, como los surgidos en otras latitudes del subdesarrollo, permanece en esta misma tendencia, ya que, pese a esa integración, no posee los recursos o medios de homologación, desde el punto de vista de Estado-nación, con los centros de poder.

En otras perspectivas si se toma en cuenta que el nacionalismo mexicano se consolida a partir del siglo XIX, como resultado o respuesta a las agresiones originadas por España, Francia y EEUU, entonces hablamos de un nacionalismo de tipo independentista, ya que el nacionalismo de estas naciones se convierte fácilmente en nacionalismo imperialista, pues su concepto de nación es de tipo solipsista, en cuanto a que es su concepto de identidad nacional lo que verdaderamente representa una verdad, a partir de un futuro promisorio o rescatable que incluye una misión trascendente que cumplir, ya que existe la convicción de que se tiene el derecho a sojuzgar a otras naciones, sobre todo a las de mayor atraso e incivilidad. El nacionalismo independentista mexicano, como respuesta al imperialista, aparece por esta época como movimiento nacionalista anticolonial. Esto se hace más palpable, sobre todo, si tomamos en cuenta que el estado-nación mexicano surge por un movimiento de emancipación total. Además de esto, se debe tomar en cuenta que este proceso culmina con la Revolución Mexicanay la consolidación de un estado que tiene como prioridad la educación socializante a través de los conceptos de identidad nacional y de patria, emanados  de la idea del México prehispánico; es decir, se utiliza toda una simbología ancestral que justifica el ser nacional histórico y presente.

 También en otra perspectiva, y a partir del acontecimiento revolucionario como culminación de un proceso de identidad, es posible percibir el nacionalismo mexicano como prioritariamente revolucionario, ya que se caracteriza por poseer una ideología llena de contenidos liberales, de exaltación democrática y también socializantes. No obstante, a pesar que una tendencia conservadora se constituiría como oposición a la idea de revolucionario, el nacionalismo mexicano, sobre todo el actual, también se ha dotado de principios conservadores que, de alguna forma, han ido desplazando a los primigenios postulados liberales y de la revolución: ciertos postulados tradicionales han subvertido el pensamiento o ideología revolucionarios, o cuando menos han sido freno a la agudización de sus postulados.

 De manera similar a otras expresiones de la cultura (religión), el nacionalismo se posicionaría como una fuerza reactiva localizadora que busca equilibrar y contrarrestar el flujo deslocalizador global. Al volver al horizonte de la globalización, tenemos que preguntarnos una vez más qué significado tiene la tendencia nacionalista que caracteriza el panorama actual. No parece claro, de vista, cómo la disolución institucional y transfronteriza del Estado como entidad política pueda ser congruente con la aspiración de la comunidad nacional a constituirse a través de la misma. Sin embargo, existen razones culturales profundas que permiten comprender la creciente excitación identitaria-nacionalista que observamos hoy. La posmodernidad o “hipermodernidad”, en efecto, ha quebrado las barreras que marcaban los límites de contención de las crisis de sentido de la primera modernidad, marcando la transición a una fase ulterior de la modernidad misma.

 El ímpetu nacionalista, en definitiva, es una respuesta dinámica, no conservadora, hacia la pérdida de sentido y de identidad social, al recuperar, reconstruir o generar formas político-culturales comunitarias. La búsqueda de la utopía comunitaria es la que sustenta la lucha de individuos y grupos desarraigados o amenazados de serlo.

Algunos de estos grupos son arrastrados hacia una mayor actividad nacionalista que otros, pues la globalización impacta de manera diferencial entre ellos, dejando entrever la aterradora perspectiva de la disolución el mare magnum planetario. “El peligro de la inmersión”, señala Guibernau (1996:151-152):

…es evidente en los individuos que ven cómo algunas culturas se globalizan más que otras, al tiempo que advierten la amenaza de la homogeneización como su consecuencia. El aislamiento ya no es posible. Por lo tanto, las culturas particulares se enfrentan a la amenaza de una pérdida de su ser por la absorción en otras culturas que poseen mayores medios para reproducirse y expandirse.

De ahí se puede entender por qué el nacionalismo, tal como se manifiesta en la actualidad, pueda ser considerado mucho más que una simple alternativa o reacción a la globalización. Es más bien un elemento constitutivo, una faceta, una parte integrante y complementaria de la misma. No es una opción prescindible o sustituible, es una necesidad inherente del sistema global. A pesar de la aparente paradoja de que produce la crisis y la marginación del Estado nacional, la globalización es responsable, al mismo tiempo, del éxito creciente que tienen los impulsos nacionalistas que observamos ahora en todo el planeta. Éstos comienzan a cobrar fuerza desde fenómenos en pequeña escala (etnias periféricas, minorías, regiones, estados marginales), que son favorecidos por la extensión y densificación de las redes comunicativas; en una segunda etapa afectarán a grupos mayores y a Estados-naciones de gran tamaño (Guibernau, 1996:142).

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

Bartra, Roger. “Crónica de un nacionalismo inventado. La condición posmexicana”, en

Nueva revista de política, cultura y arte. Madrid.

Berberoglu, Berch (ed.), (1995), The National Question. Nationalism, Ethnic Conflict and Self-Determination in the 20th Century, Philadelphia, Temple UP. 

Caballero, Carlos, (1999). Tres ensayos contra la modernidad. Sobre nacionalismo, racismo y globalización.  Barcelona, Ed. Nueva República.

Guibernau, Montserrat (1996), Los nacionalismos, Barcelona, Ariel.

Hobsbawm, Eric (1992), Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica.

Hardt, M., Negri, T. (2000). Imperio. Cambridge, Harvard University Press.

Harvey, David, (2004), El Nuevo Imperialismo, Madrid, Akal.

http://www.nuevarevista.net

http://www.fractal.com.mx/F8bartra.html


[1]Otras clasificaciones serían:

Centrípetos y Centrífugos o centralistas y separatistas. Los centralistas tienden a convertir en Estado-nación a los Estados preexistentes. Eso supone eliminar las peculiaridades, las minorías nacionales que pudieran existir en ese Estado pre-nacional. Los centrífugos o separatistas son la respuesta lógica a los primeros: tratan de asegurar la pervivencia de una nacionalidad, segregándola del Estado al que pertenece.

Asimilacionistas y exclusivistas. Para los primeros, el hecho objetivo que define la nacionalidad de una persona es la voluntad expresa y manifiesta de ésta de pertenecer a esa nacionalidad.
El nacionalismo exclusivista concibe que pertenecemos a una Nación por herencia, genéticamente.
Estatistas y pan-nacionalismos. En muchos casos, los nacionalismos sólo se plantean la pervivencia de los Estados ya existentes. En otros, crear nuevos Estados de mayor entidad, a partir de distintos Estados o territorios unidos por determinada afinidad. Muchas veces estos pan-nacionalismos aspiran a unir en torno a una gran nación a otros pueblos afines por raza, religión o cultura, aún cuando éstos ya tengan sus propios Estados. En otros casos, sirve para que un determinado Estado-Nación reivindique el derecho a unificar en su seno a distintas minorías nacionales de su pueblo que los azares de la historia han puesto fuera de sus fronteras. (Caballero. 1999: 55-56).

[2] Opina el historiador Roger Bartra que esta conformación del ser nacional, que no es más que una forma de invención de la identidad nacional mexicana, tiene la característica de la diversidad, heterogeneidad, que confluye en una “misteriosa afinidad”. El conjunto de afinidades electivas, que une los fragmentos de esta idiosincrasia nacionalista, refleja el misterio del sistema político mexicano que creció a la sombra de la Revolución de 1910 y que dominó el país hasta el año 2000; es decir, existe una forma de “misterio político” que se impregna en los ámbitos de la cultura, en una compleja trama de fenómenos simbólicos que permitieron la impresionante legitimidad y amplia estabilidad del sistema autoritario a lo largo de siete décadas. Bartra define esta trama como una estructura de mediación o un tejido de redes imaginarias, cuyas huellas más antiguas se encuentran en el mundo agrario y campesino. http://www.nuevarevista.net/2002/mayo/nr_articulo81_2.html  

[3] Como toda ideología, ésta puede estructurarse de un discurso y puede llegar a determinada praxis, los que, evidentemente, no necesariamente pueden corresponder a una misma realidad.

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One Comment en “Nacionalismo y Perspectiva Global”

  1. jlba Says:

    maravilloso!!! no no no definitivamente maravilloso


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