Nacionalismo y Modernización Reflexiva

EL NACIONALISMO BAJO LA ÓPTICA DE LA MODERNIZACIÓN REFLEXIVA

“Congelar en el tiempo el fervor nacionalista es una tarea tan inútil como la de defender las lenguas contra la contaminación extranjerizante.”

José Antonio Aguilar Rivera

Antecedentes

 En la pasada etapa de nuestro trabajo, el autor  hace una referencia de la modernidad a partir de la obra de Marx. El Manifiesto es visto en esta perspectiva como una obra que habla sobre la cultura modernista y sus profundas contradicciones internas. Por ello, en un nivel de análisis casi desconocido, Marx puede aportar nuevas perspectivas, ya que, según Berman, marxismo, modernidad y burguesía se encuentran en una interrelación dialéctica profunda que no ha sido conocida por quienes han abordado el fenómeno en cuestión.

Para el análisis de Berman, la interpretación que Karl Marx hace del trabajo burgués es de una clara tendencia global, a partir de la búsqueda de mercados y la expansión de éstos. Por ello, nos encontramos ante una situación de internacionalización que se ha ido conformando de manera paulatina, aunque en el contexto de Marx el término globalización no connota todos los significados que en la actualidad posee, sino, sobre todo, el de apertura, búsqueda de trascendencia económica más que social, política y cultural, que serían los conceptos que la mundialización también implica.

 A partir de esto, es posible pensar que en un mundo que tiende a una forma de mundialización que experimentamos día a día, la opinión de Marx y en la perspectiva de Berman, cobra cierta coherencia por el peso de sus fundamentaciones, ya que un internacionalismo proletario o un desarrollo ulterior de la misma economía de mercado posibilitan esta interrelación a nivel mundial, aunque, obviamente, en direcciones sociales, económicas, políticas y culturales distintas.

Sea en una perspectiva u otra, el problema de la mundialización hace aquí un contraste forzoso y evidente con el problema de los nacionalismos: ante un vertiginoso avance de globalización centralizada[1] que ordena patrones –a menos en Occidente- que aparentemente permiten conformar una humanidad interrelacionada y homogénea y que integran el mundo, nos encontramos con movimientos nacionalistas, étnicos, religiosos y culturales que tienden también a una forma de integración pero, evidentemente, de forma más selectiva y discriminante[2]; movimientos focalizados que siempre han tenido existencia pero que, al parecer, la misma globalización acelera para su reaparición en el escenario mundial.

Afirma John Gray (Letras libres: 14) que movimientos de esta índole han tenido lugar a partir de criterios comunes como el escatológico o, simplemente, de salvación. El nacionalismo,  de forma sutil  o de manera exacerbada, se convierte en una religión laica pues, al igual que las religiones de lo trascendente, tienden a la búsqueda de sentidos primigenios, de una vida más plena y de futuros completamente promisorios. Aunque en estas aspiraciones encontremos verdaderas aberraciones.

Parecería evidente que entre un anhelo como el progreso inserto en un destino común, mundializado, se encuentran estas formas de reivindicación de una identidad quizá considerada casi perdida pero que tiene derecho y la oportunidad de ser reanimada. Entonces, no obstante  la esperanza o los intentos de la civilización universal (proletario-marxista, escatológica-religiosa, globalizada, ilustrada, positivista, etc.), este concepto extensivo de la modernidad se ha visto debilitado por los criterios emanados de los diferentes nacionalismos  más radicales y de los fundamentalismos.

Quizá en esta perspectiva, también pueda tenerse en cuenta la afirmación de Berman de que el hombre de la modernidad es un hombre despojado de un milenario ropaje ilusorio que lo convierte en alguien íntegro. Esta metáfora es principio de conocimiento propio y de su consiguiente cambio en la actitud ante la realidad; el peligro estribaría, entonces, en que la desnudez de la modernidad fuera  tan inconsistente que no pudiera otorgar conocimiento pleno al ser humano para discernir lo que lo hace crecer de aquello que lo aniquila, de la viabilidad de su destino de todo lo que ahoga esa posibilidad. 

El nacionalismo

 El nacionalismo es un concepto que surgió en el siglo XIX de la burguesía ilustrada  y el cual hasta la fecha es una ideología imperante. “El nacionalismo es una pasión tóxica. En dosis sanas es fuente de encuentro, pertenencia, identidad, sociabilidad. En dosis locas es garantía de bravata, exclusión, irracionalidad y violencia.” (González de Alba, Nexos: 35). Es la que la le da un sentido de pertenencia a los individuos por un lado y por otro es un medio de control e influencia de las masas por la clase ilustrada y la cual tiene acceso a los niveles de poder y economía más altos. 

La modernización reflexiva

 Ubicar dentro del marco teórico de la modernización reflexiva el problema del nacionalismo y, en particular, el mexicano implica una problemática con varias vertientes.  Es  difícil pensar en términos de modernidad reflexiva cuando hablamos sobre sociedades subdesarrolladas con altos índices de pobreza como las latinoamericanas y los países de tercer mundo. La modernización reflexiva no es totalmente aplicable a la realidad mexicana salvo en cuestiones muy específicas. Dentro de las excepciones se encuentra el nacionalismo. Según Beck, el nacionalismo es una de las posibilidades de la contramodernización y en el caso mexicano es fundamental.

Tomando en cuenta los aspectos del pasado y todo lo que pueda identificar al mexicano, sabemos que, por este pasado, la idiosincrasia mexicana ha abrevado tanto de la cultura europea como de la prehispánica.  Es por ello que en este país convergen y conviven a la par visiones diversas de nuestra realidad.  “El temprano nacionalismo mexicano heredó gran parte del vocabulario ideológico del patriotismo criollo. Los principales temas, la exaltación del pasado azteca, la denigración de la Conquista, el resentimiento xenofóbico en contra de los gachupines y la devoción por la guadalupana siguen vigentes” (Brading, 980: 15)

Por principio, hay que romper el mito de la homogeneidad de la sociedad mexicana: mestiza y católica por el hecho de que “el nacionalismo revolucionario fue una anteojera que nos impidió ver la heterogeneidad real de la sociedad mexicana.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 40). Las dos matrices culturales de México son la hispánica y la indígena. Todo lo demás es minoritario y sin gran presencia en el ámbito nacional: chinos, judíos, menonitas, italianos, franceses, etc., no tienen una gran existencia simbólica, pues no pueden ser explicados por la fusión originaria de indios y españoles. Es aquí donde los mexicanos debemos implementar el concepto de sociedad del riesgo en sus tres áreas de referencia. “En primer lugar tenemos la relación de la sociedad industrial moderna con los recursos de la naturaleza…en segundo lugar está la relación de la sociedad con las amenazas y problemas producidos por ella y en tercer lugar, las fuentes de significado colectivas y específicas de grupo.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 21) Es dentro de esta última referencia donde debemos reflexionar nuestra historia y, por ende, nuestro nacionalismo[3].

La modernización reflexiva se puede aplicar plenamente “en los estados industriales altamente desarrollados de Occidente, ya que esta etapa tiene lugar bajo las condiciones generales del estado de bienestar.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 28). En un país donde el sesenta por ciento de la población mantiene niveles de vida y desarrollo debajo de los estándares mundiales es materialmente imposible implementarla de forma integra. La modernización reflexiva requiere de un involucramiento de la sociedad en sus propios problemas, situación un tanto lejana a la  mayoría de los mexicanos. Quizá una poder que se ha ejercido de forma paternalista nunca ha creado verdaderos ciudadanos.

Otro gran problema que tenemos en México que nos impide realizar una crítica profunda a nuestra realidad es que la modernización reflexiva requiere que el individuo actúe por mutua convicción propia. En otras palabras “individualización” significa, en primer lugar, el proceso de desvinculación y, en segundo lugar, el proceso de revinculación a nuevas formas de vida de la sociedad industrial en sustitución de las antiguas, en las que los individuos deben producir, representar y combinar por sí mismos sus propias biografías.” (Aguilar Rivera, Nexos, 2003: 36). Una sociedad que no ha logrado madurar y continúa con lazos familiares tradicionales y considerando a la familiar nuclear, al igual que lo hace la Iglesia Católica, como base de la sociedad, sin considerar que hace ya tiempo que los núcleos familiares primarios han variado y tenemos familias uniparentales, parejas homosexuales y familias donde ambos progenitores laboran, no tiene los antecedentes culturales y sociales, y no se digan los económicos, necesarios para lograr una desvinculación de su presente para revincularse a un futuro diferente. De aquí también se desprende el rol que la sociedad mexicana ha asignado a los géneros y la división del trabajo entre hombres y mujeres. Nuestra sociedad, misógina y machista, impide a la mujer tener equidad con sus homólogos hombres. Pedirle a los mexicanos, que carecen de un estado de bienestar, inmiscuirse en la modernización reflexiva de manera plena, sería algo bastante complejo, ya que en nuestra cultura el individualismo es considerado negativo y sobre todo extranjerizante.

Englobar el nacionalismo dentro de la modernización reflexiva requiere necesariamente un replanteamiento de nuestra historia. Una “historia reflexiva” que erradique los mitos y dé nacimiento a los hechos. Descalificamos a muchas naciones extranjeras, sobre todo a los EE. UU., bajo el argumento de que no tienen historia y nosotros exaltamos nuestro pasado milenario[4].

Cambiar nuestra sociedad desde abajo, tal y como lo predispone la subpolítica, requiere que la sociedad mexicana se industrialice pues la modernidad solo se recrea en sociedades industriales avanzadas y con un nivel de bienestar muy superior al que actualmente rige la vida de los mexicanos.

Ulrich Beck nos presenta dos ejemplos: “la revolución feminista y la diferenciación sistémica de la naturaleza” (Beck, 2000, 14) que tiene que ver con nuestra realidad. En ambos casos esa realidad es bastante compleja. Las mujeres mexicanas en su gran mayoría siguen rigiendo sus vidas bajo la óptica y los valores masculinos. La ecología dista mucho de ser un problema para nosotros. Solamente hay que asomarse a nuestros mantos acuíferos, a nuestras costas y bosques para darnos cuenta que no estamos en comunión con la naturaleza sino todo lo contrario.

En la sociedad mexicana no se puede demandar formas y foros de cooperación productora de consenso entre la industria, la política, la ciencia y la población, tal y como lo propone Beck,  por la simple razón  de que no tenemos una tradición en ese sentido. Es incipiente la participación de la sociedad en los problemas que le atañen.; existe una desproporción de la participación de la vida sociopolítica y cultural del mexicano con otros ámbitos de su vida.

El nacionalismo mexicano ha sido tergiversado y en lugar de un enaltecimiento nacional a partir del actuar apegado a la legalidad y a la tolerancia de ideas y de formas de vida, respeto al  diferente, nos apegamos a valores vacuos que únicamente pueden manifestar la exaltación por lo infundadamente nacional[5].

No podemos negar que el nacionalismo actual ha sido la ideología de la Revolución Mexicana. Después de la derrota militar de la dictadura porfiriana, y del triunfo constitucionalista sobre los ejércitos campesinos, el nacionalismo se convirtió, a partir de 1917, en la ideología oficial del nuevo Estado. En cuanto tal, ha impregnado casi todas las manifestaciones de vida política y cultural en el país. Ideología en crisis desde hace algunos años, no ha dejado, sin embargo, de gravitar sobre la conciencia colectiva.

Desde el siglo XIX en México el nacionalismo se convirtió en el vehículo de un doble ataque contra los intelectuales positivistas encabezados por Gabino Barreda que denigraban la tradición nacional, y contra el dominio del capitalismo liberal de Estados Unidos. Este nacionalismo recurre a la tradición y a los mitos e ideas que fueron formulados durante las guerras de Independencia. Ejemplo de ello es el extendido indigenismo y la exaltación de los héroes de la Insurgencia.

Cuando se ha visto amenazada esa identidad nacionalista como lo fue en la década de los noventas, el poder ha actuado mandando colocar banderas monumentales en diferentes lugares del país como un intento a rescatar ese nacionalismo en peligro: “Algunos mexicanos reconocían que el tamaño de las banderas era inversamente proporcional a un nacionalismo que se encogía día a día.” (Aguilar Rivera, Nexos 2003: 36).

Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, con Ernesto Zedillo como Secretario de Educación Pública, se trató de rescribir la historia en los libros de texto gratuito de primaria bajo la dirección de Héctor Aguilar Camín y Enrique Florescano, pero el SNTE protestó duramente arguyendo que no se incluían a los Niños Héroes y al Pípila, más conocidos como leyendas que como personajes históricos. De haberse concluido este proyecto podríamos haber considerado esa fecha el inicio de la implementación de la modernización reflexiva, al menos aplicado a nuestra historia, pero seguimos sin ponernos al día. En estos días se argumenta acerca de la necesidad de incluir el 68, la guerra sucia y la victoria del PAN a la presidencia en los libros de marras, siendo incierta su inclusión.

Conclusión

 Tomando en cuenta las lecturas de la unidad 2 en nuestro proyecto de estudio, Ulrich Beck al igual que Berman nos habla de la cualidad de la burguesía, de no poder existir sin revolucionar los instrumentos de producción; de esta manera da lugar para el primero a una modernización reflexiva. La modernización reflexiva significa la desvinculación y la revinculación de las formas sociales industriales por otro tipo de modernidad. “Esta nueva etapa, en la que el progreso puede convertirse en autodestrucción, en la que un tipo de modernización socava y transforma otro, es lo que yo denomino fase de modernización reflexiva.”  (Beck, 2000: 15)

A pesar de que nuestro país dista mucho de ser considerado como un país desarrollado, en donde se puede hablar de una modernización reflexiva, no podemos dejar de lado el hecho de que sí ha existido un proceso evolutivo. Si bien no podríamos aplicar todo lo que implica una modernización reflexiva, si podemos identificar ciertas características.

Nuestro país ha ido evolucionando a través del tiempo y así como Marx en la lectura de Berman describe como la modernidad genera necesidades y una sociedad de consumo, nuestro país lo ha experimentado ocasionando su evolución.

Nuestros dirigentes a lo largo de la historia, de una manera o de otra, buscando sus intereses probablemente, han tratado de llevar al país hacia un camino de desarrollo, buscando su industrialización y tratando de modernizarse. Claro, muchos de los beneficios han quedado en pocas manos. “La producción se centraliza y racionaliza más y más en fábricas sumamente automatizadas” (Beck, 2000: 15). Sin embargo, este desarrollo y evolución no se puede aislar a un solo aspecto. La interacción e intercambio con otros países, la globalización, ha dado lugar a tener en cuenta otras perspectivas, sobre todo en lo que respecta a la población de mayor escolaridad, que se ha cuestionado en todos los ámbitos. Entre estos aspectos esta nuestra idea de historia, del Estado, de la soberanía, de nuestra identidad, de nuestra idiosincrasia, de lo que es “mexicano” y de nuestro mismo nacionalismo. El tener acceso a otro panorama, nos permite replantearnos y cuestionar lo que durante muchos años se nos ha inculcado como historia, lograr esto nos lleva a un mejor entendimiento de los procesos políticos y económicos del país.

Debido a que no sólo hemos sido parte del proceso de una modernidad reflexiva, “la desvinculación y luego la revinculación de las formas sociales industriales por otro tipo de modernidad” (Berman, 1990: 85), sino que podemos pensar en una “historia reflexiva” al desvincularnos de todo lo que en años pasados idolatramos y fueron base de nuestro sentir mexicano y revincularnos a nuevas perspectivas más objetivas, con un sentido crítico y un análisis de nuestra verdadera historia; una historia reflexiva que nos lleve a una autoconfrontación en todos los aspectos. Sin embargo el hecho de que el sesenta por ciento de la población tenga un nivel de vida inferior a los estándares mundiales, resulta un reto el lograr formar en general, y no sólo esta minoría educada, una sociedad autocrítica en donde la “historia oficial” quede atrás dando lugar a una crítica seria de los hechos del pasado.

Además de llegar a  formar parte de una sociedad autocrítica, el proceso de individualización que se obtiene de la modernización reflexiva, creará nuestras propias certezas, nuestra biografía que nos lleve a crear nuestra propia historia a través de nuestras reflexiones y análisis, ya no aceptando una historia producida y digerida por los que controlan el país.

Bibliografía:

 Aguilar Rivera, José Antonio, “Diatriba del mito nacionalista” en Nexos # 309 septiembre 2003.                       

Beck, U. Giddens, A. 2000. Modernización reflexiva, Madrid, Alianza Editorial.

Berman, M. 1990. Todo lo sólido se desvanece en el aire. México, Siglo XXI.

 Brading, D. 1980. Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era.

 “Diatribas contra la Patria” en Nexos #309 septiembre 2003, p. 35

 Gray, John. “Una ilusión con futuro”, en Letras Libres, noviembre 2004, pp. 12-17.  

 González de Alba, Luis, “Diatriba de la soberanía” en Nexos # 309 septiembre 2003, p. 46.

 Robles, F. Individualización e individuación, inclusión/exclusión y construcción de identidad en las sociedades periféricas de riesgo. Lineamientos preparatorios para una sociología de la exclusión. Departamento de Sociología, Universidad de Concepción. 


[1] La aparente contradicción de los términos surge por el hecho de que, aunque la mundialización es obvia expansión, los centros de poder que ordenan ese movimiento se ubican en una geopolítica bien determinada.

[2] Esta selección y discriminación pueden oscilar entre parámetros que van desde lo legítimo y coherente hasta lo recalcitrante e irracional.

[3]  El estado revolucionario ha sustentado el nacionalismo en el rechazo e inviabilidad de otros nacionalismos. Con frases “Como México no hay dos”,  “Viva México”, se implica la muerte del otro, ya sea éste argentino, nigeriano o tibetano;  “respeto a la soberanía” y “alto a las actitudes injerencistas” escuchamos decir, envuelto en la bandera nacional cual niño héroe, a nuestro secretario de gobernación al rechazar unas observaciones que la CIA hizo sobre la situación actual de México. Situación que todos los periódicos nacionales reportan y que es por todos conocida, pero, como fue expresada por un “extranjero” es inadmisible.

[4] Sin embargo en una encuesta telefónica realizada en enero de 2003 en 400 hogares menos de la mitad de los entrevistados pudo identificar  correctamente el año de inicio de la Independencia. Apenas el 10% supo cuándo se consumó. Sólo el 31% sabía la fecha de inició de la Revolución mexicana, El 92% de los entrevistados dijo no conocer o conocer poco la Constitución. Sólo el 24% pudo identificar al primer presidente del país.” (González de Alba,  Nexos, 2003: 46). Por otro lado, según una encuesta del diario Reforma, a pesar de las banderas monumentales, una quinta parte de los encuestados creía que el rojo era el primer color del emblema nacional por lo que, como afirma Beck “el intento de conservar la pureza y la esencia patrióticas es una muestra de que poco a poco esos símbolos se han vaciado de contenido”.

[5] Exaltamos los colores patrios durante los juegos de la selección de fútbol, por ejemplo.

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