El derecho a no creer

El derecho a no creer

Luis Recillas Enecoiz

            Y ahora resulta que los jerarcas de la iglesia mayoritaria en el país y que se ostentan como corresponsales exclusivos de Dios en la tierra amén de las políticas mundanas del Vaticano, quieren que México retroceda al status quo previo a la guerra de Reforma. Entre las limitaciones que cacarean los ministros de culto a través de todos los medios de comunicación (escritos y electrónicos), y que están plasmadas en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, están la restricción a la libertad de expresión y reunión, que no se les reconozcan sus derechos políticos, que les prohíban  poseer o administrar medios masivos de comunicación, que la educación pública rechace la educación religiosa y finalmente la controvertida objeción de conciencia.

            En su edición de esta semana, Desde la Fe, órgano informativo de la Arquidiócesis de México, publicó unas declaraciones del Cardenal Norberto Rivera Carrera sobre las limitaciones que la Constitución establece para los religiosos. Retomo un par de respuestas del prelado para comentarlas. A la pregunta de si consideraba necesario modificar o ampliar el concepto de libertad religiosa plasmado en la legislación actual mexicana respondió: “Es una necesidad imprescindible si queremos que México vaya creciendo y madurando en su itinerario democrático. Lo propio de una democracia es la participación de todas las personas y las instituciones en la toma de decisiones y en la forma como se quiere que camine la sociedad.” Estoy totalmente de acuerdo con don Norberto. En una democracia todas las personas y las instituciones deben participar en la toma de decisiones, por ende los ateos tenemos todo el derecho de opinar, pero lo primordial es que también tenemos el derecho a no creer. Y si no creo, no tengo porque seguir los lineamientos que los líderes religiosos quieren imponer a toda la sociedad. Así como un católico debe respetar y ser fiel seguidor de los preceptos que inculca su religión, un ateo no tiene porque vivir de acuerdo a ellos. Ambos, el creyente y el ateo, deben atenerse a la ley, que no hace distingos entre credos.

Autobus ateo

¿Autobus ateo?

            A la pregunta ¿qué opinión tiene del artículo 29 fracción X que se refiere a la infracción porque los Ministros de Culto manifiesten su oposición a las leyes del país o a sus instituciones en reuniones públicas?, el purpurado respondió: “…Cuando una ley es intrínsecamente injusta todo ciudadano tiene derecho a oponerse a ella. Aquí cabe también la figura de la objeción de conciencia. Se trata, en la objeción de conciencia, de una defensa del individuo ante el poder estatal y su abuso que menoscabarían a la persona respecto de sus convicciones morales o religiosas…” Es tan singular la concepción que el clero tiene de la objeción de conciencia, pues la utilizan para confrontar al estado y sus leyes más no la entienden de forma opuesta. Acaso no tengo el derecho de objetar la mitología cristiana. ¿Acaso no tengo el derecho a objetar el concepto del soplo divino, a desdeñar a la pareja conformada por Adán y Eva en aras de la teoría darwiniana de la evolución? ¿Qué, no existen objetores de conciencia fuera del gremio católico? La objeción de conciencia no es monopolio del catolicismo. Una mujer que aborta en la Ciudad de México no comete delito alguno, aunque para la iglesia esté en pecado mortal. No confundamos pecado con delito. Don Norberto pidió a los médicos, adscritos a hospitales dependientes del gobierno del Distrito Federal, a ejercer su derecho a la objeción de conciencia, y negarse a interrumpir embarazos en aquella mujer que, ejerciendo un derecho que la ley le da, desgraciadamente, tiene que recurrir al aborto. Esa mujer no tiene el mismo derecho que el cardenal otorga al médico, el de la objeción de conciencia. Esa mujer no tiene, para el cardenal, el derecho a objetar conscientemente dogmas y ritos que carecen del más mínimo sustento científico, en tanto, el médico sí tiene todo el derecho a ejercer la objeción de conciencia defendiendo creencias particulares de una religión. El mismo respeto que exige la Iglesia Católica a sus creencias, exigimos los ateos a las nuestras, por más que éstas sean opuestas a las de la puta de Babilonia, nombre que acuñaron los albigenses para referirse a la Iglesia con sede en Roma y que ahora Fernando Vallejo retoma al titular así su último libro.

            Fomentar el conocimiento sobre las religiones es muy diferente a enseñar religión. ¿Por qué no tenemos dentro de los programas educativos del sistema público materias sobre religión? Pero sobre todas, las extintas y las que gozan de cabal salud, sobre todo financiera. Sería muy gratificante que nuestros jóvenes leyeran los tres tomos de Historia de las creencias y las ideas religiosas de Mircea Eliade de editorial Paidós (hay una versión abreviada a un volumen en editorial ERA) o El hecho religioso de Jean Delumeau en Siglo XXI.

            Respecto a que los religiosos ostenten derechos políticos y puedan ser votados, dudo mucho que el pueblo mexicano elija a algún cura para presidente municipal. El pueblo mexicano no es religioso, es ritualista. Respecto a poseer y administrar medios de comunicación, a menos que los curas se arremanguen las sotanas y jueguen futbol como brasileños, o que las monjas las vistan o desvistan como en las telenovelas, está bastante difícil que el rating los favorezca. Traer a Benito XVI al Azteca ya no garantiza tampoco los llenos que en tiempos del “boom mediático celestial” lograba su antecesor.

derchak54@yahoo.com.mx

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