Hidalgo vs. Iturbide Punto # 5 de noviembre 1, 2007

Hidalgo vs. Iturbide

Luis Recillas Enecoiz

            Imbuidos de fervor nacionalista, nuestras autoridades nos recuerdan entre vítores a los héroes que nos dieron patria, las heroicas gestas cuyos centenarios celebraremos en el 2010: Bicentenario de la Independencia y Centenario del inicio de la Revolución. Sin quitarles mérito alguno a Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Ignacio Allende, Juan Aldama, Nicolás Bravo, Francisco Javier Mina, Mariano Matamoros, Hermenegildo Galeana,  Miguel Domínguez y Josefa Ortiz de Domínguez, Manuel Gómez Pedraza, Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Juan Álvarez, José Mariano Jiménez, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario, Pedro Celestino Negrete, Anastasio Bustamante e Ignacio López Rayón, siempre me han intrigado e interesado más los personajes incómodos, por utilizar un vocablo muy en boga hoy en día, de la historia nacional: Hernán Cortés y Doña Marina, Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna, Maximiliano y Carlota y Porfirio Díaz por mencionar a los más egregios.

            Lo que nos falta dentro de nuestra endeble democracia es acercarnos a nuestra historia con un espíritu crítico y racional, no con un afán reivindicatorio. Entre las múltiples cuestiones que permitan a nuestra ciudadanía llegar a la madurez se requiere iniciar una revisión sobre qué y cómo enseñamos nuestra historia. Ésta esta llena de gestas heroicas que implican siempre sangre, asonadas, golpes de estado, guerras y batallas. Nuestra historia esta repleta de violencia; pocas veces hemos plasmado la paz como virtud que merezca cupo en la historiografía nacional.

            Ejemplos sobran; ahí están la guerra de Independencia, la de Reforma y la Revolución de 1910, por mencionar los tres momentos más emblemáticos de nuestra historia patria. En segundo lugar pero no muy lejos de las gestas antes mencionadas encontramos la guerra de 1847 contra los Estados Unidos, el imperio de Maximiliano y la guerra de castas en Yucatán y la docena de pronunciamientos, asonadas, planes y demás eventos que nos han marcado hasta la fecha, pero eso sí, todos llenos de sangre y violencia.

            Nuestra historia promueve el separatismo no la integración. Nos han condicionado a dudar de todo aquello que provenga del extranjero. Nuestro himno nos remite al “extraño enemigo”, el inglés es “lengua extranjera” (supongo que el español ya se hablaba antes de la llegada de los españoles). Nuestra historia distorsiona y hasta omite pasajes que nos avergüenzan. La omisión y el ocultamiento no ayudan a que los mexicanos lleguemos a la mayoría de edad. Todo país tiene eventos de los cuales no se siente muy orgulloso y no por ello es aceptable borrarlos o tergiversarlos. Imaginemos a un joven alemán cursando el Gimnasium, el equivalente a la preparatoria en México, y que en su clase de historia se salten o maticen el período nazi (1933-1945).

            A punto de celebrar efemérides centenarias en el país, dos siglos del inicio de nuestra Independencia y un siglo de la Revolución, es menester hacer una lectura más acorde con los tiempos que estamos viviendo. En un mundo globalizado y sumamente competitivo debemos imbuir en nuestra juventud una visión de nuestro pasado  donde la democracia y la paz estén presenten, que la negociación y el diálogo suplan a la revolución y la violencia.

              Quiero transcribir un par de párrafos  de la Dra. Josefina Zoraida Vázquez (1):

En este contexto surgió un plan independentista dentro de las filas realistas. Su autor, Agustín de Iturbide, un militar criollo nacido en Valladolid, simpatizaba con la autonomía pero había rechazado el curso violento del movimiento insurgente. Desde1815 había expresado la facilidad con la que podría lograrse la independencia de unirse los americanos de los dos ejércitos beligerantes”…”lo familiarizó con los diversos puntos de vista de los novohispanos, mismos que fue conjugando en un plan para consumar de manera pacífica la independencia.(negritas mías)

Para lograr el consenso, Iturbide había fundamentado el plan sobre tres garantías: religión, unión e independencia, que resumían los empeños criollos de 1808 y los de los insurgentes; la de unión buscaba tranquilizar a los peninsulares. El 24 de febrero de 1821, en Iguala, se proclamó el plan.”

            Sin disminuir ni matizar en lo más mínimo el papel que Agustín de Iturbide jugó dentro de la historia nacional, no podemos olvidar que, sin haber disparado una sola bala, logró lo que Hidalgo, Morelos y demás insurgentes, once años antes, con levantamientos, asonadas, sitios, batallas, masacres y rapiña no obtuvieron: la Independencia de  México.

Agustín de Iturbide

Agustín de Iturbide

            Su gran virtud fue saber aprovechar el momento histórico que se vivía en España y la realidad que privaba en la Nueva España. El hecho de haber logrado mediante la negociación, la integración, el diálogo y la unión de criollos, mestizos, peninsulares e indígenas (al menos por un tiempo), Iturbide merece ser recordado como alguien que sin violencia obtuvo finalmente la anhelada independencia.

            De actuar como nuestros héroes de 1810, los cincuenta o sesenta millones de connacionales que viven en la pobreza o en plena miseria, sería entendible, más no justificable. A los grupos antagónicos al sistema político mexicano se les propone siempre actuar a través de los canales democráticos que implican la negociación y el diálogo; la asonada, la violencia, la toma de universidades o ciudades o la revolución no son medios, que actualmente sean considerados adecuados como medio para mostrar inconformidad. En otras palabras, la historiografía nacional, aún en pleno siglo XXI, continúa aplaudiendo y haciendo apología de la violencia, tal como sucedió en 1810, como medio de transformación social. Pero lo que en realidad necesita el país es seguir el ejemplo de 1821 que significa negociar, dialogar, tolerar, respetar y unificar. Por haber logrado la independencia de México sin disparar un solo tiro, Agustín de Iturbide debería ser emulado. Qué después, el personaje dejó mucho que desear, es innegable, pero como todo humano tuvo virtudes y vicios, errores y aciertos. Así debemos de releer el actuar del oriundo de Valladolid.

            No se trata de quitar a uno para poner al otro. En ningún momento propongo desmontar a Hidalgo del pedestal histórico que se ganó como iniciador de la Independencia y Padre de la Patria, pero sí es pertinente incluir a Iturbide como el consumador de nuestra Independencia. Incluirlo no tanto por consumarla, sino por la forma en que lo hizo.

(1) Vázquez, Josefina Zoraida, De la independencia a la consolidación republicana en Nueva historia mínima de México, Colegio de México, México, 2007, p. 147

 

                                                                                              derchak54@yahoo.com.mx

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