¿Acaso somos igual a ellos? Punto # 41 de agosto 14, 2008

¿Acaso somos igual a ellos?

Luis Recillas Enecoiz

Como secuela de la ola de inseguridad que padecemos a nivel nacional y que la muerte del joven Fernando Martí  la sociedad externó una muy comprensible ira, pero ello no explica el razonamiento social que justifica la aplicación irrestricta de la ley del talión. Consulta Mitofsky publicó los resultados de una encuesta donde 95 por ciento de la población está a favor de aumentar las penas a los criminales; 89 por ciento a hacerse justicia por propia mano y 87 por ciento por la cadena perpetua, (Milenio, 12 agosto, 2008). Es escalofriante la numeralia.

A la primera pregunta sobre endurecer las penas para crímenes de alto impacto, especialistas en estos menesteres alzaron la voz en contra de tal medida, argumentando que no es la aplicación de condenas más largas lo que va a inhibir al crimen, sino la aplicación de las leyes y códigos actuales que permitirán erradicar la impunidad y la corrupción en las agencias policiales de todo nivel. El problema no radica en la cantidad de años de encierro, de por sí pocos para los pocos que son condenados, sino en la impunidad que acompaña al crimen. La probabilidad de que un trasgresor de la ley termine tras las rejas es mínima, por ende delinque. Igual sucede con la aplicación de la cadena perpetua. Se cree, y el discurso presidencial y de todo político políticamente correcto así lo demuestra, que gritar a los cuatro vientos por el endurecimiento de las penas es vendible, al menos para un importante sector poblacional, pero primero hay que encontrar a los malosos (Zedillo dixit), segundo arrestarlos, luego enjuiciarlos, para finalmente condenarlos. Durante este periplo legal las probabilidades de que salgan libres son muy altas.

Silla eléctrica en Sing Sing (Cortesía de la Casa George Eastman)

Silla eléctrica en Sing Sing (Cortesía de la Casa George Eastman)

La segunda me crea incertidumbre acerca de mis vecinos: resulta que nueve de cada diez mexicanos justifica que el hacerse  justicia por propia mano es muy civilizado y ejemplo a seguir por todo conglomerado humano. El linchamiento hecho política social para el solaz esparcimiento de nuestros niños y jóvenes tal y como sucedió en Tlahuac cuando Marcelo Ebrard fue destituido de la SSPDF durante el gobierno de López Obrador. Ya vislumbro a las muchedumbres, educadas al amparo de nuestras telenovelas, que al grito de la verdulera Eufrosina, al ver al par de raterillos robando 20 o 30 pesos de la venta, acaben atados a un poste y apedreados o la esposa despechada, que con hipócrita grito: “la del 8 sedujo a mi marido, es una puta” y con educativo performance vecinal, los niños y las niñas del inmueble serán invitados a tirar piedras a la puta y comprender mediante este eficaz método pedagógico que la mujer es siempre la culpable de las infidelidades, nunca el hombre. ¿Y estos irracionales individuos, dónde dejaron los valores y principios que caracterizan al ser humano? Y no quiero hablar de los valores cristianos o católicos que se supone más de 90 por ciento de mexicanos practican. ¿Dónde quedo el poner la otra mejilla o perdonar? Como sociedad incubamos un Frankenstein social: el alimento más consumido por mis vecinos es la venganza y el odio. Al menos eso me dice la encuesta. Las relaciones humanas y por extensión las sociales se basan en una ética, que a su vez se sustenta en valores y principios aceptados por la mayoría de los miembros de una comunidad para relacionarse entre sí. No se puede relativizar éstos, sin caer en una contradicción: lo que me hizo, justifica que yo le haga lo mismo. Al eliminar la racionalidad en el momento de castigar sería equivalente a aniquilar el humanismo que nos caracteriza y nos permite asombrarnos con un amanecer o enmudecer al escuchar una sinfonía. Yo me niego a pensar como mis vecinos, yo soy un ser humano y no voy a perder la esencia que me hace serlo. Aplicar la pena de muerte o justificar la tortura contra cierto tipo de criminales no nos enaltece como especie, nos condena a ser igual o peor que ellos. La ética se aplica en todos los casos, no sólo en los que nos conviene. Por ello es que en nuestra cultura el proverbio de ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón es tan socorrido. Robar consiste en sustraer sin el consentimiento de su dueño, algún bien suyo; en ningún lado hay matices para el robo. Si le robo a un rico o a un pobre; a un católico o a un judío; a alguien honesto o a un ladrón, es robo y soy un ladrón, no existen atenuantes; debo ser congruente conmigo mismo. Si estoy en contra, y no poseo una doble moral tan característica del ser humano, debo levantar la voz y protestar, y dejar de comprar discos y películas piratas. Ahora bien, porque no aplica la mayoría de la sociedad la misma congruencia. ¿Bajo que hipócrita valor o principio puedo justificar matar a alguien y simultáneamente pedir clemencia para un mexicano que fue ejecutado en Texas la semana pasada?

Se oyen también voces que piden la castración de los violadores y el ojo por ojo, diente por diente de origen bíblico es todos los delitos de alto impacto. Es comprensible que al calor de la situación actual, atizada por una campaña mediática, estemos obnubilados y bastante miopes al analizar lo que ha sucedido. Vayamos por partes, si al violador lo castramos, por qué no le sacamos los ojos al condenado por plagio literario o al ladrón le cortamos las manos; a los políticos que en campaña prometen las perlas de la virgen y ya instalados en el poder no cumplen, les cortamos la lengua. Al microbusero que atropella a un niño, le atropellamos a uno suyo para compensar.

Me preocupa vivir dentro de una sociedad tan irracional y propensa al linchamiento y a justificar la tortura. Me niego a seguir ese estúpido juego de querer matar al inadaptado social o al criminal serial. Nunca me rebajaré al nivel infrahumano de los asesinos, torturadores o secuestradores. ¿Acaso somos igual a ellos?

                                                           derchak54@yahoo.com.mx

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